Aprender a soltar
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Aprender a soltar

Muchas situaciones —la mayoría— llegan a nuestras vidas sin que las podamos premeditar y, por supuesto, sin que nos dé tiempo a prepararnos para admitirlas y afrontarlas. Y una vez asumida a veces somos rudos con nosotros mismos, nos autosaboteamos desde adentro y nos martirizamos porque no dejamos ir lo que no tiene sentido a pesar de estar consciente de ello.

Eso no es ser flojo, sino completamente normal. Cada quien tiene su ritmo y necesita distintos tiempos para procesar.

En el campo de las relaciones sociales a veces de repente se termina con la pareja o se rompe una amistad, incluso un vínculo laboral, y con ello se acaba una etapa, se interrumpen costumbres, de un tajo se frenan expectativas. Si vamos más allá, ahí mismo se troncha una versión de nosotros mismos. Puede que sea de súbito, pero probablemente antes hubo indicio.

Y si somos quienes tomamos la decisión es muy seguro que sepamos desde cuándo algún asunto no nos hace bien, pero también es probable que permanezcamos aferrados a ello con cierta resistencia por muchas razones, quizás por temor a reconocer el final como si eso pudiera significar que todo lo vivido fue un error: un pensamiento común y tremendista porque hemos sido educados para creer en la sempiternidad y por tanto lo contrario simula fracaso.

Por eso una de las cuestiones más difíciles de nuestra psicología no es dejar atrás, comienza desde antes cuando debemos soltar. ¿Cómo se hace? ¿Dónde te enseñan? ¿Por qué es tan engorroso?

No se trata solo de decidirlo, es todo lo que le antecede con la lucha interna y después su ejecución porque como con casi todo en la vida, no existe un manual universal para hacerlo bien porque cada pérdida tiene su propio código y cada quien atraviesa sus renuncias de manera diferente.

Sobre este tema la psicología ofrece varias miradas, pero en realidad la respuesta a cada conflicto está siempre muy dentro de cada quien. El punto de partida es la dificultad para desprendernos de aquello que no nos sirve ya o que nos daña, y obstaculizar su ejecución no es simple falta de voluntad. Llamarlo así es una burda intromisión en terreno ajeno.

Pensemos en lo que significa romper con el lazo que tanto tiempo nos sostuvo y de repente sentirnos vacíos y huérfanos de todo. Es muy duro cuando un vínculo ocupó durante mucho tiempo un lugar importante en nuestras vidas y es lógico que su ausencia implique una reorganización emocional y cotidiana porque cambian rutinas, aspiraciones, hasta aspectos de nuestra identidad porque no solo cambia el entorno, sino nosotros mismos.

Por eso es tan injusto, desde afuera, tildar al otro de débil de carácter porque no se decide o tiene recaídas o sufre. Exigir que lo supere o criticar su postura, sea cual sea, es muy poco útil y es lo más antipático que existe.

Todo lleva adaptación porque en muchas oportunidades soltar no significa dejar de sentir, y esto lo hace más complejo aún. Por eso una equivocación frecuente es confundir desprendimiento con indiferencia.

Por tanto, si soltar una situación o dejar ir a una persona no significa que aquello deje de importarnos, tampoco es válido exigir borrar los recuerdos, ni obligarnos nosotros mismos a hacerlo creyendo que así olvidamos todo. Esto es inmadurez porque negar el tiempo vivido no elimina el pasado y un asunto es terminar una relación, del tipo que sea, y otra muy distinta es desconocer lo bueno vivido antes de que perdiera sentido.

De nada vale convencernos de que todo fue malo. Más positivo es saber que una vez emprendido el camino del desapego dejará progresivamente de gobernar nuestra vida, y eso toma tiempo.

En realidad la única manera de olvidar es que nos dé amnesia. Podemos recordar y reconocer la importancia del vínculo anterior sin necesitar que continúe formando parte de nuestro presente, al menos no de la misma manera. Parte del proceso es también echar de menos una etapa y, al mismo tiempo, comprender que ya terminó.

Y claro que puede doler. Es una montaña rusa de emociones, y al pasar por ese tipo de duelo es muy normal necesitar espacio para contradicciones de pensamiento. En tal sentido expertos refieren que una adaptación saludable no necesariamente consiste en todo lo contrario a permanecer siempre triste ni en reprimir el dolor. Es común que aparezcan los bajones y la sensibilidad a flor de piel alternados con momentos de emprendimiento y reinvención personal. De esa forma se afronta la pérdida y se retoman actividades, relaciones y responsabilidades de la vida cotidiana.

Por eso una idea fundamental para sanar es comprender que soltar es también empeñarse en recuperar poco a poco la capacidad de vivir aunque todavía existan días de tristeza, y que el futuro sea incierto no quiere decir que será malo, es una nueva oportunidad para recomenzar pensando en lo aprendido, en volver a hacer planes.

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