Artista Camila Lobón «retrata» a los CDR, el engendro fidelista que instauró «la delación como deber patrio»

La artista cubana Camila Lobón convirtió al cederista en monstruo de ilustración —aunque, siendo honestos, el trabajo creativo ya lo había hecho Fidel Castro en 1960— con la entrega número 32 de su serie satírica «Bestiario Miserable», publicada en la revista digital Rialta el martes 13 de octubre y compartida en sus redes este jueves.
La pieza, titulada «Cederista», parece representar una garra antropomorfizada con un ojo inquisidor y un machete sostenido por una lengua-brazo: imagen de estilo surrealista-gótico cuyo diseño, según explicó la propia Lobón, «parte del logotipo original de El Cederista», aquel emblema creado por Cándido Justiz Pileta —primer responsable nacional de Vigilancia de la organización— con el lema «Con la guardia en alto».
La artista, que confiesa haber sentido «una oscura satisfacción» al dibujar esta entrega, acompaña la ilustración con un texto que es, a la vez, análisis político, memoria personal y acta de acusación.
«Corría apenas 1960 cuando nació en Cuba una de las instituciones más letales que haya conocido la libertad», escribe Lobón, antes de citar las palabras fundacionales del difunto dictador: el sistema debía ser «un sistema de vigilancia colectiva revolucionaria» para que todo el mundo supiera quién vivía en la manzana, «a qué se dedica; con quién se junta; en qué actividades anda».
El resultado de tan patriótica iniciativa quedó retratado con precisión quirúrgica: «Institucionalizada la delación como deber patrio, la mezquindad encontró el disfraz cívico perfecto. El vecino se convirtió en enemigo y la confraternización se volvió síndrome colectivo de la sospecha».
Lobón, nacida en Camagüey en 1995, formada en el Instituto Superior de Arte de La Habana y exiliada en Estados Unidos desde octubre de 2021 tras años de hostigamiento por parte de la Seguridad del Estado, escribe desde la memoria vívida de quien creció bajo esa vigilancia: «Los mayores nos amenazaban con el acecho del Cederista, como si se tratara del Coco o del Hombre del Saco, cada vez que entonábamos algo parecido a una inquietud política».
La ilustración llega apenas dos semanas después del 66 aniversario de los CDR, celebrado el 28 de septiembre, en un momento en que hasta el propio régimen admite que la organización hace aguas por todas partes. Díaz-Canel reconoció ante cederistas que «hay mucha gente pensando que esta ya es una organización añeja, que no tiene sentido en las condiciones actuales, que no aporta nada» —lo cual no le impidió pedir, acto seguido, que se ampliara su función de vigilancia vecinal, porque la coherencia nunca fue el fuerte del régimen.
La activista Alina Bárbara López calificó a los CDR, organización actualmente presidida por el exespía cubano Gerardo Hernández Nordelo, de «gigantesca e inoperante estructura burocrática sin base social» en el mes de septiembre; mientras el régimen, fiel a su estilo, condecoró a 134 cederistas destacados mediante decreto presidencial ese mismo mes.
En los comentarios de la publicación, los cibernautas no se quedaron cortos: uno señaló que los CDR «convirtieron un vicio en una virtud revolucionaria» y que «la revolución no es más que una inmensa obra de corrupción»; otro apuntó que de ahí «nació el verdadero Hombre Nuevo: chivatón, metido en la vida del vecino, y envidioso»; un tercero advirtió que la bestia sigue muy viva: «delatan a los manifestantes de hoy, así han ido muchos presos».
Esa última observación tiene sustento estadístico: Cuba registraba 1,372 presos políticos al 1ro de octubre de 2026, cifra récord histórico según Prisoners Defenders, en un país que además sufre apagones de entre 18 y más de 20 horas diarias y un déficit de generación eléctrica que frecuentemente supera los 2,000 MW.
Lobón cierra su texto con una reflexión que trasciende la geografía cubana: «Esta criatura, tristemente, no es endémica de Cuba ni de ninguna ideología o sistema político en particular. Conjunción de dos nefastas flaquezas humanas —la cobardía y el egoísmo—, la podemos encontrar lo mismo cenando al lado de Cristo que denunciando a un judío con las autoridades nazis […]. Solo necesita, para manifestarse, que el poder la ponga frente a la disyuntiva de empujar al prójimo o recibir los golpes».
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