No basta con mirar al adulto mayor
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No basta con mirar al adulto mayor

En nuestro idioma, tanto ver como mirar se usan como sinónimos en el lenguaje cotidiano, porque ambas están relacionadas con la acción de percibir mediante la vista. Sin embargo, la Real Academia de la Lengua Española (RAE) señala que entre dichas palabras existen diferencias, según el contexto en que se utilicen. Es decir que la intención del hablante es lo que hace apropiado a uno u otro vocablo, para determinada situación.

Según la RAE la principal distinción es que:Ver: Es un acto básico y automático que ocurre cuando los ojos perciben objetos gracias a la luz. Esto no precisa ninguna intención o esfuerzo consciente por parte del sujeto. Es simplemente que algo entra en el campo visual.

Mirar: Implica una acción intencional, el sujeto dirige su vista de manera deliberada hacia algo.

Por tanto, la principal diferencia radica en la voluntariedad. Ver es una acción pasiva, mientras que mirar es activa.

La Psicología también asume la divergencia entre ver y mirar relacionada con los conceptos de percepción pasiva y activa. De este modo, para ver no se necesita de una acción consciente o deliberada, ni requiere esfuerzo cognitivo adicional. En cambio, mirar precisa de un procesamiento cognitivo más profundo, para enfocar la atención en ciertos estímulos, filtrando otros.

Cuba es un país cuya población presenta niveles de envejecimiento, cada vez más acentuados. Sin necesidad de recurrir a estadísticas, es esa una verdad de todos conocida. La disminución de los indicadores de natalidad; el paso de la pandemia que se cebó principalmente en personas mayores, por la existencia de comorbilidades; el aumento de los niveles de migración, sobre todo de personas jóvenes; son causas suficientemente debatidas. Es así que las personas que superan los 65 años constituyen una masa no despreciable de personas.

Una masa a la que no basta con ver, lo que ha sucedido hasta ahora, sino que hay que mirar. Mirar incluso con el corazón, pues no pocos de ellos se han echado al país sobre los hombros, estuvieron en cualquiera de las formas de lucha que derrocaron a Batista, alfabetizaron, participaron en las disímiles misiones internacionalistas en las que Cuba participó y han resistido de pie carencias y vicisitudes, provocadas por los vecinos del norte y por nuestras propias ineficiencias.

No mira a los adultos mayores, quien se gasta millones de pesos para construir un centro recreativo, cuyos asientos están diseñados para fracturar caderas, fémures y muñecas. Ni el que pone a cuidar la entrada del Banco Popular de Ahorro a la persona menos empática del colectivo. Tampoco el que diseña, fabrica, compra y pone bancos en los paseos y avenidas sin nada donde descansar la espalda. Valgan estos como ejemplos.

Las personas que han llegado a la senectud son dichosas. Han creado familias, son queridas en sus barrios, algunas son recordadas con respeto en sus antiguos centros de trabajo; a muchas, la extrema situación en que se desenvuelve la economía del país les ha impulsado a reincorporarse, aun cuando preferirían descansar. Por eso no es suficiente decirles: «abuelito», «mimi», «titi», «viejito», o cualquiera de esas palabritas, por más cariñosa que sea la intención.

Cada miembro de la sociedad debe mirar a los ancianos, a los suyos y a los que tiene cerca. El gobierno está obligado a mirar y a buscar qué más se puede hacer, pues no todo lo que se precisa tiene aparejado un gasto de recursos. A propósito del Día Internacional de las personas de edad, no desperdiciemos ni un solo minuto. A mirar a quienes han dado todo y aún esperan seguir sirviendo.

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