Entre décimas, sonetos y cuartetas compuestas por el abuelo materno creció Lázaro Elizardo Castilla Pérez. En su Yaguajay querido, tierra fértil para la poesía, oyó casi desde que abrió los ojos la musicalidad guajira de la improvisación. Fue ese el primer paso hacia una de sus grandes pasiones: la literatura. Luego, la lectura constante. Más tarde, la escritura como acto de fe.
“También por esos años mi primo se trasladó a la antigua Unión Soviética y heredé un gran número de libros relacionados con la literatura rusa que formaban parte de su preparación —rememora Lazarito Castillo, como trasciende entre familias, amistades e, incluso, en el gremio artístico—. Así pude disfrutar de textos que no eran para mi edad. Creo que es lo primero para poder desarrollar una vocación por la escritura”.
Trazo a trazo, se encontró con la posibilidad de contar desde lo bello su propio mundo y el que le rodeaba. Poco a poco, aprendió a esculpir versos. Brotaban espontáneos. Germinaban como necesidad.
“Vivo con la poesía. Esa vocación llega con el tiempo, con la lectura, el apoyo de profesionales y los talleres literarios. Esos son motivos muy importantes en mi pequeña obra, que ha sido perfilada y enriquecida con las vivencias. Me he movido en varios registros y creo que tiene que ver con las responsabilidades que he tenido, pero también he sido un observador participante de la sociedad.
“Inicié con la rima y mis versos llegaron a ser libres, lo que me dio la posibilidad de experimentar. Quizás en la vida cotidiana no soy tan expresivo como en la propia poesía. He sido atrevido y, por eso, quizá no estoy dentro de ningún movimiento de mi generación”.
No ha perdido Lazarito la timidez. Tampoco ha necesitado calificativo para ser leído y reconocido. Basta volver al jovencito que llegó con ganas de comerse el mundo al otrora Instituto Superior Pedagógico Capitán Silverio Blanco, de Sancti Spíritus, y detenerse en el actual doctor en Ciencias sobre Arte, investigador y vicepresidente de la Fundación Fernando Ortiz, así como especialista en la obra de Miguel Barnet con quien trabaja desde hace 15 años.

“Cuando estudiaba en Sancti Spíritus, Liudmila Quincoses y Baby, su mamá, fueron las anfitrionas de mi vida, tanto en la literatura como en la vida cultural de la ciudad. Participé en el Premio Casatintas de la Asociación Hermanos Saíz (AHS), y eso fue un aval para ingresar. Así me fui integrando y participando en toda la programación de la Casa del Joven Creador, que siempre fue un espacio muy importante para los jóvenes. Asistían estudiantes de todos los centros universitarios de Sancti Spíritus. Era un público habitual muy inteligente, y muchos de los que iban teníamos inquietudes artísticas. La AHS espirituana siempre tuvo eso muy presente y trabajó con el público universitario, muchas actividades se desarrollaban en las propias becas”.
Eran tiempos distintos. La organización que este 18 de octubre celebra sus cuatro décadas tenía ecos prácticamente en todos los recodos de la geografía provincial. Junto con los artistas más experimentados, los jóvenes cargaban sobre sus hombros una programación cultural diversa y de impacto.
“El movimiento literario que hallé fue una escuela. Los poetas y escritores espirituanos han sido referentes esenciales en mi formación como escritor, pero uno siempre se va filtrando en otros espacios, por ejemplo, las artes escénicas. Me vinculé mucho al teatro. Fíjate si caló en mí, que mi Maestría en Cultura Latinoamericana fue un estudio de la estructura dramática en Electra Garrigó, de Virgilio Piñera. Soy amante del teatro y estuve muy cerca de Garabato y de mi querido amigo Jose Meneses, una figura imprescindible en la historia del teatro infantil en Cuba. Cuando me inicié en el ejecutivo de la filial de la AHS fue en Artes Escénicas, y luego coordiné la célula de la entonces Escuela de Instructores de Artes Vladislav Volkov”.
Precisamente, en la institución educativa plantada en la comunidad rural de Tres Palmas puso en práctica lo aprendido durante sus cinco años universitarios en la especialidad de Español-Literatura; saberes no solo cultivados en las aulas, sino como parte del Consejo Universitario de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU).
“Muchos integrantes del claustro que me impartieron clases son escritores con amplio reconocimiento. Nunca podré estar a su altura. Me permitieron crecer en el ámbito literario. Gracias a ellos no perdí el hábito del estudio, de seguir superándome y de asumir la literatura con responsabilidad. Enfrentarse a la hoja en blanco y lograr expresar sentimientos en ella, pero que la propuesta sea interpretada por un público lector, es una responsabilidad muy seria”.
Seducido hasta la médula por todo el ambiente creativo del Sancti Spíritus que ofreció la bienvenida al siglo XXI, Lazarito dio su primer gran salto. Hasta los titulares de la prensa se hicieron eco: asumió la presidencia de la AHS en la provincia.
“La organización en Sancti Spíritus estuvo ubicada en el mapa del país como un centro de referencia. Logramos un colectivo unido que se convirtió en mi familia. Allí se gestaron acciones de promoción para los proyectos existentes. Mantuvimos nuestra relación con las instituciones culturales. Municipios como Trinidad, Jatibonico, Yaguajay y Cabaiguán lograron una identidad como grupos de creadores que aportaban a cada territorio desde su obra y desde la colectividad. Fueron momentos que me ayudaron a madurar como directivo juvenil.

“Creamos eventos y jornadas que consolidaron la vida cultural de la provincia. Muchos artistas visitaron nuestra sede, y nos convertimos en referencia para el trabajo cultural de la AHS. Tuvimos la responsabilidad de legalizarla en el Registro de Asociaciones y trabajar como una organización de la sociedad civil cubana.
“Fueron años muy hermosos para mí. Logré ser una mejor persona. Cuando hacemos por los demás, dejamos un poco nuestra obra a un lado para la promoción de otros, pero eso hay que hacerlo con mucho amor, respeto y consagración. La AHS se convirtió en esa polea de transmisión entre el artista y las instituciones culturales. No todo fue color de rosas. Tuvimos discusiones profundas, pero siempre con respeto. Así logramos vincularnos a los consejos editoriales, en música y artes escénicas colaborábamos en los procesos de evaluación. Esa responsabilidad permitió que nos miraran con seriedad y escucharan nuestras preocupaciones.
“Te voy a ser sincero: casi toda la programación cultural de peso la hacía la organización. Invitábamos a muchos artistas de otras provincias. Con Jose Meneses logramos la Jornada de Arte Callejero Lunas de Invierno, un proyecto muy integrador y sólido. Con el Consejo de las Artes Escénicas se concretaron muchas acciones de superación conjunta, y las compañías que venían de gira siempre se integraban a la programación de la Casa del Joven Creador”.
¿Es la AHS una organización necesaria?
“Totalmente. Es un espacio de crecimiento necesario. Pero, como nos decía Esther Montes de Oca, la madre de Luis y Sergio, a quien tuve el privilegio de conocer, amar y disfrutar durante muchos años, que teníamos que ser consecuentes al ser miembros de una organización como la Hermanos Saíz. Todo el sistema de becas, premios, la promoción, la programación y el diálogo con las instituciones culturales contribuyen al crecimiento espiritual y también formativo de las nuevas generaciones de artistas y escritores cubanos”.
¿El hecho de integrar una asociación garantiza ser artista de vanguardia?
“No creo, porque muchos artistas y escritores han sido vanguardia y referentes artísticos sin ser miembros de la AHS ni de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac). Ojalá todos quisieran ser miembros; eso sí garantiza una calidad estética segura en el movimiento artístico. No podemos perder de vista que a nuestras organizaciones deben ingresar los mejores creadores; desgraciadamente, no siempre ha sido así en sus crecimientos. Pero sí considero que debemos aspirar a esa vanguardia que mencionas”.
Al unísono de sus entregas como líder, vocablo que se le ajustó a sus medidas, Lazarito se enroló entre sonidos, efectos, palabras, música y silencio. Radio Sancti Spíritus le abrió también sus puertas.
“Esa casa, los viejos amigos que aún están allí, los que están en otros lugares, vinculados o no al sector, y los que ya no están físicamente forman parte de mi vida. Me sedujo y fue un medio que me enseñó a ser responsable, a cuidar los horarios. En esos pasillos viví tantas emociones, aprendí de los maestros y me enamoré del medio. Quiero regresar a la radio. Es un trabajo muy noble.
“Cuando se crearon las emisoras municipales existía una urgencia por conocer cómo debía ser el trabajo de esas radios donde el oyente sintiera cercanía y que sus propias preocupaciones estuvieran ahí, muy contiguas. La radio es verdad, no olvidemos eso; así lo percibimos todos. Entonces creamos en Yaguajay, no porque yo fuera de allí, sino porque existía una célula muy efectiva y casi todos eran realizadores o locutores de La Voz de Yaguajay, el evento Voces Cruzadas. No solo se escuchaban programas, sino que se debatía sobre cómo hacer una radio más cercana al oyente, que fuera más participativa. Esa experiencia considero que debe tenerse en cuenta, no por el evento en sí, sino por lo que significó en la preparación de esos realizadores, a veces alejados de las capitales provinciales”.
Sin proponérselo, el muchacho delgado a quien le creció el pelo de actividad en actividad no pasó inadvertido. En uno de los consejos nacionales de la AHS en 2008 volvió a ser noticia: se promovía a vicepresidente de la organización a nivel de país. ¡Otro salto profesional!

“Fue un giro inesperado, me quedé como anonadado. Sentía que me faltaban cosas, pero debíamos dar paso a otros. Al final, no me iba del movimiento, al contrario, podía apoyar desde otro ámbito y lo hice. Claro, porque en Sancti Spíritus estaban todas aquellas personas que me ayudaron. Siempre traté de hacer las cosas en colectivo, yo creo que por eso funcionaba. Traté de que fuera como se trabaja en el teatro: todos tenemos un pedazo y una responsabilidad. Ha sido mi método: la creación colectiva”.
¿Cómo un guajiro de Yaguajay se adaptó a la Rampa habanera y sus rápidas rutinas culturales?
“Ha sido difícil. Yaguajay, específicamente los bateyes San José en Iguará y el Vitoria son espacios que no olvido. Es mi atributo y en cualquier escenario del mundo donde he estado siempre declaro de dónde vengo. Uno no puede obviar su origen; para mí, es una honra, aunque a veces no exista relación con las instituciones de esos lugares porque salí hace muchos años. Nunca me adapté del todo. Creo que he convivido con la vida cultural de la Rampa y aquella programación que diseñábamos para públicos diversos. Soy un guajiro que hace versos y ha intentado crecer y ponerse metas”.
En el Lázaro de hoy, ¿cuánto queda del muchachito que un día salió de casa en busca de saciar su espiritualidad?
“Indiscutiblemente, he crecido y me he moldeado, pero mi esencia es esa que viene de mi pueblo. Son mis experiencias vitales. Siempre mi espiritualidad y motivación para escribir están en esa historia de la infancia, en esos rasgos y patrones que he tratado de seguir de mi familia y de aquellas personas que me pusieron en el camino. Ellos me guiaron para que mi destino no estuviera lejos del arte y la poesía. Nunca me alejé de la superación, la investigación ni la academia. Eso lo valoro y lo agradeceré toda la vida”.
¿Y la AHS cuán responsable es del Lázaro de hoy?
“Dediqué 14 años a la organización, y hoy cumple cuatro décadas. Uno siempre guarda en sus archivos personales los recuerdos más gratos. La AHS para mí fue una escuela. Hasta aprendí economía por responsabilidades que me tocaban en el área que atendía. Coordiné La Habana, yo, de Yaguajay, Sancti Spíritus; era un reto. En la capital confluían muchos movimientos y tendencias dentro de las manifestaciones propias, lo alternativo, y todo eso me hizo formarme como promotor y gestor cultural. Además, la programación del Pabellón Cuba era mi responsabilidad. Todo eso me dio un bagaje y un tacto para dilucidar qué era lo correcto o no, y a veces me podía equivocar. La AHS me formó y, como te dije, me hizo una mejor persona. Me dio lecciones de ética y consagración por nuestra cultura cubana”.




