Los amigos de mis enemigos
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Los amigos de mis enemigos

En medio de esa realidad cotidiana, dura y compleja, nace una interrogante que apela directamente al corazón y a la ética de la nación: ¿cuáles son los verdaderos enemigos del pueblo cubano? ¿Quienes, con aciertos y desaciertos, intentan mantener la isla a flote en medio de la tempestad  o quienes piden, diseñan o aplican las sanciones que la mantienen al borde del naufragio? 

¿Es aceptable que los ciudadanos cuestionen la gestión de su gobierno? Yo digo que es, incluso, necesario. Es un derecho cívico. Sin embargo ¿Dónde queda la coherencia y la sinceridad cuando minutos después de hablar en nombre del bienestar de Cuba, caminan de la mano de los que sostienen y profundizan el cerco económico que la asfixia y, mientras la amenazan y la hostigan, las penurias de cubanos y cubanas les parecen un precio justo para alcanzar “la democracia”. ¿Cuál democracia?¿Es creíble un discurso de amor a la patria y a la libertad cuando se aplaude la medida que frena el combustible, el alimento o la medicina que precisa la vecina de al lado?

Pretender erigirse en defensor de un pueblo mientras se abraza al responsable directo de sus mayores carencias es una paradoja que raya en el cinismo. No se trata solo de una contradicción política, es una fractura moral y ética. Hacerlo en nombre del dios que ordena amar al prójimo, es pecado, pues él mismo había mandado antes no tomar su nombre en vano.

Entonces, cabe hacer una pregunta incómoda, pero necesaria: ¿es respetable una oposición que asume la agenda y vive de los fondos del gobierno de los Estados Unidos? La dignidad es un valor que no se financia desde el exterior. Ya sabemos que “el que paga, manda”. Cuando la causa que se enarbola depende del presupuesto de una potencia extranjera, la voz deja de ser propia y el proyecto deja de pertenecer al pueblo para responder a los intereses del pagador. La genuina vocación de cambio nace del amor dolido por los suyos, no de la tutela de Washington.

A la luz de la historia de Cuba encontramos respuestas definitivas, lecciones incontestables sobre cómo se forja el liderazgo y la legitimidad. Ninguno de los grandes articuladores del sentir cubano, ninguno de los hombres y mujeres que lograron mover las fibras más profundas de nuestro pueblo y transformaron el país, lo hizo jamás bajo el amparo o el financiamiento de un gobierno extranjero, mucho menos del que Martí alertó: “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas”, en la misma carta inconclusa a su amigo Manuel Mercado, en la cual escribió:

“… la actividad anexionista, menos temible por la poca realidad de los aspirantes, de la especie curial, sin cintura ni creación, que por disfraz cómodo de su complacencia o sumisión a España, le pide sin fe la autonomía de Cuba, contenta solo de que haya un amo, yankee o español, que les mantenga, o les cree, en premio de oficios de celestinos, la posición de prohombres, desdeñosos de la masa pujante,- la masa mestiza, hábil y conmovedora del país,- la masa inteligente y creadora de blancos y negros”.

El más universal de los cubanos, tejió la «Guerra Necesaria» desde la austeridad, centavo a centavo, con la ayuda abnegada de los tabaqueros de Tampa y Cayo Hueso, cubanos emigrados, jamás con el patrocinio del gobierno estadounidense, al cual miraba con sabia y angustiada desconfianza. Medio siglo más tarde, Fidel Castro y la generación del Centenario lideraron un movimiento que caló en el alma popular porque nacía del pueblo mismo, financiado con el peso modesto del obrero, el campesino y el estudiante, sin someterse a ninguna agenda externa.

Ellos entendieron algo fundamental: la táctica del amparo extranjero sencillamente no funciona en la conciencia cubana, porque el cubano, desde su raíz histórica, rechaza por instinto la tutela sobre su destino. Entonces, ¿por qué las nuevas figuras que pretenden posicionarse como «oposición» repiten una y otra vez esa misma fórmula fallida?

Quizás porque han olvidado que, quien pide auxilio al opresor para resolver sus problemas termina entregando las llaves de la casa. O quizás porque resulta más cómodo buscar el aplauso diplomático, las becas y el financiamiento que emprender el camino largo, difícil y genuino de construir un proyecto con y para los cubanos. Probablemente porque ni ellos mismos se creen sus personajes de paladines libertarios o porque, como dicen mis vecinos de Centro Habana, simplemente “no la llevan”, les faltan argumentos, gracia y talento.

La historia de Cuba es esencialmente una historia de dignidad y de resistencia humana. Se puede diferir, se puede debatir y se pueden buscar caminos para superar las dificultades que hoy nos abruman, pero el límite ético e innegociable siempre será la soberanía y la empatía con el propio pueblo. Un verdadero patriota sufre con el dolor de su gente y jamás se alía con quien proyecta, fría y calculadoramente, su sufrimiento. Ya lo ha sentenciado la sabiduría popular: los amigos de mis enemigos no son mis amigos. Quien elige ser amigo del enemigo de su pueblo, termina inevitablemente separado del alma de Cuba.

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