Sobre este axioma del mundo antiguo indaga David Mendoza, de Artemisa
¿Es real que todos los caminos conducen a Roma? Usamos esta frase para explicar las múltiples vías existentes para alcanzar un mismo objetivo, pero ¿es cierta esta afirmación? La respuesta exige un recorrido exhaustivo a través de la cartografía moderna, los registros literarios medievales y la ambiciosa ingeniería del mundo clásico.
El kilómetro cero del mundo antiguo y el Milliarium Aureum
Para comprender el origen de este axioma, debemos viajar en el tiempo hasta el año 20 a.n.e. En pleno apogeo del Imperio romano, el emperador Augusto mandó a erigir en el mismísimo Foro de Roma un monumento conocido como el Milliarium Aureum (Miliario de Oro).
Esta columna de mármol revestida de bronce dorado funcionaba literalmente como el kilómetro cero del imperio. Desde allí se medían formalmente las distancias relativas de las calzadas que conectaban las provincias.
El imperio construyó una red colosal de carreteras pavimentadas que, en su máxima expansión, llegó a tejer cientos de miles de kilómetros de rutas interconectadas. Como señalan historiadores y analistas del urbanismo clásico, si un ciudadano se partía de Hispania, Britania o Asia Menor, y seguía con paciencia las rutas principales, la lógica geopolítica y militar dictaba que, tarde o temprano, terminaría pisando las puertas de la capital.
La ingeniería y el control estratégico detrás del mito
Los romanos no pavimentaban por capricho, sino por pura supervivencia estratégica, administrativa y comercial. Las calzadas respondían a un diseño radial pensado para el desplazamiento de las legiones con velocidad quirúrgica ante cualquier revuelta o amenaza exterior.
Este sistema contaba con estaciones de postas (cursus publicus) y guías de viaje escritas conocidas como itinerarios (por ejemplo, el célebre Itinerario Antonino), que enlistaban las rutas de pueblo en pueblo siempre teniendo a Roma como referencia cardinal. Sin embargo, los estudios arqueológicos e históricos recientes sobre las redes de transporte del mundo antiguo matizan la idea absoluta de que, aunque Roma era el centro neurálgico del poder político, los ingenieros romanos trazaban caminos rectos únicamente cuando la topografía lo permitía, adaptándose a los valles, costas y accidentes geográficos de cada región.
¿De dónde surge la frase?
Un dato, a menudo pasado por alto, es que la formulación exacta de la frase tal como la conocemos hoy no proviene de las fuentes clásicas de la antigua Roma, más bien de la Edad Media.
El registro escrito más antiguo del refrán aparece en el año 1175 de la mano del poeta y teólogo francés Alain de Lille (Alanus ab Insulis) en su obra Liber Parabolarum (Libro de los Proverbios), en el que plasmó el verso en latín medieval: Mille viae ducunt homines per saecula Romam (Mil caminos conducen al hombre por los siglos a Roma).
Dos siglos más tarde, en 1391, el escritor inglés Geoffrey Chaucer la adaptó por primera vez al inglés en su obra Tratado sobre el astrolabio (Treatise on the Astrolabe): Right as diverse pathes leden diverse folk the righte way to Rome (Así como diversos caminos conducen a diversas personas por el buen camino a Roma). En la Edad Media, esta persistencia del refrán cobraba un sentido profundamente espiritual y político: los peregrinos de toda Europa cruzaban el continente a través de intrincadas redes de caminos cuyo destino absoluto seguía siendo la sede papal.
Geografía moderna frente al refrán
Si le preguntamos hoy a la cartografía contemporánea, y a cualquier sistema de posicionamiento global, la afirmación se desploma. Si te encuentras en Ulán Bator, en Santiago de Chile o en Sídney y decides seguir las rutas locales o caminar en línea recta lo más probable es que cruzarás océanos, desiertos o cordilleras enteras sin ver jamás un cartel indicando la capital italiana. Las redes viales globales han descentralizado el planeta por completo y los caminos actuales conducen a millones de destinos diferentes.
Hoy en día, el refrán ha mutado por completo hacia la metáfora lingüística para recordarnos que existen múltiples vías para resolver un problema o alcanzar una meta. A pesar de ello, cada vez que lo pronunciamos, rendimos un homenaje involuntario a la red de comunicaciones más ambiciosa de la historia occidental.
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