Jesús Orta Ruiz: «Hay que tomar cinceles»
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Jesús Orta Ruiz: «Hay que tomar cinceles»

La fuga del ángel

¿A dónde fuiste, ángel mío,

en tu última travesura?

Tal vez quiso tu ternura

mudarse para el rocío.

Te fuiste como en el río

un pétalo de alelí;

y has dejado tras de ti

una estela de cariño,

recuerdo que, como un niño

sin cuerpo, va junto a mí.

Eres, pues, un niño abstracto

y vienes cuando te invoco,

vida intocable que toco

en una ilusión del tacto.

Te veo vivo y exacto

andando a mi alrededor,

y escucho tu voz –rumor

como de ala que se aleja–:

¡qué zumbido sin abeja!

¡qué trino sin ruiseñor!

Es que estás, aunque no estás,

cual vuelo de mariposa

sin mariposa, cual rosa

de perfume nada más.

Te fuiste y conmigo vas,

aunque el mundo no te ve,

ni sabe como yo sé

que, diluido en la brisa,

aún vives, como sonrisa

sin boca, y paso sin pie.

Es todo lo que me queda

de ti: verdad sin verdad;

una como suavidad

de seda, pero sin seda;

aroma de rosaleda

sin más presencia que aroma;

donaire de la paloma,

pero no más que donaire;

niño pintado en el aire

hablándome sin idioma.

Una piedad de la muerte

hay en esto de mirarte

sin mirarte, y de palparte

sin palparte, ni tenerte;

pues evocarte, traerte

por la ruta de un clamor,

es endulzar el dolor

de la ausencia más glacial,

con un sabor de panal

que sólo fuera sabor.

(1955)

Obra

La vida nos da una piedra tosca

cuando entramos

en su taller difícil.

Hay que tomar cinceles

y cincelar sin tregua

hasta dar al pedrusco

la forma artística, perfecta.

Sucede que no siempre el escultor

logra el milagro,

pero es bastante gloria que la muerte

lo encuentre cincelando,

cincelando…

La misma estrella

                                      «polvo será, mas polvo enamorado»

                                                            Francisco de Quevedo

Cuando te miro sin tener mirada

no veo la que eres, sino aquella

que fuiste. Para mí, la misma estrella

que permanece como eternizada.

Por tu gracia de china dibujada

en porcelana, te seguí la huella

y se ha quedado en mí tu imagen bella

como si el tiempo no mellase nada.

Los de clara visión que les refleja

la realidad, pueden llamarte vieja;

pero a mí, que te vi rosa encendida

y hoy no te veo, me tocó la suerte

de perpetuar tu juventud florida

y andar enamorado hacia la muerte.

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