Es increíble el talento de algunas personas que logran sacarle emociones a materiales tan duros que necesitan herramientas percutoras para darles formas y aún así consiguen desaparecerles esa rigidez característica de cualquier escultura que pretenda desafiar el tiempo. Resulta conmovedor que lo hagan con tanta maestría que a veces una pieza de mármol o bronce nos puede parecer suave como la piel de un niño, o tan ligeras que creemos que el viento puede zarandearlas, incluso con áreas que semejan transparencias como si hubiera agua entre los dedos o telas que develan cuerpos. De las más impactantes están esas que nos transmiten sentimientos porque los personajes parecen estar tristes, preocupados o eufóricos de alegría.
Además de la habilidad práctica por su capacidad artesanal, los artistas poseen una sensibilidad especial para ofrecerle cualidades humanas a lo imposible y gracias a ella explotan ese don de descubrirnos a través de una materia vacía estados de ánimo con una intensidad que muchas veces las palabras no consiguen. Y, por fortuna, aunque exista un propósito con cada obra, las interpretaciones son subjetivas y cada quien tiene la suya propia, basta con observar un monumento para obtener una lectura muy personal de acuerdo con lo que le transmita en ese momento.
Una piedra o un metal no pueden abrazar, besar, temblar ni conocen el deseo, la preocupación ni la melancolía. Sin embargo, cuando un escultor consigue transformar lo hosco en cuerpos humanos, es extraordinario lo que ocurre porque ese mismo recurso duro y frío adquiere emoción.
Eso pensé cuando conocí —en la distancia— la escultura de los Enamorados de Antequera (2004), en Málaga, España. Según leí, se trata de un monumento realizado por el escultor local José Manuel Patricio Toro (1970) que representa a Tello y Tagzona, protagonistas de una antigua leyenda popular de amor imposible entre un caballero y una princesa. Como podemos observar en esta misma página, son dos figuras de bronce que aparecen entrelazadas, pero si miramos bien no es un típico abrazo de un cuerpo queriendo fundirse con el otro, existe cierto drama que se refleja no solo en la pose sino en los rostros, en la manera de agarrarse. Las referencias indican que la pieza recrea el instante en que la pareja del relato se arroja desde un peñasco porque fue la única forma de perpetuar el amor que se tenían.
Por eso ante la forma enredada de ambos cuerpos unidos su autor explica que esa misma complejidad obliga al espectador a rodear el monumento para comprenderlo, puesto que no basta una mirada frontal. Esto es muy enriquecedor porque incita al visitante a interactuar y según el ángulo donde se encuentre, y lo que vea, así será su percepción y el significado que le otorgue. Esto me parece increíble.
Imagen tomada de https://www.jmpatriciotoro.com
Precisamente esta es una virtud del género escultura. Y con los Enamorados de Antequera, en específico, que se encuentra en movimiento, su autor logró lo imposible, hacernos creer que no están quietos, que caen al vacío. Trabajó con tal perfección ese acto que su descenso permanecerá detenido sin dejar de parecer lo que es, dos cuerpos suspendidos en la nada, para siempre.
Pero no es solo eso, la pieza muestra a dos enamorados que parecen inclinarse, buscarse y sostenerse. ¿Quizás el escultor nos quiso decir que hay vértigo ante el abismo? Es lógico, ¿de qué otra manera se puede sentir un cuerpo que cae? Pero también hay entrega. Observemos sus expresiones y ese abrazo que no parece un simple gesto sino una decisión. Evidentemente intentó transmitir que ellos sabían que sería el último, por eso se notan tan aferrados el uno al otro, no se quieren soltar. Siguiendo la fábula fatídica adivinamos que los personajes, frente a la imposibilidad de permanecer juntos, eligieron estar todo lo cercanos que podían durante ese santiamén, que, gracias al autor, es ya eterno. Es sobrecogedor.
Es tanta la destreza de un artista que materiales tan rígidos como la piedra y el metal pueden adquirir ligereza. En las manos correctas son capaces de sugerir una respiración, una caricia, una carrera, una pasión o el momento exacto en que dos personas están a punto de separarse. En eso consiste la escultura, en dar movimiento a lo inmóvil porque no basta con conocer de anatomía, proporciones y perspectiva, ni saber manipular el cincel o saber de temperaturas para fundir si no se consigue reflejar desplazamiento, suavidad y emoción.
Se llama también sensibilidad artística y dominio de técnicas más imaginación cuando se logra dar forma a una inclinación de cabeza que puede expresar ternura y que no queda chueca como descolgada, así como a una espalda arqueada que puede sugerir deseo, o, lo que me parece muy complejo de hacer: la expresión de estados de ánimo y sentimientos como un rostro ceñudo que nos hable de una persona iracunda, o unos ojos que indican amor maternal.
Muchísimos son los escultores que nos dejaron piezas de gran maestría porque comprendieron cómo hacer cercano ese lenguaje corporal. Los hay muy conocidos como el francés Auguste Rodin (1840-1917), un artista que se empeñó en transmitir sensaciones a través de gestos, que consiguió mostrarnos la tensión de superficies o los contrastes. Siguiendo la temática emocional, de su catálogo queremos destacar El beso (1889), una pieza con numerosas copias. Es muy famosa no solo porque la pasión se nota, sino por la manera en que los cuerpos se encuentran dispuestos, observemos cómo se aproximan y sostienen.
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Rodin convirtió el mármol en una escena íntima. De acuerdo con las referencias, la idea original era que El beso representaría a Paolo y Francesca, los amantes de La Divina Comedia (s. XIV) de Dante Alighieri (Italia, c. 1265-1321). No obstante, luego el escultor separó aquella idea del proyecto de La Puerta del Infierno que tenía encargado y para la cual la había pensado y la convirtió en una obra independiente. Con el tiempo se hizo célebre con ese nombre tan simple que el público le dio según lo que veía, y así trascendió hasta hoy como manifestación universal del amor.
Historia semejante tiene El beso (1793), hecho también en mármol por Antonio Canova (Italia, 1757-1822), quien nos dejó a Eros y a Psique como suspendidos con mucha proximidad y delicadeza. Su autor fue capaz de hacer que un elemento tan pesado pareciera suave. Además, miremos cómo sus alas, brazos y rostros están dispuestos en una composición en la que el contacto parece estar a punto de ocurrir o, todo lo contrario, como si hubiera terminado hace un segundo, veamos también la caída de la tela con sus pliegues como si fuera real.
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Una vez más la escultura demuestra que es posible hacer visible la pasión y que es fundamental simular el movimiento para hacerlo creíble porque lo estático y cuadrado no transmite. Se puede encontrar en lo mínimo, a veces es suficiente con un detalle. Y esto aplica tanto para representar la felicidad del encuentro como para momentos difíciles.
Una ejemplo válido para pensar en ello es Cupido y Psique (c. 1893) también de Rodin. El Museo Metropolitano de Nueva York, Estados Unidos, la describe como una escena particularmente dolorosa cuando Psique se aferra desesperadamente a Cupido mientras él pretende ascender con sus alas. Una vez más la composición parece convertir el abrazo en una separación que no termina de consumarse.
También me viene a la mente una obra de Camille Claudel (Francia, 1864-1943) que permite llevar todavía más lejos esta reflexión no desde la felicidad, sino del dolor. La edad madura (1899) es todo dolor, vacío, ruptura y abandono. A menudo se describe como una alegoría amarga del paso del tiempo y del peso del destino.
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Como vemos, la escultura puede hablar de amor sin representar un beso, y también puede ser abstracto y geométrico como La despedida (1955) de Umberto Mastroianni (Italia, 1910-1998), quien pudo convertir dos figuras en una masa que sugiere cuerpos abrazados sin definir bien sus formas. El título indica que es el momento antes de separarse, quizás, y por tanto en ella percibimos tensión. Ejemplos similares abundan en la historia del arte.
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No diría que son lenguajes sino diferentes maneras de hablar de esa inmensidad que guía nuestras vidas aún con sus contradicciones, eso que llamamos amor visto desde la escultura con delicadeza.
La sensibilidad que encontramos en la escultura amorosa tiene una fuerza especial que no pasa desapercibida, llega a todos y, cuando menos, es admirada por su belleza y porque reconocemos la hazaña de su creador al lograr darle vida a un bloque de piedra o un trozo de metal. Es arte eso de encontrar la postura perfecta para reflejar cualquier estado de ánimo.
Afortunadamente durante siglos muchos hombres y mujeres se han dedicado a perpetuar historias para desafiar el tiempo y poderlas contemplar. Y aunque cambien las épocas, las modas, las sociedades, y la humanidad decaiga por sus vicios y ambiciones, hay gestos que permanecen reconocibles, es un código cósmico. La verdadera proeza del escultor no consiste solamente en vencer la dureza y crear formas que simulan relatos, sino en que nos hace identificarnos y recordar que estamos vivos.


