La juventud siempre ha buscado referentes. En cada época, los adolescentes y jóvenes encuentran en la música, la televisión, las redes sociales y sus propias comunidades modelos de conducta que influyen en sus aspiraciones. El problema aparece cuando esos referentes reducen el éxito al dinero fácil, la ostentación, el sexo y la popularidad, y presentan el esfuerzo, el estudio y el trabajo como caminos lentos o poco atractivos.
Hoy muchos contenidos que circulan en las plataformas digitales muestran una vida de apariencias: lujos, consumo, cuerpos perfectos, relaciones fugaces y una felicidad que parece depender de cuánto se tiene y cuánto se exhibe.
Algunas canciones y videoclips convierten la sexualidad explícita en casi el único argumento, mientras glorifican conductas violentas, el desprecio hacia los demás o la obtención de bienes por cualquier vía. No se trata de censurar la música ni de culpar a un género completo, sino de reconocer que ciertos mensajes repetidos pueden influir en la forma en que una parte de la juventud interpreta el éxito, el amor, el respeto y la convivencia.
En un contexto de escasez y dificultades económicas, esa presión se vuelve más fuerte. Muchos jóvenes observan en las pantallas una realidad de abundancia que contrasta con sus posibilidades cotidianas. Cuando una familia no puede satisfacer todas las demandas materiales, algunos pueden sentir frustración, inferioridad o desesperanza. Y si además reciben constantemente el mensaje de que “valer” depende de vestir determinadas marcas, tener dinero o imitar estilos de vida inalcanzables, aumenta el riesgo de buscar atajos.
Pero sería injusto afirmar que los medios, los artistas o las redes sociales son la única causa de las drogas, la violencia o la delincuencia. En estos fenómenos también influyen la falta de oportunidades, la desintegración familiar, la ausencia de espacios recreativos, el abandono escolar, la presión de los grupos, los problemas de salud mental y la insuficiente comunicación entre adultos y jóvenes. Las pantallas pueden actuar como amplificadoras, pero no sustituyen la responsabilidad de la familia, la escuela, la comunidad y las instituciones.
La respuesta no puede ser únicamente prohibir. Los jóvenes necesitan orientación, diálogo y alternativas. Necesitan educación sobre el consumo responsable de contenidos digitales, acompañamiento emocional y espacios donde puedan desarrollar sus capacidades: deporte, arte, formación profesional, emprendimientos, proyectos comunitarios y actividades culturales. También necesitan oportunidades reales de trabajo y superación, porque resulta difícil pedirles que elijan el camino del esfuerzo cuando no encuentran reconocimiento ni perspectivas.
La familia tiene un papel decisivo. Escuchar a los hijos sin humillarlos, conocer sus amistades, conversar sobre sexualidad, drogas y violencia, establecer límites claros y detectar a tiempo cambios de conducta puede marcar la diferencia. La escuela, por su parte, debe contribuir a formar criterio, no solo a transmitir conocimientos: enseñar a interpretar los mensajes de la publicidad, identificar la manipulación y comprender que una imagen en internet no siempre muestra la verdad.
También corresponde a los medios de comunicación promover referentes más diversos y responsables. Hay jóvenes talentosos, trabajadores, solidarios y creativos que merecen visibilidad. Mostrar sus historias no significa negar las dificultades, sino demostrar que existen otros caminos. La cultura puede entretener, pero también educa; por eso quienes crean y difunden contenidos deben asumir que sus mensajes tienen consecuencias.
No podemos permitir que una generación sea definida por los peores modelos que circulan en las pantallas. La juventud no es un problema que deba ser condenado, sino una fuerza que debe ser acompañada. Si queremos evitar adicciones, violencia y conductas dañinas, debemos ofrecer razones para vivir de otra manera: afecto, oportunidades, participación, conocimiento y esperanza.
Las pantallas seguirán vendiendo apariencias. El desafío está en que la sociedad enseñe a mirar más allá de ellas y a comprender que el éxito no se mide por el dinero exhibido, el cuerpo mostrado ni la cantidad de seguidores, sino por la capacidad de construir una vida digna, útil y libre.
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