Escuchando a los Muertos (Notas sobre espíritus y Espiritismo) (II). Allan Kardec, el Codificador
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Escuchando a los Muertos (Notas sobre espíritus y Espiritismo) (II). Allan Kardec, el Codificador

Un cumpleaños solitario y una hoguera

Allan Kardec cumplió 57 años el 3 de octubre de 1861. No festejó la fecha. No brindó con absenta, “el hada verde” de los poetas malditos, tan popular en la bohemia parisina, ni con vino ni cerveza. Solo bebió agua y algo de café. Encerrado en su casa, en su despacho, en el número 59 de la calle Sainte-Anne, donde radicaban también la sede de la Sociedad de Estudios Espíritas de París, fundada el 1º de abril de 1858, y la redacción de la Revue Spirite, pasó la jornada de su cumpleaños entre papeles, revisando periódicos y cartas de médiums y centros espiritistas de toda Europa, tomando notas de aquí y de allá, garrapateando respuestas muy serenas y bien fundamentadas a los ataques que se habían publicado el día anterior contra su doctrina y contra él, con saña enconada, biliosa, personal.

A las cuatro de la tarde de ese 3 de octubre, su esposa entró en el despacho para preguntarle si quería algo de comer. “Ahora no, gracias”, respondió el Codificador, “tengo que terminar unos artículos”. Ella se acercó para dejarle una caricia, él la tomó de la mano unos segundos, sonrió y volvió a su papelería. Cenó a las once de la noche, muy frugalmente.

Tres días después, el 9 de octubre, en Barcelona, en la explanada donde antaño ejecutaban a los condenados a muerte, cientos de libros recién llegados de Francia ardían en una inmensa hoguera. En los alrededores, se había ido reuniendo una multitud: algunos observaban el espectáculo con una mezcla de estupor y curiosidad; otros, con satisfacción; otros, con espanto y vergüenza. Unos pocos, los más lúcidos, gritaron “¡Abajo la Inquisición!” y, al terminar la nefasta ceremonia, recogieron del suelo varias páginas chamuscadas y un puñado de cenizas.

El Obispo de Barcelona, Antonio Palau y Termens, había decretado que aquellos textos debían arder “por la mano del verdugo”, como en los buenos tiempos medievales. Junto a ejemplares de la Revista Espírita y otras obras “diabólicas”, fueron quemados El libro de los espíritus y El libro de los médiums de Allan Kardec, el pedagogo francés que se había atrevido a fundar una nueva filosofía, nacida de las voces mismas de los muertos.

“Auto-da-Fé de Barcelone”, pequeña estampa de la composición a la acuarela que pintara un artista anónimo en el sitio en que fueron quemados los libros.

Barcelona: una digna respuesta a la infamia

Veintisiete años más tarde, entre los días 8 y 13 de septiembre de 1888, Barcelona acogió el Primer Congreso Internacional Espiritista, que vino a dar —simbólicamente— una digna respuesta a la infamia de la quema de libros. Estuvieron representados en el encuentro cinco Centros cubanos: La Reencarnación de La Habana, El Salvador de Sagua la Grande, Sociedad Espiritista de Matanzas, Lazo Unión de Cienfuegos y San Pablo de Quemado de Güines. Hay que resaltar, entre los temas que se trataron, la prohibición de la pena de muerte, el desarme de los ejércitos, la abolición de la esclavitud, la igualdad de género y la necesidad de fomentar la enseñanza laica.

Y cuarenta y seis años después, en 1934, nuevamente en Barcelona, se organizó el 5to Congreso Espiritista Internacional. La doctrina codificada por Kardec recibió en este encuentro un respaldo oficial sin precedentes por parte de las autoridades. Los delegados fueron recibidos con honores por el alcalde de Barcelona, Carlos Pi y Suñer, y por el presidente de la Generalitat de Cataluña, Luis Companys.

Entre los temas analizados en ese 5to Congreso, aparecen algunos viejos y otros nuevos: la necesidad de una educación pública, mixta, gratuita y laica, la abolición mundial de la esclavitud, el veganismo y el matrimonio civil. Además, se aprobó por los delegados reclamar “la urgencia de resolver los conflictos internacionales a través del diálogo” —y esto sucedía cinco años antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial.

La influencia del educador Pestalozzi

Hippolyte Léon Denizar Rivail, el futuro Allan Kardec, nació en Lyon el 3 de octubre de 1804. Su padre, magistrado de profesión, era un hombre de ideas avanzadas y decidió enviar al pequeño Hippolyte, con apenas diez años, a un colegio de vanguardia situado en un país protestante: el célebre Instituto de Educación de la ciudad suiza de Yverdon-les-Bains. Lo dirigía el prestigioso Johann Heinrich Pestalozzi.

Nada más distante de la rigidez del dogma y de la enseñanza memorística que el pensamiento de Pestalozzi. Había en él, al propio tiempo, un sentido ético y humanista que lo llevaba a defender la educación popular como un derecho de todos y a apoyar a niños pobres para que pudieran tener acceso a las aulas. Estas ideas, estos principios, influyeron definitivamente en el alumno Rivail.

Pestalozzi creó en su Instituto de Yverdon un minúsculo universo donde convivían armoniosamente estudiantes de ambos sexos, de diferente procedencia social, de nacionalidades diversas, donde se practicaba la moral genuina —no la externa— y la tolerancia hacia las creencias de los demás. La verdadera religión, decía Pestalozzi, no es otra cosa que la moralidad.

Johann Heinrich Pestalozzi: “La verdadera religión
no es otra cosa que la moralidad”.

De Rivail a Allan Kardec

Luego de terminar el Instituto, el joven Rivail inició su carrera como pedagogo. Escribió textos de perfil pedagógico y tradujo obras de los idiomas que dominaba: inglés, alemán, holandés, italiano, español. En 1832 se casó con una mujer admirable, Amelie Gabrielle Boudet, que lo acompañó hasta el final en todas sus batallas.

El profesor Rivail fundó un colegio inspirado en Pestalozzi, que funcionó durante unos diez años. Pero su asociado en términos financieros se endeudó e hizo naufragar aquel hermoso proyecto educativo.

En 1854 entró en contacto con la Sociedad de Magnetismo de París, y fue precisamente un magnetizador, Auguste Fortier, quien lo llevó, en mayo de 1855, a presenciar una sesión con “mesas parlantes”. Según las notas que escribió Rivail, aquellas mesas “saltaban y corrían en tales condiciones, que la duda no era posible”.

Verificó del mismo modo las respuestas que daban las mesas por medio de golpes y asistió a algunos ensayos de escritura mediúmnica. Los hechos que observó, con diferentes médiums, llevaron a Rivail a comprender que algo realmente importante estaba sucediendo: “vislumbré algo muy serio y la revelación de una nueva ley que me propuse profundizar”. (Allan Kardec. El educador y el codificador. Zeus Wantuil y Francisco Thiesen, Consejo Espirita Internacional, Brasilia [DF], 2007)

En una de las sesiones a las que asistió, el 30 de abril de 1856, recibió a través de la médium Japhet el primer anuncio acerca de la Misión que tendría que desempeñar. Era un mensaje de aliento, inspirador, que le fue confirmado seguidamente, con mayor claridad, por otros médiums.

Rivail supo ignorar la vacua algarabía, propia del show, que provocaban en la gente supuestos médiums con espectáculos falsamente espiritistas, y logró apegarse a lo primordial: el alcance de la información que nos traían desde el Más Allá. Llegó a la conclusión de que, escuchando a los muertos, los vivos tendrían la oportunidad de acceder a toda una doctrina de esperanza, consuelo y solidaridad universal.

A través de un médium, Rivail supo que en una vida anterior había encarnado en un sacerdote del pueblo celta, un druida, llamado Allan Kardec. De ahí que adoptara ese nombre para llevar adelante su tarea como Codificador de algo que iba a ser, a la vez, “una ciencia de observación y una doctrina filosófica”.

Recogió y catalogó cada “evidencia” que demostrara la supervivencia del alma tras la muerte física y la posibilidad de comunicarse con los espíritus desencarnados. Describió su método de trabajo como “observar, comparar y juzgar desapasionadamente todos los hechos”. Siempre dijo que su obra no era una creación personal, sino un compendio de información recopilada a través de sesiones donde los médiums divulgaban enseñanzas de Espíritus Superiores, dirigidos por una entidad que bautizó como “el Espíritu de Verdad”.

Con la cooperación de “más de diez médiums”, pudo acumular declaraciones muy valiosas del Otro Mundo y construir, con mucho rigor, una obra fundamental: El libro de los Espíritus, que salió a la luz el 18 de abril de 1857.

El libro de los Espíritus, uno de los pilares teóricos del Espiritismo.

El libro de los espíritus (1857), El libro de los médiums (1861), El Evangelio según el Espiritismo (1864), El cielo y el infierno (1865) y La Génesis (1868) son las cinco obras esenciales del Espiritismo moderno.

En la doctrina codificada por Allan Kardec, Dios es el ser supremo y la causa primera de todas las cosas; el alma es inmortal, sobrevive a la muerte física, puede evolucionar en el mundo espiritual y vivir múltiples existencias corporales en distintos tiempos y lugares a través de la reencarnación. Cada vida es una oportunidad de aprendizaje y expiación, y el alma progresa moral e intelectualmente. Los espíritus pueden comunicarse con los vivos a través de médiums, y así transmitirnos enseñanzas y pruebas de la vida futura; el destino del ser humano es alcanzar la perfección moral y espiritual a través de sucesivas existencias.

Para el Espiritismo las desigualdades sociales no son un designio divino. Se derivan del egoísmo, de la codicia, del afán de lucro, de la falta de solidaridad: son resultado de los vicios e imperfecciones de los seres humanos. Estos postulados desempeñaron un papel muy significativo en la conexión del Espiritismo con las causas más justas de la época.

El libro de los Espíritus tuvo mucho éxito en Francia, en toda Europa, e influyó algún tiempo después en América Latina. La primera edición se agotó inmediatamente, y la segunda, de marzo de 1860, aumentada con más de mil preguntas y respuestas, en apenas cuatro meses.

Es difícil medir el influjo extraordinario de este libro de Allan Kardec en la propagación de la doctrina y en el crecimiento de las asociaciones espiritistas. 

Aunque el Espiritismo no tiene propiamente una Biblia, los espíritas utilizan el Libro de Oraciones de Allan Kardec como un recurso para comunicarse con los espíritus y con Dios. Sin embargo, el propio Codificador recomendó que cada quien podía rezar “según sus convicciones y de la manera que crea más conveniente”: “un buen pensamiento vale más que numerosas palabras, que se asemejan al ruido de un molino y de las cuales está ausente por completo el corazón”.

Libro de oraciones, de Allan Kardec, perteneciente a
Joaquina Sandoval, espiritista cubana, dañado por el tiempo y las inundaciones.

La máxima “Fuera de la Caridad no hay salvación” ha sido abrazada por el Espiritismo y acogida como el símbolo de la fraternidad universal y “de una nueva era donde deben extinguirse los odios y las disensiones”. (Revista Espírita, octubre de 1866)

Su revista

La Revista Espírita fue otra obra monumental de Kardec. Su primer número salió el 1º de enero de 1858 y fue publicada ininterrumpidamente hasta abril de 1869, durante once años, con una frecuencia mensual.

La Revista y sus diferentes secciones nos muestran la sensibilidad humana de Allan Kardec. A través de sus páginas, consuela personalmente a una madre desesperada por la desencarnación de su hija; a un joven que sufre por su fallecido padre; conversa, con emoción, en una sesión mediúmnica con un criminal; promueve la entrega de donaciones para víctimas de epidemias; intercambia con los lectores; brinda suscripciones gratis para los pobres. En la Revista, aunque discutía y fijaba sus posiciones, nunca entabló polémicas estériles. Era él su redactor principal y quien respondía la abundante correspondencia.

Kardec se preocupaba obsesivamente por mantener en la Revista el más estricto apego a la verdad: “más vale rechazar diez verdades que admitir una sola mentira, una sola teoría falsa”. Consideraba imprescindible “examinar, madurar y pasar por el control de la más severa razón a todas las comunicaciones” que se recibían en la Revista. Si alguna parecía “dudosa o confusa”, exigía que fuera aclarada con la mayor precisión. Sabía cómo se lanzarían sus enemigos sobre cualquier desliz que pudiera cometerse y el provecho que sacarían del mismo. Por otra parte, ante las acusaciones de que había médiums haciendo fraude, Kardec estaba convencido de que el Espiritismo auténtico ganaba “al desenmascarar a los impostores”. (Revista Espírita, abril de 1859)

El hombre y el honesto investigador Rivail-Kardec no solo se pronunció contra las falsificaciones y el fraude: también denunció el uso del Espiritismo como espectáculo o como vía para ganar dinero. Siempre defendió el decisivo componente moral de la doctrina que codificó.

Entre el odio y el amor

Allan Kardec tuvo que enfrentarse a lo largo de su vida a enemigos muy poderosos. Fue objeto de ataques constantes, de todo tipo, en tono engolado y doctoral o en un estilo groseramente satírico. Se le acusó de charlatanería, de atentar contra la religión y contra los valores familiares cristianos, de fomentar la superstición, de manipular a sus seguidores. Llegaron a decir que se estaba enriqueciendo con el movimiento que lo seguía. Hasta se le atribuyó una supuesta fortuna que nunca tuvo.

Como era de esperar, muchas de estas agresiones provenían de la Iglesia Católica, que rechazaba al Codificador y a la doctrina espiritista como invenciones del Maligno; pero también germinaron, tristemente, dentro del propio Espiritismo. Hubo seguidores de Kardec que lo traicionaron.

Entre 1860 y 1867, Kardec viajó por toda Francia y visitó otros países europeos. Lo recibieron con mucho entusiasmo en todas partes. Solicitaba con humildad a sus anfitriones evitar banquetes u homenajes que pudieran ocasionar gastos, cuando ese dinero sería más útil si se destinara a los necesitados. “Una recepción ceremoniosa”, reiteraba, “no agrada a mi carácter, ni a mis hábitos, ni a mis principios”.

La salud de Allan Kardec se iba quebrantando, debido a los notables esfuerzos intelectuales que realizaba diariamente. Y, aun cuando los espíritus le habían recomendado moderación, no hay dudas de que el exceso de trabajo, por una parte, y, por otra, la campaña de descrédito contra él, todos los dardos que recibía, dejaban heridas en su corazón.

Como escribió en una ocasión:

Nos atacan con un furor al que solo le faltan las grandes ejecuciones de la Edad Media. Los sermones y pastorales lanzan rayos (…) las publicaciones y artículos en los diarios no terminan de lanzar granizo la mayoría, dando a sus expresiones una muestra de cinismo poco evangélico, varios de ellos hasta con una rabia que alcanza el frenesí. (Revista Espírita, junio de 1863)

Muerte del Codificador

Murió por la rotura de un aneurisma el 31 de marzo de 1869. Simbólicamente, esta fecha coincide con la de los sucesos de las Hermanas Fox, el 31 de marzo de 1848, considerado el inicio del espiritismo moderno, y con la premonición que tuviera ese mismo día Andrew Jackson Davis, conocido como el “vidente de Poughkeepsie”, con la noticia de que “el buen trabajo ha comenzado”. (Allan Kardec. El Educador y el Codificador, cit.) Esta circunstancia ha propiciado que, tanto espiritualistas anglosajones como kardecianos y espiritistas en general, celebren la fecha.

Al entierro acudieron muchos discípulos, médiums, espiritistas, seguidores y estudiosos de su obra. Fue Camille Flammarion quien despidió el duelo con un discurso muy emotivo y lúcido. 

Pero Allan Kardec había ido demasiado lejos en su batalla contra los guardianes de la ortodoxia, enemigos jurados del pensamiento libre. No le permitirían reposar. Hasta después de su muerte quisieron lastimarlo y manchar su obra y su figura.

Habían pasado cinco años desde aquel día de 1869 en que Kardec desencarnó, cuando en un tribunal de París tuvo lugar el llamado “Proceso de los Espíritas”. En el colmo de la bajeza, citaron como testigo a la propia viuda del Codificador con el propósito malévolo de humillarla.

Este supuesto “proceso judicial” que se gestó en los sectores reaccionarios de Francia, fue calificado como “algo tenebroso, una auténtica pieza inquisitorial, cuya existencia solo sería concebible en los tiempos distantes de la Edad Media”. (Revista Reformador, dic. de 1975)

Algo más sobre el legado de Allan Kardec

Aparte de su Misión de tanta trascendencia, Allan Kardec fue un pensador social muy singular, que no aceptó el modelo estadounidense que comenzaba a deslumbrar a mucha gente en el mundo como paradigma de “modernidad”, “democracia” y “prosperidad”. Comprendió que aquel modelo estaba roído por el desmedido afán de lucro y que nada tenía que ver con la utopía con la que soñaba, basada en la igualdad, la justicia social y la hermandad entre los seres humanos.

Kardec lamenta que, si los Estados Unidos tuvieron el honor de ser los primeros en revelar las manifestaciones del Más Allá en aquellos tiempos, también fueron los primeros en comercializar la mediumnidad. El Codificador transcribe de diarios norteamericanos varios anuncios de “médiums mercenarios”, e informa que éstos también llegaron a Inglaterra, declarando: “No discutimos las facultades, hasta incluso poderosas, de ciertos médiums mercenarios, pero decimos que el afán de lucro es una tentación de fraude que debe inspirar desconfianza… Y aunque no hubiera fraude, ni por eso la crítica debe ser menor para con aquel que especula con una cosa tan sagrada como las almas de los muertos”. (Allan Kardec. El Educadory el Codificador, cit.)

Detengámonos en su concepto de Progreso, un término muy contaminado por los apologistas del capitalismo, en particular en los Estados Unidos, que se ha asociado siempre, desde los días de Kardec hasta los nuestros, con el Dios Dinero, con la acumulación de riquezas.

Para Allan Kardec, el grado de civilización alcanzado por una sociedad no puede medirse en términos de riqueza material. El pueblo que “puede llamarse más civilizado, en la verdadera acepción de la palabra”, es “únicamente” aquel donde hay “menos egoísmo, codicia y orgullo, donde los hábitos son más intelectuales y morales que materiales; donde la inteligencia puede desarrollarse con mayor libertad; donde hay más bondad, buena fe, benevolencia y generosidad recíprocas” …

Y continúa:

…dónde están menos arraigadas las preocupaciones de casta y nacimiento, pues esas preocupaciones son incompatibles con el verdadero amor al prójimo; donde las leyes no consagran ningún privilegio, y son las mismas así para el último, como para el primero, donde se distribuye la justicia con menos parcialidad; donde el débil encuentra siempre apoyo contra el fuerte; donde mejor se respeta la vida, creencias y opiniones del hombre; donde menos infelicidad hay y donde, en fin, todo hombre de buena voluntad está siempre seguro de no carecer de lo necesario. (El libro de los espíritus, Ed. Mensaje Fraternal, Venezuela, 2003)

Es inevitable recordar a Martí: “Las leyes americanas han dado al Norte alto grado de prosperidad y lo han elevado también al más alto grado de corrupción. Lo han metalificado para hacerlo próspero. ¡Maldita sea la prosperidad a tanta costa!”

Tumba de Allan Kardec en el Cementerio de Père-Lachaise, en París, donde descansan personalidades muy célebres de Francia y del mundo. La del Codificador siempre tiene flores y es, según se dice, la más visitada.

Descargar aquí segundo capítulo del libro Escuchando a los Muertos (Notas sobre espíritus y Espiritismo) (II) Allan Kardec

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