Minas 30 sep.- En un rincón remoto de la campiña, donde la tierra se pinta de verde y dorado con cada cosecha, vive Yosvanis Padrón, un agricultor de 58 años que ha hecho de sus tierras un verdadero sinónimo de esfuerzo y dedicación.
Desde que tenía uso de razón, Yosvanis ha estado ligado a la agricultura, aprendiendo de sus padres la noble responsabilidad de cultivar la tierra con amor y respeto.
Cada mañana, al amanecer, se levanta con el primer canto del gallo. Con un sombrero que le protege del sol ardiente y unas botas bien ajustadas, se dirige al campo donde espera a sus fieles bueyes, que son tanto compañeros como herramientas en su labor diaria.
“Sin mis bueyes no podría hacer nada”, comenta con una sonrisa, mientras acaricia a sus animales que pronto lo acompañarán en el arado.
El campo de Yosvanis no es solo un simple terreno agrícola, es un espacio sagrado donde la naturaleza y el esfuerzo humano se entrelazan.
En sus tierras, cultiva maíz, frijoles y hortalizas, los cuales no solo alimentan a su familia, sino que también son el sustento muchos vecinos.
Yosvanis ha aprendido a trabajar la tierra de manera sostenible, utilizando técnicas tradicionales que ha adaptado y perfeccionado con el tiempo, combinando sabiduría ancestral con la experiencia adquirida durante años.
El proceso de cultivo no es sencillo. Con cada surco que ara, Yosvanis siente la conexión con sus antepasados, quienes también lucharon contra el clima y las plagas para obtener el fruto de su trabajo. “A veces, la lluvia se retrasa o aparece una plaga inesperada, pero siempre hay que tener fe en la tierra y en uno mismo”, reflexiona mientras muestra su campo en plena producción.
Las cosechas de Yosvanis han sido generosas en los últimos años. Las técnicas de rotación de cultivos y el uso de abonos orgánicos han incrementado la calidad y cantidad de sus productos.
Con orgullo, recoge el maíz fresco y los frijoles tiernos que lleva al mercado local, donde los conoce todos y tiene su clientela fiel. “La calidad se nota en el sabor”, afirma, mientras sus clientes elogian sus productos.
Además del trabajo duro, Yosvanis se ha convertido en un referente para otros campesinos. Les enseña sobre prácticas agrícolas sostenibles, enfatizando la importancia de cuidar la tierra. “Quiero que las nuevas generaciones comprendan que trabajar la tierra puede ser gratificante y que la agricultura no es solo un trabajo, sino una forma de vida”, dice con convicción.
La comunidad lo respeta no solo por su dedicación al cultivo, sino también por su espíritu altruista. Recientemente, Yosvanis donó una parte de su cosecha a un comedor comunitario, asegurando que las familias más necesitadas también tuvieran acceso a alimentos frescos y nutritivos. “La tierra nos da mucho, y es nuestro deber compartirlo”, sostiene, visiblemente emocionado.
Con cada día que pasa, Yosvanis reafirma su compromiso con la agricultura y su amor por la tierra. Sus bueyes son testigos de su esfuerzo, trabajando juntos en un ciclo virtuoso que une a la naturaleza y la comunidad.
En sus manos, cada semilla se transforma en esperanza, y cada cosecha se convierte en un motivo para seguir cultivando no solo la tierra, sino también los lazos humanos y el bienestar colectivo. (Texto y Foto: Cubasí)


