Las madres habaneras describen que criar a sus hijos en la Cuba actual implica enfrentar cortes eléctricos, falta de alimentos y dificultades para sostener la escolaridad, mientras sus familias proyectan un futuro fuera del país. Dos mujeres relataron a Diario de Cuba que la escasez también modifica las expectativas de adolescentes y niños. Una de ellas, madre soltera, dijo que la ausencia del padre de sus hijos, encarcelado, agravó su situación económica. “En la panadería no hay pan. No tengo presupuesto, en la carnicería no entra nada, en la bodega menos. Y sola no puedo”, afirmó. La otra madre explicó que ya no puede ofrecer a su hija menor la misma alimentación que recibieron sus hermanos mayores. Sus hijos estaban acostumbrados a desayunar, merendar y almorzar, pero ahora no tiene “de dónde sacarlo” para la niña. Los apagones, la comida y las ausencias en la escuela Los cortes de electricidad alteran la preparación de alimentos y las noches en los hogares. Una de las madres contó que, cuando no llega la corriente, debe encender leña para cocinar y que, en ocasiones, su familia ha dormido en el piso por el calor y los mosquitos. La misma mujer señaló que su hija asistió a la escuela solo un día durante esa semana porque no tenía merienda para enviarle. También cuestionó la cantidad y la calidad de la comida escolar, que debe complementar con otros alimentos. El hambre aparece en las conversaciones cotidianas con los niños. Una madre dijo que sus hijos le agradecen cuando les sirve un plato de comida, una reacción que la conmueve porque considera que alimentarlos es su responsabilidad. Sin embargo, admitió: “Hay veces que no tengo para ponérselo en la mesa”. La falta de electricidad también desplaza a los menores hacia la calle. Una de las mujeres sostuvo que sus hijos solían permanecer en casa viendo televisión, pero que los apagones los empujan a salir; además, asoció esa situación con la falta de supervisión de otros padres que trabajan y con la delincuencia infantil. Estudios interrumpidos y expectativas de emigración Un adolescente de 14 años, que cursa el noveno grado, le dijo a su madre que quería abandonar los estudios para trabajar y ayudarla. El joven aspira a ser ingeniero, pero ella relató su frustración ante la falta de perspectivas para ejercer esa profesión. Otro hijo, el mayor de una de las entrevistadas, salió de prisión hace tres meses y no quiere trabajar para el Estado porque considera que el salario no le alcanzaría para ayudar a su familia. Su hermana dejó los estudios y está embarazada. La segunda madre tuvo que retirar a su hijo de una escuela deportiva a la que había logrado ingresar. Explicó que allí no había un maestro que lo cuidara ni alimentación suficiente, mientras las exigencias para practicar deporte implicaban gastos que no podía afrontar. En otro caso, una joven realiza prácticas en el hospital Julio Trigo, en el área de cocina de la lavandería de Alimentos. Su madre espera que pueda permanecer en ese puesto para graduarse, después de haber sido desplazada de otros lugares cuando se ocuparon las plazas. Los apagones también alcanzan a las aulas. La joven le cuenta a su madre que pasa calor porque no hay ventiladores cuando se interrumpe la corriente en la escuela. La menor de una de las familias desea emigrar y espera que alguien pueda sacarla del país. “Aquí no hay futuro para los jóvenes”, dijo su madre, mientras otra expresó que solo ve una perspectiva para sus hijos si la situación cambia.

