En el cuartón de Punta Piedra, a la vera del camino entre Manzanillo y Campechuela, está Demajagua, enmarcada por los ríos Gua y Buey. Tan libres como sus aguas habrían de ser libres en Cuba los blancos y los negros, a partir del 10 de Octubre de 1868, por obra y gracia de la justicia tomada a mano armada en el ingenio. Con Céspedes al frente, en muestra singular de patriotismo y cubanía, se tomó la decisión irreversible de no volver jamás a ser esclavos, ni de España ni del cuero del mayoral.
Comenzó así un largo camino de revolución, fracturado en etapas diferentes. Hasta hoy, en ejemplar continuidad, dan cuerpo a una misma idea: ganar primero y sostener después la independencia.
Fue en la guerra extendida por diez años cuando primero se combatió en Cuba por tener Patria y aunque no se logró entonces abolir la esclavitud del negro, ni la definitiva independencia, sí abrió la brecha por donde más tarde supimos alcanzarla.
Duras jornadas de sudor y sangre dejaron el machete como arma de combate y legaron símbolos en himno, bandera y escudo. En heroica pelea combatimos sin esperar por las armas. Se las arrebatamos al enemigo al precio de la vida y entendimos que no era el combate solo asunto de regiones, de centro y oriente. Debían llegar tea y tajos de machete al occidente cubano. No se llegó a avanzar más allá de Las Villas. Mas, Gómez y el Titán, en la guerra que preparó el Apóstol, se encargaron de atravesar la isla por su espina dorsal, hasta los profundos confines de Vueltabajo. Y pusieron a España al punto de la derrota.
En la guerra primera por ver a Cuba libre de yugos y ataduras, brilló la intransigencia de sus hombres más lúcidos y grandes. A la propuesta de dar por terminada la guerra ante la falta de recursos, decidió El Mayor continuarla, solo con la vergüenza de los cubanos. No renunció Céspedes a abandonar la contienda, a cambio de la vida de su hijo. El general Calixto García prefirió el suicidio digno a caer en manos enemigas. Salvó Maceo en Baraguá el honor de un pueblo, al no aceptar la rendición ni la paz del enemigo en El Zanjón, si con ella se iba en dirección contraria al sueño de hacer independiente a Cuba y libre a sus esclavos.
En la guerra grande, iniciada el 10 de Octubre, cuajó en realidad una idea: la unidad de un pueblo que aspira a la victoria, nunca ha de ser opción, sino deber, principio y condición. Fue aquella guerra el escenario geopolítico donde puso al descubierto el águila hostil y voraz, sus verdaderas intenciones de expansión y dominio sobre un país que hasta hoy no deja sin respuesta cada afrenta.
Y a propósito del triste empeño que del norte sopla todavía, pero ahora con más fuerza, obstinado y retorcido; no es ocioso recordar al agresor que para los cubanos siempre es 10 de Octubre, porque desde la hora gloriosa de la antorcha levantada, aprendimos a morir, pero también a matar por Cuba libre.
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