Se escuchaba la sirena antes de que se viera la ambulancia que la emitía, cruzó la puerta del hospital pediátrico Pepe Portilla a toda velocidad, paró en seco unos metros más allá; como en una coreografía, cientos de veces ensayada los que viajaban y quienes esperaban movieron la camilla en sincronía perfecta, sin pausa, cruzaron la puerta de la sala de terapia intensiva.

En los alrededores había muchas personas, acababa de concluir el acto por el centenario de la institución, que, por demás, coincide con el Día de la Pediatría Cubana, y como periodista esa era la razón de mi presencia, pero hay hechos que no caben en los diplomas, las flores ni las medallas; menos si como madre has viajado dentro de una ambulancia que pide vía porque cada minuto cuenta en el afán de salvarle la vida a una de tus hijas.
Han transcurrido 14 años desde que fui mamá acompañante dentro de esa sala de terapia intensiva, recuerdo las primeras conversaciones con los médicos, la forma en que evitaban mirarme a los ojos, sus palabras certeras, pero alejadas de ofrecer certezas y el terror sobrecogiéndome tras cada “hay que esperar…”

El conteo regresivo de las horas, la premura por vencer el tiempo, y a la vez, la serenidad; el enterarte de que tenías fuerzas desconocidas dentro de ti, tener a extraños cuidando de lo más valioso que posees y lo hacían con desvelo, conocimiento, dando simultáneamente apoyo, afecto…
A los 18 días cruzamos la puerta hacia la salida, con vida y esperanza, conscientes de que nos quedaban meses de visitas y reencuentros dentro de la institución, y así fue; quienes cruzan contigo la tormenta, se convierten en compañeros de viaje, y el recuerdo de ellos te acompaña.

En nuestra casa, en nuestra familia, no hay altares, pero sí tenemos en alta estima a médicos, enfermeras, técnicos, personal de servicio que nos cuidó en el momento que más frágiles y vulnerables fuimos, cuando tuvimos a una de nuestras hijas ante el umbral de la muerte.
Historias similares pueden contar miles de pinareños, lamentablemente no todas con finales felices, pero en el “Portilla”, se lucha a brazo partido con la muerte, más en tiempos de carencias materiales, porque la sabiduría no basta para obrar milagros.

No cabe en las palabras la gratitud de quienes llegamos a esa institución sumidos en llanto y desesperación y los vimos triunfar sobre la adversidad, entregándonos la mayor ofrenda: vida, por todas las veces que vencieron, e incluso las que perdieron, pero se entregaron en cuerpo y alma al combate: GRACIAS

Acerca del autor
Licenciada en Periodismo (1995 Universidad de Oriente). Trabajó como periodista en Tele Cristal (Holguín) hasta marzo del 2003, directora y guionista de televisión.
Periodista del semanario Guerrillero (Pinar del Río) desde mayo del 2003 hasta la actualidad, corresponsal del semanario Trabajadores en esa provincia desde septiembre del 2020.
Creadora audiovisual y cinematográfica independiente.


