«El amor es mi tema»
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«El amor es mi tema»

«Trabajo diariamente, y si no estoy pintando, pienso hacerlo». Foto: Museo biblioteca Servando Cabrera Moreno

«Trabajo diariamente, y si no estoy pintando, pienso hacerlo». Foto: Museo biblioteca Servando Cabrera Moreno
Foto: Desconocido

Logró atravesar todas las pupilas de la Isla. Cuerpos, colores, transparencias… la obra de Servando Cabrera Moreno (La Habana, 28 de mayo de 1923 -30 de septiembre de 1981) integra ese patrimonio cultural que es de todos, porque todos lo reconocen, aunque quizá no puedan decir título, año, técnica… lo que les habla es la belleza, la conmoción.

A 45 años de su fallecimiento, el lazo con la identidad cubana sigue intacto. El artista supo ver esencias y pintarlas. «Los cubanos tienen una forma de moverse que los diferencia del resto del mundo. La manera en que se mueve una palmera, se retuerce un jagüey, es comparable al movimiento, andar o insinuar de cualquier parte del cuerpo de un cubano, aunque sea el dedo meñique de una mujer o un hombre. Esto puede ser para ellos mismos o para el disfrute y observación de los demás o para un intercambio entre ambos, en el cual se produce un acto de belleza que en Cuba tiene sus características propias».

Servando fue diestro para el arte desde pequeño y un alumno destacado de la Academia de Bellas Artes San Alejandro. No obstante, lo ya sabido y probado le resultó siempre insuficiente. En un encuentro realizado hace unos días en el museo biblioteca que lleva su nombre, la curadora y profesora Teresa Toranzo aseguró que su legado monumental, sin separarse de la tradición anterior de la pintura cubana, es diferente a ella, auténtico.

En ese conversatorio se recordó que los entendidos consideran a Cabrera Moreno entre los artistas de mayor mutación en su devenir: atravesó las etapas académica, abstraccionista, épica y de realismo social, expresionista y el ciclo erótico y homoerótico.

Él mismo la llamó una inquietud renovadora insaciable; por la cual Graziella Pogolotti lo catalogó como paseante solitario, y Antonia Eiriz, eslabón perdido: «Mi afán de encontrar, mi pasión por lo humano, se transforman a través de varias etapas, pero en el fondo siempre estoy yo bien alerta, con una íntima preocupación por ofrecer mi verdad».

Quien dijera «El amor es mi tema, lo fue y lo seguirá siendo; sin amor no puede concebirse», experimentó tragos amargos. Pero pese a su separación de las aulas o a la gran exposición retrospectiva que nunca fue, debido a su orientación sexual y el erotismo de algunas piezas, Servando continuó, tozudamente, en Cuba y en la febril creación.

«Todas las mañanas pinto; las tardes y noches dibujo. Trabajo diariamente, y si no estoy pintando, pienso hacerlo». Cuando su corazón le dio la primera señal de que fallaba, Servando redobló la actividad, quedaba poco tiempo para lo mucho por decir-pintar.

A los 58 años ocurrió el latido último. Detrás quedaba una obra profusa y por delante la sucesiva fascinación por todas sus obras, tanto aquellas donde late la influencia de la filmación de El Mégano (1955), como Sevilla, la admiración por Picasso, Girón, La Coubre, los líderes revolucionarios, los rostros de mujer…

Sin dudas, aunque no pueda resumirse en ello todo su trabajo, hay tal maestría en su reflejo del deseo, que lo convierte en referente ineludible. Para el crítico de arte y curador Gerardo Mosquera, «la pintura erótica de Cabrera Moreno es un gran canto polifónico al cuerpo humano».

En un consejo que diera a los jóvenes, se advierten algunas de las propias claves del creador: «Si van a ser pintores, que lo sean, y si van a ser artistas, que piensen mucho más seriamente; deben reflejar la sociedad en que viven, la época en que transcurre su existencia, plantear las cuestiones que les producen inquietudes, aquellas que hieren su sensibilidad».

Un diálogo entre sensibilidades, eso nos sigue proponiendo Servando Cabrera Moreno. Tal y como reflejó el escritor Ronel González Sánchez en una décima publicada hace unos días. La mirada de Servando: Entre el cubismo y la ruta / que conduce hacia lo abstracto / halló en los cuerpos el tacto / de una verdad impoluta. / Vivió en pertinaz disputa / con el color, y en la urgencia / de emular la transparencia / en que lo idéntico empalma, / logró desnudar el alma / de su vibrante existencia.

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