
Algunos citan como el verdadero inicio de la historia de la pintura cubana la creación de la Academia de Pintura y Dibujo de San Alejandro, en enero de 1818, con el apoyo del obispo De Espada y, por supuesto, de su primer director y fundador, el pintor francés Juan Bautista Vermay.
La historia indica que Espada –deseoso de restaurar antiguos lienzos en la Catedral de La Habana– posiblemente escribió al pintor español Francisco de Goya hacia 1814 para que le enviase un artista capaz de ejecutar dichos trabajos, como otros que le pudiesen encargar. Aunque se trata de una atribución, se sabe que Vermay, nacido en Tournan-en-Brie, Francia, el 15 de octubre de 1786, llegó a La Habana en 1815 desde Luisiana, con cartas de presentación para el obispo.
Formado en el taller de Jacques-Louis David, el maestro del neoclasicismo, Vermay arribó a la Isla con un destacado apego a esta corriente artística. No es de extrañar, entonces, que la naciente Academia –la cual le propició una gran estimación pública por establecer en ella la enseñanza gratuita– se haya regido por los códigos franceses de este estilo.
El citado artista es reconocido como autor de los tres lienzos de El Templete, y también como escritor de versos y traductor al español del drama teatral Hernani, de Víctor Hugo. En 1826, el rey español Fernando vii lo nombró pintor de la Real Cámara, y sus trabajos en El Templete fueron premiados con el diploma de Socio de Mérito de la Sociedad Económica de Amigos del País.
A causa del cólera, falleció en La Habana el 30 de marzo de 1833, y sus restos descansan en el Cementerio de Colón. Antes de viajar a Cuba, Vermay gozaba de fama en París, donde destacó en cuatro salones de pintura, realizados entre 1808 y 1814, en los que expuso lienzos que recibieron medallas y otros reconocimientos.
La primera misa y El primer cabildo, ambos de 1826, y La inauguración de El Templete, de 1828, lo inmortalizaron como el cronista visual de uno de los momentos más significativos en la historia de Cuba: la fundación de la villa de San Cristóbal de La Habana. O, como ahora preferimos decir, la capital de todos los cubanos.


