En la escritura, María Alejandra Santovenia Sardón (La Habana, 1998) encuentra un territorio de libertad y de exploración. Ingeniera Industrial de formación, ha construido también una trayectoria literaria en la que convergen la narrativa, la poesía, la ciencia ficción y la fantasía, géneros desde los cuales ha comenzado a delinear una voz propia.
“Para mí escribir representa el espacio-tiempo donde puedo ser con libertad todas las multitudes que contengo”, afirma la autora a BOHEMIA. La frase funciona como una declaración de principios y, al mismo tiempo, como una puerta de entrada a una obra que transita por diferentes imaginarios y registros, entre lo fantástico, lo especulativo y la sensibilidad poética.
Su recorrido literario incluye el Primer Premio Encuentro Provincial de Talleres en la categoría de Narrativa Infanto-juvenil, 2021. En 2022 obtuvo el Premio en el Concurso de Relatos Breves por la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres y la publicación del cuento ganador en la antología digital El eco de las voces. Ese mismo año recibió una Mención en el Concurso de cuento de Ciencia Ficción Juventud Técnica 2022.
En 2023 obtuvo una Mención en el Concurso de Ciencia Ficción y Fantasía Oscar Hurtado, en las categorías de Poesía fantástica y Cuento de ciencia ficción. Sus cuentos y poemas han sido publicados en revistas nacionales e internacionales, como Qubit 94, Ariete, Margen de Luz, Ulrica y Korad.
La narrativa de Santovenia Sardón se inscribe así en una zona donde la imaginación permite interrogar la realidad y abrir otras posibilidades. En sus cuentos, lo cotidiano puede desplazarse hacia escenarios inesperados, mientras que la poesía amplía ese territorio mediante imágenes, atmósferas y asociaciones que exploran otras formas de mirar y nombrar el mundo.
La siguiente muestra reúne textos de su narrativa y su poesía, y permite acercarse a esa pluralidad que la propia autora reconoce como parte esencial de su impulso creativo: esas “multitudes” que encuentran en la escritura un espacio para existir con libertad.
Júpiter
Bestia de las profundidades
en asecho solitario
cubierta de humo,
sin espejos.
Me observas
cuando mi Trópico alcanza tu tormenta de sangre y diamantes,
pero no me ves.
Yo un soplo efímero de vida.
Tú, un monstruo
ciego a todo menos a tu grandeza.
Te observo cuando mi Trópico alcanza tu tormenta.
Me veo reflejada en tus espejos inexistentes
y lloro.
Pero no le tengo miedo a la bestia
porque nuestros mares son igual de oscuros,
nuestros diamantes igual de afilados,
nuestras soledades igual de inmensas.
Luna
Girocomo Selene,
como la bailarina eterna.
Siempre me mira con
los mismos ojos,
la misma sonrisa lunar
y siempre
mi rostro es contrario.
Sabe cosas que nadie
en momentos que nadie.
Me abraza con su resplandor
tanto cuando el cielo es un mar
como cuando es un vacío,
pero no me quema en la hoguera.
Me enseña a abrasar el fuego
y a sobrevivirlo.
Me enseña cuándo ser de luz
y cuándo ser de sombras.
Tierra
Siempre pensé que ella
envejecería conmigo,
no que moriríamos juntas.
Autocontrol
Observo desde una plataforma donde el humo metálico no bloquea la vista. Se acumulado debajo, entre las partículas de nuestros hogares.
―Te lo estoy diciendo mamá, ¡no sé por qué no quieres entenderme! El brazo se mueve solo.
Por encima de la cortina se erige el resto de la ciudad de máquinas. La neblina es como un peso para mantenernos con las cabezas gachas, la vista al suelo, los rostros cubiertos.
―Esa prótesis costó mucho dinero. Los hijos de tus hijos no terminarán de pagarla.
La ciudad entona una sinfonía de la que nunca me he sentido parte.
―¿Qué quieres hacer? ¡Dime! ¿Quieres otro brazo nuevo, distinto? Tenemos un catálogo de donde escoger.
El brazo prostético da un tirón, las coyunturas de los dedos se retuercen como si quisieran cerrarse alrededor de un cuello. Observo los dedos, pero no se mueven.
―¡Cállate de una vez! Si no vas a entenderme, entonces…entonces no hables más.
Respiro. El aire brota caliente detrás de mi máscara. Mis ojos arden con cada brisa que saca a bailar al humo metálico. Criaturas caminan a lo lejos. Se asemejan a mí, a mi madre, pero por dentro están huecas.
―¿Acaso quieres ser un mutilado, para que no puedas trabajar y mueras de hambre?
Existo. Soy un observador. Soy un centinela. Un indiferente. Y, a la vez, no soy nada. No máquina. No humano.
―A veces desearía haber muerto en el accidente.
Siento algo que se libera en mi brazo y se extiende más allá de su superficie. Percibo el cosquilleo de cables cercenados.
―¡No quiero oír esas palabras otra vez! Estás vivo porque yo te salvé.
Lloro. No me puedo deshacer del sentimiento de claustrofobias. Tomo el martillo que traigo conmigo y miro el brazo nuevo con desdén. Levanto la otra mano y doy el primer golpe.
―¿Qué estás haciendo, hijo? No me hagas daño.
Doy otro golpe, y un tercero y un cuarto. La mano del martillo tiembla. La otra duele. Duele más que el accidente. Duele más que el asesinato. He configurado su sensibilidad al máximo.
―Te lo dije. No soy yo, es el brazo. Se mueve solo. ¡No puedo controlarlo!
Los fragmentos de metal saltan contra mi rostro empapado con el llanto. Recuerdo la sangre como goterones de agua en lugar de mis lágrimas. El brazo se desintegra y solo queda un cableado esquelético.
―¡Para! ¡Para!
Los golpes no se detienen. Continúan hasta que ya no queda nada para martillar. Aprieto las junturas de mi hombro, desprendo el metal de la carne, los cables de las venas. Comienza a brotar la sangre, a hacerse un charco bajo mis zapatos. Los pies salpican el líquido, ahora mío, antes de mi madre.
Me dejo caer sobre la plataforma. La ropa se empapa. Me desprendo de la máscara, ya no la necesito. Aspiro las reminiscencias de las nubes metálicas y sangro toda mi humanidad.
La entrada Las multitudes de María Alejandra se publicó primero en Revista Bohemia.



