Con la vida escribió aquella carta Ernesto Che Guevara, en abril de 1965. No fue un documento frío, fue un pedazo de sí mismo puesto sobre el papel, era un hombre que se despedía, tal vez porque supo que su final era no regresar.
La carta, aparentemente estaba dirigida a Fidel Castro, pero en verdad los destinatarios fueron todos: su esposa, sus hijos, su pueblo, la historia. En ella, el Che renunciaba a sus cargos, a su condición de ministro, a su militancia y anunciaba su partida hacia otras tierras para continuar la lucha.
“… en donde quiera que me pare sentiré la responsabilidad de ser revolucionario Cubano, y como tal actuaré”, escribía con esa mezcla de solemnidad y sencillez que lo caracterizaba. No dejaba bienes materiales a sus hijos ni a su esposa. No pedía nada para ellos. “Me alegra que así sea”, confesaba, porque el Estado les daría lo suficiente para vivir y educarse. En esa frase cupo toda una lección: la de un padre que no dejó herencia material, pero dejó algo mucho más grande: el ejemplo, la coherencia. Dejó la certeza de que se puede vivir (y morir) por lo que uno cree.
“Tendría muchas cosas que decirte a ti y a nuestro pueblo, pero siento que son innecesarias”, continuaba el texto. “Las palabras no pueden expresar lo que yo quisiera, y no vale la pena emborronar cuartillas”. El Che no era hombre de discursos vacíos, prefería los hechos y su partida era, en sí misma, el hecho más elocuente. No se trataba de abandonar Cuba, sino de multiplicar la Revolución.
La carta fue leída por Fidel en una comparecencia televisada el tres de octubre de 1965. Esa noche, hace 61 años, Cuba entera supo que el Che se había ido. La conmoción fue profunda. Muchos no entendieron. Otros lloraron. Pero el gesto quedó grabado en la memoria colectiva como un acto de entrega absoluta. “Hasta la victoria siempre”, firmaba. “¡Patria o Muerte!”. Y luego: “Te abraza con todo fervor revolucionario, Che”.
Esas palabras finales se convirtieron en un símbolo. “Hasta la victoria siempre” dejó de ser una frase de despedida para transformarse en un saludo, en una consigna, en un compromiso. Por su parte “¡Patria o Muerte!” fue el grito que resumió la entrega total y el “Te abraza con todo fervor revolucionario” mostró al hombre detrás del mito: alguien que se despidió con un abrazo, con afecto, con calor humano, incluso, en medio de la tormenta que sabía que le esperaba.

En el devenir histórico cubano, esta carta alcanzó tamaña grandeza, incuestionable por demás, pues no solo marcó el final de una etapa en la Revolución Cubana, sino que se convirtió en un manifiesto del internacionalismo revolucionario.
En las décadas siguientes, fue leída en escuelas, reproducida en pancartas, citada en discursos. Se convirtió en un símbolo de la entrega total, del desprendimiento material, de la coherencia entre el pensamiento y la acción.
Pero también fue un documento humano, ya que en sus líneas se percibía la angustia de un padre que dejaba a sus hijos, la ternura contenida de un hombre que no quiso dramatizar, la firmeza de un revolucionario que sabía que su vida ya no le pertenecía.
Hoy, cuando se cumplen décadas de aquella despedida, la carta sigue interpelando. En un mundo donde la política suele medirse en encuestas y conveniencias, el texto del Che resuena como un recordatorio incómodo. ¿Se puede ser revolucionario sin sacrificio? ¿Se puede cambiar la historia sin renunciar a algo? El Che respondió con su vida y dejó en aquella carta la constancia escrita de que, para él, la Revolución no era un cargo, ni un privilegio, ni una pose, era una responsabilidad y como tal, actuó.



