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Geopolítica: ¿Sólo ganan el Mundial los viejos imperios?

El Mundial de Futbol es un evento que trasciende el deporte. Hace años, un profesor de Historia de la universidad nos dejaba saber a partir de un análisis por qué, a su juicio, la mayoría de los países que lo han ganado fueron imperios. Y eso no excluye a Brasil y su peso geopolítico en el continente americano. La competencia reúne cada cuatro años a las naciones con tradición en esa disciplina a partir de unas eliminatorias. Casi siempre, en el campeonato están presentes los de mayor recorrido, de manera que existe una lista de clásicos infaltables. Ahora bien, en esta ocasión, las sedes del evento marcan su realización a partir del papel de cada una. Política y deporte van unidos, es una realidad concreta que establece unas pautas.

Cuando se hace un análisis por ejemplo del surgimiento de estas copas mundialistas, veremos que en un inicio Inglaterra, donde surgió el deporte, se negaba a participar. Había un gesto de suficiencia fundado en el orgullo del imperio. Allí donde llegaba la Royal Navy —puertos, colonias, mercados, protectorados— los marines británicos llevaban el fútbol. Eso explica la enorme tradición en Argentina, país rodeado durante largas temporadas por la geopolítica de Londres. Brasil, en épocas aún coloniales bajo el control de Portugal, era más colonia económica de los ingleses que de Lisboa. En la independencia, ese lazo se hizo más firme. Hoy se trata del país pentacampeón del mundo que lleva con orgullo ser además cuna de grandes del fútbol.

Detrás de cada gesto del deporte está la huella de la historia. Cuando Inglaterra al fin se decidió a participar y tuvo la sede del evento mundialista, en 1966, ganó su único campeonato hasta este día. Cierto que aquella generación de deportistas de su selección era enormemente potente, con una calidad de la más alta. En dicha ocasión recibieron el título de manos de la Reina Isabel II, quien se vio beneficiada, como parte de la nueva imagen de la monarquía, por la victoria del equipo. El regreso del imperio no le dio más copas, ni siquiera en el continente europeo. Otros países, como Alemania, han tenido un papel más trascendente en títulos mundiales. También ahí se aplica lo del profesor de Historia: se trata de una vieja potencia expansionista.

Fútbol y poder van unidos de la mano, aunque el disfrute del deporte sea algo sano. Las celebraciones de los campeonatos son el momento perfecto para lanzar campañas políticas, imágenes de determinado proyecto. Hay un interés siempre por utilizar los eventos como plataforma para el lanzamiento de algo que no es directamente el fútbol. Sin embargo, se explota la noción de poderío de los jugadores, el prestigio de sus carreras y la influencia en las nuevas generaciones. Hay quien llega a comparar al fútbol con el nuevo opio de los pueblos. En Argentina, gobiernos como el de Milei usan metáforas de los partidos. Eso ha tenido un impacto innegable en las nuevas generaciones que conectan de manera más transparente cuando se les habla en su lenguaje. Hay mucho que aprender de esas tácticas que usan los equipos de imagen para influir en las masas.

Por ejemplo, este Mundial le está sirviendo a Trump de alguna manera de cara a sus elecciones legislativas de noviembre. Es vital para ellos mostrar un país aún líder de las tecnologías, con ciudades modernas y un estilo de vida más avanzado que el resto del mundo. Se nos venden los partidos, pero también el american way of life. Eso no quiere decir que el mundo deba cancelar el deporte, ni pasarlo por alto como una de las mayores manifestaciones de la cultura, sino tener en cuenta que nada en este planeta escapa a la mirada de la política, ya que vivimos en un mundo estructurado a partir de intereses y de manifestaciones del poder. Si Estados Unidos nos ofrece un evento de alto estándar —como hasta ahora estamos viendo— también va implícita la narrativa de éxito, de invencibilidad del imperio y de perpetuación de sus formas de mando en cuanto sentido y cultura.

¿Cómo analizar el deporte entonces? Como una realidad con dos caras. Por una parte su historicidad nos lleva a ver las huellas del poder que lo componen. Por otra, su utilidad como evento de la cultura resulta innegable. En ambas verdades existe un núcleo que mueve el evento mundialista hacia porciones indiscutibles del manejo de la opinión pública y del estado de cosas. El deporte es político, deriva hacia manifestaciones del poder de la economía en tanto realidad determinante. Y el mundial es un evento de la élite hacia la periferia, no viceversa. Por ende, en cada justa veremos cómo el éxito tiene un dueño, una narrativa, un posicionamiento. Recuerdo cuando Francia ganó el Mundial de 1998 que muchos hablaron sobre el papel del mercado. Era evidente que el país galo lo había dispuesto todo para una victoria y que la maquinaria de ventas la potenciaba para maximizar ganancias. Algunos incluso comentaron de teorías de conspiración para que el resultado llegara.

El fútbol y la política conforman una unidad a partir del impacto en las masas y de la narrativa de poder. En este Mundial de 2026 veremos, como tantas veces, esa tensa relación centro periferia. El destino ha querido que incluso los derechos de transmisión de los partidos sean materia de debate. No son todos los habitantes del globo quienes tendrán acceso. La mercantilización del deporte conduce a la exclusión de mayorías que no están representadas en los eventos de lujo ni en las gradas de luces espectaculares de las sedes. Detrás de la escenografía de un mundo que celebra el balón existe la incertidumbre de un nuevo orden internacional donde el uso de la fuerza, la decadencia de las instituciones y del derecho internacional nos llevan hacia un abismo. Ojalá el fútbol sirva para que haya paz y concordia y los conflictos se diriman sin que existan personas inocentes en medio y expuestas.

Hace décadas, la Federación Internacional de Fútbol comenzó a promover en los partidos una cultura de la inclusión que se enfrentaba a manifestaciones de racismo y otros sesgos. Hoy, incluso esas visiones están cargadas con una ideología altamente elitista que mira hacia otro lado mientras nos habla de identidades y diversidad. la geopolítica del deporte tiene un solo camino si quiere salvarse: abandonar la barbarie del sistema clasista vigente y mirar hacia los seres humanos como sujetos de derecho. Lejos de eso, la mercantilización excesiva nos dice que el atajo elegido por los que deciden el destino de estos eventos conduce hacia el dinero.

No sabemos qué país ganará esta copa mundialista, pero ya hemos consumido buena parte de las narrativas de poder que están atravesando este encuentro. Seguramente, uno de los viejos imperios llegará a la final y estaremos ante la necesidad de un análisis que vuelva sobre la relación entre poder, política y deporte.

 

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