Cuando la danza clásica llegó a Manzanillo
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Cuando la danza clásica llegó a Manzanillo

Foto OFICINA DE PATRIMONIO MANZANILLO

En 1944, la Sociedad Pro Arte Musical de Manzanillo decidió seguir el camino trazado por sus instituciones hermanas de La Habana y Santiago de Cuba: crear una escuela dedicada a la enseñanza de la danza clásica.

La ciudad distante de los grandes centros culturales del país, abrir un espacio para el ballet significaba apostar por la sensibilidad, la disciplina y el futuro. Simbolizaba, también, acercar a Manzanillo a una manifestación artística que hasta entonces parecía reservada para otros escenarios.

En enero de 1947, la sociedad contrató al maestro ruso Nicolai Yavorski, una figura fundamental en los orígenes del ballet cubano y quien había sido profesor de la joven Alicia Alonso. Su presencia otorgaba a aquel proyecto una sólida legitimidad y vinculaba a Manzanillo con la tradición que comenzaba a desarrollarse en el país.

Un mes después, el sábado primero de febrero, a las dos de la tarde, tuvo lugar el primer ensayo de la referida Escuela de Ballet, en el salón de baile de la Colonia Española, hoy Casa de cultura. Allí, entre barras, ejercicios y los primeros pasos, comenzaba una aventura que llevaría la danza clásica al corazón de la ciudad.

Durante su primera etapa, la academia estuvo bajo la conducción de Yavorski. Más tarde pasó a manos de la santiaguera Clara Elena Ramírez, discípula destacada de Yavorski. Con ella al frente, la institución alcanzó algunos de sus momentos más significativos.

El 30 de junio de 1952, las alumnas subieron por primera vez al escenario del Teatro Manzanillo. Aquella presentación fue mucho más que una función escolar. Era la confirmación pública de que la ciudad contaba con una institución capaz de mostrar el fruto de años de esfuerzo, disciplina y entrega.

Entre las jóvenes bailarinas apareció también un varón: Joaquín Banegas. Su presencia rompía, de alguna manera, con la imagen habitual de un ballet formado exclusivamente por niñas y jóvenes, y añadía una nota singular a la historia de aquella primera generación.

El plantel funcionó inicialmente en los altos del Instituto de Segunda Enseñanza. Después se trasladó al Colegio José María Heredia y, finalmente, quedó establecida en la Escuela del Hogar. Cada mudanza fue también una señal de su crecimiento y de la voluntad de sus promotores por encontrarle un espacio estable dentro de la vida cultural manzanillera.

En 1956 llegó uno de sus reconocimientos más importantes: la escuela fue incorporada a la Academia de Alicia Alonso. El 23 de  septiembre de ese año, Alicia y Fernando Alonso llegaron a la

Ciudad del golfo para inaugurar el nuevo curso. La visita representó un acontecimiento excepcional y confirmó la importancia que había alcanzado aquel esfuerzo iniciado casi una década antes en el salón de la Colonia Española.

De ese mismo período permanece otra imagen imborrable. El 26 de mayo de 1957, Fernando Alonso y Clara Elena Ramírez presidieron los exámenes finales de las alumnas en la Escuela del Hogar. Las jóvenes, seguramente nerviosas bajo la mirada de sus maestros, resumían en sus ejercicios el trabajo de una institución que había logrado sobrevivir, crecer y proyectarse.

Pero la historia de la escuela terminaría por quedar atrapada en circunstancias históricas mucho más grandes que ella. En 1958, las clases fueron suspendidas debido a la situación política y social que atravesaba el país. El 7 de febrero de 1959 recomenzaron las lecciones, como si la danza intentara recuperar su ritmo en medio de la incertidumbre.

En julio de ese año, el patronato anunció el final del curso y expresó su intención de reiniciarlo en septiembre. Sin embargo, los acontecimientos posteriores impidieron que el proyecto recuperara su estabilidad. En 1960, Clara Elena Ramírez emigró a República Dominicana.

Con la salida de quien había sido una figura esencial para la escuela, y en medio de las transformaciones de aquellos años, los esfuerzos por mantenerla terminaron por apagarse.

Desde aquel primer ensayo, hasta su desaparición, alrededor de 1960, transcurrieron apenas trece años. Fue un período breve, pero suficiente para dejar una huella profunda en la memoria cultural de Manzanillo.

A comienzos de la década del 2000, la promotora cultural Gladys León intentó rescatar aquel legado. Su iniciativa fue noble y necesaria, pero no contó con todo el apoyo que requería. Atrás quedaba la danza clásica que formó parte de la vida cotidiana de la ciudad.

Como parte de sus esencias culturales, la Compañía del Ballet Nacional de Cuba fue declarada Huésped Ilustre de esta ciudad, al iniciar la presentación en Granma, en marzo de 2022.Foto Luis Carlos Palacios Leyva. (Archivo)

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