Israel Rondón Mainegra ha tenido en una muchas vidas. Para Papito, como se le conoce en la ciudad de Trinidad, la experimentación es su hoja de ruta, el leitmotiv de su obra, su esencia misma.
Artista de la plástica, profesor, curador de arte, emprendedor… Cada faceta se erige en sustento espiritual de un hombre con una sensibilidad que no deslucen los años ni los tiempos difíciles.
En el espacio donde hoy vuelca toda su energía como creador conversamos durante varios minutos; fue una entrevista hermosa, una suerte de retrato de una etapa que marcó a varias generaciones de artistas en la ciudad y en Cuba.
“Soy fruto de la Casa de la Cultura. Mi hermana fue la persona que me llevó a ese lugar. No tenía ningún talento, ni era nada extraordinario, llegué allí a buscar algo que hacer, pero fue un encuentro genial con David, Carlos y otros excelentes instructores”, reconoce con nostalgia y gratitud.

La Escuela Elemental de Artes Plásticas consolidó su vocación. Sin dudas, los años dorados en la formación de numerosos artistas visuales en la tercera villa de Cuba.
“Ahí compartimos con profesores que vinieron a hacer su servicio social acá a Trinidad. Eran jóvenes en su mayoría con tremendas ganas de enseñar, una disciplina, una preparación increíbles. Dos etapas que considero la base de todo. Fue tan sólida que no tuvo superación”.
Luego, el pase de nivel para cursar de 1985 a 1989 la Escuela Nacional de Arte (ENA). “Años de encuentro”, los define Israel por el rigor académico y las vivencias.
“La ENA es un proyecto en el que confluyen todas las manifestaciones de las artes; en la medida que vas creciendo en tu especialidad, conoces y te relacionas con otras disciplinas. A eso se le suma el espacio Habana, con un ambiente cultural muy fuerte”.
Regresas a Trinidad lleno de sueños, de proyectos…
Me encanta la idea de hablar de ese tiempo porque es un espacio importantísimo donde trabajé en varios proyectos junto a Guillermo Dufay. Ambos participamos en los eventos más importantes de aquella época. Hablo del Salón de Arte Contemporáneo, la Bienal de La Habana, el premio de la Beca de Creación Antonia Eiriz, auspiciada por la Asociación Hermanos Saiz.
Fueron años muy enriquecedores porque compartíamos ideas conceptuales y técnicas. Trabajamos con diferentes materiales, algunos muy atrevidos como el azúcar, el pan, caramelos…
Participamos en varios eventos y exposiciones. Después, por cuestiones de la vida, cada uno desarrolló su carrera, pero el resultado de nuestro trabajo lo considero excelente.
Entonces la otrora Academia de Artes Oscar Fernández Morera te abre las puertas como profesor…
Una etapa intensa y maravillosa, en la que incursioné en otros materiales y técnicas, como la cinta de los casetes o la utilización de la perspectiva imposible.
Fueron los años en que también me sumé al trabajo comunitario en el Consejo Popular La Purísima. Recuerdo el proyecto Galeco, el proyecto Cordillera, con el grupo de Teatro de Los Elementos en Cumanayagua.
Y permanecí en la Academia hasta que cerró en 2014. Fueron 23 años de trabajo docente, donde no sé si fue más lo que aprendí que lo que enseñé; momentos inolvidables y muy difíciles también.
Hay muchas vivencias que dan la medida del valor que tuvo ese espacio; y para mí fueron años de aprendizaje, de formación, que los conservo como un tesoro personal.
Duele ver el estado en que se encuentra hoy un edificio de tanto valor patrimonial y artístico.
Son demasiados dolores juntos que no nos caben en el pecho. Hablo en nombre de toda una generación de artistas, de profesores y alumnos que le entregamos a la Academia nuestros mejores años. Es como la novia que se nos fue así, sin una explicación.

En esa etapa coincide tu viaje a África, que fue casi una revelación…
Estuve en Mali desde 2007 hasta el 2011, como parte de la brigada cultural cubana en ese país africano. Trabajé de profesor de Diseño y Cultura en el Conservatorio de Artes y Materias Multimedia Ballad Fasseyé Kouyate. Y es ahí donde ocurre, digamos, el encuentro con la tierra.
Pero en esa primera etapa no aparece como protagonista, sino como fondo de la obra. Hasta que, poco a poco, ella empieza a coger un permiso que yo no le di. Y de repente salta del fondo a la figura y se convierte en el centro de mis creaciones.
Es así como nace Tierranza
Tierranza tiene que ver con todos mis procesos creativos, el ladrillo vivo, el espacio natural, los proyectos comunitarios… La tierra había empujado demasiado.
Coincidió también la celebración en Trinidad del Seminario Iberoamericano de Construcción con tierra (SIACOT), en el 2019, y aproveché esa magnífica oportunidad de confluencia con prestigiosos académicos y arquitectos.
Primero se me ocurrió una exposición para mostrar las bondades de este material poco dignificado hasta que nació el proyecto el 30 de septiembre de 2024.
Es el resultado de mi base formación académica, de las relaciones interdisciplinarias, del contacto con otros artistas, del trabajo con elementos naturales. Eso es Tierranza, alianza homu, tierra, energía natural.
Un proyecto, sin dudas, muy abarcador…
Tiene tres líneas: la artística, la educativa y la comunitaria.
Primero, quise darle un valor artístico a la tierra; eso se ha logrado con el espacio de la galería en el Museo de Arqueología Guamuhaya. Aquí se mantiene un riguroso trabajo de curaduría que respeta y venera este noble material identificado muchas veces con la suciedad, incluso con la miseria.
La línea educativa es el resultado de mi etapa como profesor. Dialogar con los niños y adolescentes en los talleres de verano sobre las posibilidades de este material que nos permite dibujar, modelar y crear obras de arte ha sido maravilloso.
Y con la línea comunitaria me preparo para incursionar en la elaboración de materiales naturales empleados en la construcción, o sea, bloques de tierra comprimida y biopaneles, además de pigmentos naturales de pintura. Queremos darles mayor protagonismo a estas dos últimas áreas.
¿Todos los materiales que utilizas provienen de la tierra?
Son una bendición de Trinidad, recursos naturales repartidos por la ciudad y el valle, validados científicamente, que abundan y tiene muchos valores. Solo tienen el costo de localizarlos y prepararlos.
Sus posibilidades son infinitas. Puedes dibujar sobre lienzo, cartulina, sobre muros; trabajar diferentes técnicas, y tienen un alto grado de durabilidad y de resistencia. Ahí están los murales del Patio Béquer, la Botica Remedio, de la entrada a la ciudad, los bueyes en el sitio San Isidro de los Destiladeros…
Todo ello implica un proceso de investigación y de aprendizaje que avalaron tu incorporación a la Red Iberoamericana Proterra, ¿qué significa para Israel ser uno de los dos cubanos miembros de esta organización?
Desde febrero de este año soy parte de ella. Implica una responsabilidad enorme; la integran, en su mayoría, arquitectos e investigadores y somos muy pocos los artistas. Eso me permite darle un nivel científico a mi trabajo.
Ahora estoy experimentando con los bloques de tierra comprimida a partir de la mezcla con otros materiales como el bagazo, la ceniza, la cal, la tuna. La investigación y el intercambio con los especialistas de la Red son permanentes.

El proyecto trasciende lo artístico, y se erige como opción económica y viable…
Trabajamos con otros emprendedores para que estos materiales sean de calidad y que puedan ser utilizados en labores de construcción y la restauración.
Tuvimos la suerte de participar en un taller promovido por la Unesco enfocado en aceleración de iniciativas locales; recibimos indicaciones metodológicas muy actualizadas que nos han permitido ver el proyecto como un emprendimiento sobre la base de la sostenibilidad y el desarrollo económico para garantizar un producto de calidad y asequible a la población, sin dejar a un lado el valor artístico de lo que hago.
¿Cómo defines tu obra?
Lo que me define es la experimentación, el trabajo serio, apasionado; el trabajo que me haga sentir bien, que me dé satisfacción espiritual; con sus logros y sus errores; con detractores y con aplausos.

