
@monicasm97
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Luego de tantas publicaciones en medios de comunicación y perfiles de redes sociales digitales, parecería que no queda nada por decir sobre el Shaka, pero mientras persista el consumo extendido de esta bebida y la preocupación de las autoridades sanitarias por sus efectos adversos, sobre todo en adolescentes y jóvenes, habrá que seguir alertando acerca de los riesgos, y apelando a la responsabilidad individual y colectiva.
Desde el pasado mes de agosto, medios como Escambray, ¡ahora!, Guerrillero, Girón, Periódico 26, Venceremos, Juventud Rebelde y la Agencia Cubana de Noticias han recopilado testimonios de consumidores y criterios de expertos que coinciden en que no se trata, en absoluto, de un producto inocuo.

La primera aclaración es de índole conceptual: aunque el Shaka se comercializa como energizante, es una bebida alcohólica y como tal aparece en el catálogo de Venerable Capital S. L., el grupo español encargado de su elaboración y distribución. Contiene un 18 % de alcohol (fundamentalmente vodka), agua carbonatada, edulcorantes, cafeína, taurina y vitaminas del grupo B, entre otros ingredientes.
De acuerdo con el Dr. Yadir Pérez Dueñas, especialista en Medicina Interna del hospital clínico-quirúrgico universitario Arnaldo Milián Castro, la combinación resulta altamente peligrosa, puesto que el alcohol deprime el sistema nervioso central, mientras que la cafeína y otros compuestos similares son excitantes y enmascaran el estado de embriaguez, por lo que se incrementa la ingestión en poco tiempo y las posibilidades de sufrir un coma etílico. Tengamos en cuenta que la concentración de alcohol en cada lata de 250 ml equivale a tres o cuatro cervezas.
En los pacientes adultos jóvenes que han llegado con intoxicación al cuerpo de guardia de la institución hospitalaria —la mayoría, entre 18 y 30 años de edad—, el Dr. Pérez Dueñas ha tratado, principalmente, afectaciones del sistema nervioso central, desde la irritabilidad hasta el estado de coma o episodios de convulsiones. Desde el punto de vista cardiovascular, sobresalen taquicardia, crisis hipertensiva e infartos agudos del miocardio. El sistema endocrino también se ve afectado y no faltan los daños gástricos provocados tanto por el alcohol como por el dióxido de car bono de las bebidas con gas. Otro riesgo es la broncoaspiración, cuando al verse deprimido el reflejo faríngeo, el vómito pasa a las vías respiratorias, y los casos se complican aún más si se trata de personas que padecen enfermedades crónicas como la hipertensión o la diabetes.
Aunque la Dirección General de Salud en la provincia no ha revelado cifras, el Dr. Yadir cita el caso de una paciente de 26 años que llegó al hospital con un infarto. Estuvo tomando Shaka desde las seis de la mañana y comenzó con los síntomas a las ocho de la noche, con el riesgo añadido de ser fumadora. Afortunadamente, vivió para contarlo. A finales de agosto también se conoció sobre una joven espirituana que, luego de ingerir dos latas del «elixir» en una fiesta, requirió un ingreso en cui dados intensivos y ventilación mecánica.
Desde el año 2014, un artículo publicado en la revista médica estadounidense Nutrition Reviews expuso los resultados de diversos estudios en los cuales quedó de mostrado que la mezcla de bebidas energizantes con alcohol entraña más riesgos que el consumo del alcohol solo.
El facultativo villaclareño es categórico en su consejo: «¡No ingerirla!, por ningún motivo. Aunque otras bebidas alcohólicas o energizantes también causan daños en el organismo, decimos que la persona sabe hasta dónde llegar, pero esta no tiene ese punto. Una sola lata puede desencadenar cualquier tipo de complicación. Por tanto, la mejor prevención es no tomarla».
Según una nota publicada recientemente en Soy Villa Clara, la página oficial del Gobierno Provincial del Poder Popular en Facebook, Miguel López, director del Grupo Empresarial del Comercio en el territorio, aseguró que, a partir de informaciones recibidas sobre el efecto nocivo de esta bebida en algunos jóvenes y adolescentes, se tomó la decisión de no adquirirla ni comercializarla en sus establecimientos.
No tan enlatadas quedan varias interrogantes: si se trata de una bebida alcohólica, ¿por qué se vende a menores de edad? ¿Hasta dónde llega la responsabilidad individual? ¿Cuánto control tienen las familias sobre lo que ingieren los adolescentes y jóvenes? ¿Son suficientes y efectivos los espacios y mensajes para estimular un consumo responsable y consciente, que no sucumba a trampas publicitarias? ¿Basta con desaconsejar la ingestión o hace falta prohibir la importación y comercialización del producto en todos los establecimientos? ¿Estamos preparados para afrontar otros peligros similares?
