El ruiseñor, un macizo thriller de venganza australiano
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El ruiseñor, un macizo thriller de venganza australiano

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Imagen del largometraje El ruiseñor.
Foto: filmaffinity.com

Formalmente preciosa y conceptualmente rotunda, El ruiseñor lleva en sus venas la fuerza telúrica del cine australiano, la fisicidad de personajes mixturados a un complejo natural que, aunque quizá no llegue a determinar, sí condiciona o encauza sus acciones.

Nos encontramos frente a un relato donde el entorno se convierte en herramienta invaluable para generar el clima claustrofóbico y las atmósferas de una película visceral, que no escatima escenas fortísimas no gratas a ciertos paladares mojigatos o no curtidos.

Escrito y dirigido por la realizadora Jennifer Kent –quien mostrara cartas credenciales mediante el ponderado filme de terror The Babadook, de 2014– el largometraje está ambientado en la Tasmania de inicios del siglo XIX, terra incognita donde los colonizadores ingleses emprenden el brutal exterminio de la población indígena y confinan arbitrariamente a reos.

Estos últimos son, su mayoría, de procedencia irlandesa, como el personaje central de la joven Claire (Aisling Franciosi, deslumbrante en un registro que sabe matizar las gradualidades fragilidad/fiereza y una gestualidad rentabilizada por esos close-ups privilegiados por el formato cuadrado o académico adoptado por la Kent).

Dicha convicta, casada allí y con descendencia, ya ha purgado su pena, mas el teniente Hawkings (Sam Caflin), al frente del enclave imperial, no quiere conceder la libertad a la muchacha, objeto de un deseo insano de su parte.

Durante el mismo segmento prologar de la película, este hombre y sus secuaces cometen en la noche un crimen terrible contra la familia de Claire, antes de iniciar ellos, a las pocas horas, un viaje intraselvático con el propósito de alcanzar la próxima guarnición británica, donde el militar pretende agenciarse cierto puesto.

Claire, violada, golpeada y con un escenario atroz en el suelo de la choza donde convivía con esposo y bebé, se recupera al amanecer. Cuanto inicia a partir de dicha escena es una de las historias de venganza más trepidantes aportadas por el cine más próximo.

En formato de un singular western itinerante con aura de thriller y cuento de terror sicológico, arrancan casi dos horas a lo largo de cuya mayor parte Claire posee la determinación absoluta de acabar con los asesinos. La primera venganza de la joven –crudísima y explícita, pero justificada–, en medio del bosque, así lo confirma.

Al promediar la segunda hora, el filme visto en Cuba modula su registro tensional, siempre in crescendo hasta entonces, porque el personaje central –quien no es una máquina de matar como los del cine de acción comercial; sino alguien que cavila, experimenta emociones y siente miedo– manifiesta ciertas dudas.

Tales hesitaciones podrían molestar al espectador subyugado por un metraje previo tendente a cortar el aliento. Sin embargo, es uno de los aciertos, porque permite aparecer a lo multidimensional del personaje; también visto ello desde el ángulo de su propensión solidaria. Sí, porque ahora cobra peso dramático Billy (Baykali Ganambarr), el personaje del aborigen que acompaña a Claire primero en calidad de rastreador y luego de compañero.

Este hombre también conoce en sangre propia del horror de los colonizadores, y un nuevo incidente criminal de los ingleses contra alguien cercano, introducido a esta altura por el guion, le hace reconducir su papel al lado de Claire, al pasar de asistente u observador a formar parte del mismo equipo de la víctima.

El ruiseñor representa un sorbo de cine que solo puede procurarse hoy día en cinematografías y moldes ajenos a ese mainstream hegemónico dirigido a obnubilar las percepciones, cercenar las educaciones estéticas y eternizar fórmulas comerciales.

Cuando las miradas de los creadores aún no están prostituidas, emanan filmes tan peculiares como este, en el que tras la historia de venganza de su superficie se guarece una parábola dual en torno a la humillación humana y la relación anuladora del poder para con los «débiles» (la mujer y la etnia aborigen).

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