El prestigio del canalla
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El prestigio del canalla

Qué revela de una sociedad el hecho de que crecer parezca, cada vez más, a aprender a “defenderse” por encima de los otros?


Hay consejos que uno escucha antes casi de aprender las reglas de la jungla cotidiana. “No seas bobo”. “No te dejes coger de comem…”. Frases de cola, de familia, de oficina, de esquina. Expresiones que pasan de una generación a otra como si fueran parte del manual imprescindible para andar por la vida. Y algo tienen de verdad.

Nadie quiere terminar estafado, mangoneado o pasado por encima. El problema comienza cuando la defensa propia se convierte en licencia para atropellar antes de que alguien intente hacerlo contigo.

Así se forma, sin decreto ni ceremonia, una especie de prestigio del canalla. Ese que “se las sabe todas”. El capaz de conseguir lo necesario a costa de pisar a otro. Entonces, la viveza adquiere rango de cualidad; la consideración, apariencia de lujo reservado para ingenuos.

No siempre hablamos de grandes canalladas. Las pequeñas pasan casi inadvertidas. Una mentira conveniente. Un turno que se salta. Una mercancía apartada para revenderla después. Un favor cobrado con intereses… “Gestos” mínimos, aparentemente.

De esos detalles se compone la vida social. Cada uno parece poca cosa hasta descubrir el rastro que deja su repetición.

Con el tiempo, semejantes conductas se incorporan al paisaje: primero sorprenden, luego incomodan menos y, finalmente, terminan pareciendo parte del funcionamiento normal sin que apenas nos demos cuenta.

En Cuba tenemos una palabra que sirve para denominar cualquier salida: “resolver”. Y sí, puede ser una virtud. Lo ha sido muchas veces, incluso en favor de otros. ¡Que levante la mano quien ese “ingenio” no lo haya salvado alguna vez!

El asunto cambia cuando “resolver” exige conocer al indicado, pagar un extra, adelantarse al resto o aprender los códigos del privilegio. Surge un sistema cotidiano donde moverse mejor significa sacar ventaja frente a quienes todavía intentan hacer las cosas por la vía establecida. Me duele pensar que, entre tantos sinsabores diarios, la decencia empiece a ser rara, costosa o, incluso, suene a tontería.

Esperar el turno significa perder tiempo. Respetar una tarifa puede dejarte en desventaja frente a quien vende por fuera. Devolver algo encontrado puede despertar la mirada burlona de quien responde: “Eso lo hubiera cogido cualquiera”.

Cumplir una norma suscita la pregunta de por qué hacerlo si alrededor abundan las excepciones, y es una cuenta peligrosa. Llega un momento en que la brújula moral cambia de orientación: “¿Qué está bien?” cede terreno ante “¿Cómo resuelvo?”.

Cuando esas interrogantes ganan espacio, el menos escrupuloso suele partir con ventaja. Tampoco hace falta buscar ejemplos demasiado lejos.

Ahí está la guagua, con alguien intentando entrar por delante de quienes llevan media hora a la espera. La cola, interrumpida por el conocido que necesita “solo un momentico” o “hacer una preguntica”. La oficina, donde un trámite cambia de velocidad porque lleva el nombre de alguien conocido: “plan jaba”, le llamamos.

Lo curioso llega después. Nos quejamos de la falta de solidaridad y, al mismo tiempo, esperamos que cedan el asiento, ayuden con una gestión, expliquen un documento o acompañen durante una enfermedad… Buscamos una mano tendida justo cuando hace falta.

Mientras tanto, durante años hemos enseñado – o premiado- cierta admiración peligrosa: “Ese sí sabe”. “A ese no lo tumban”. “Tiene calle”.

Al decente, en cambio, le exigimos explicaciones, como si conservar ciertas reglas de convivencia fuera una señal de debilidad.

Recuerdo una frase de la poeta española Gloria Fuertes, pronunciada hace tiempo en un programa televisivo: “Solo me erotiza la gente buena”. Pues hay una fuerza que casi nunca hace ruido. Se encuentra en cuidar a un anciano, acompañar a una vecina, explicar por tercera vez, compartir lo poco disponible sin convertir el gesto en espectáculo. También en trabajar bien, aunque nadie mire.

Esa gente rara vez protagoniza las historias de éxito; hace algo menos rentable para el ego: sostiene.

Una sociedad puede sobrevivir algún tiempo gracias a los tramposos. Mas vivir exige gente capaz de sostenerla.

Tampoco se trata de andar por la vida regalando ventajas. La bondad sin criterio puede convertirse en terreno fértil para el aprovechado. La cuestión consiste en poner límites sin maltratar.

Siempre habrá “vivos”, pero si el abuso es sinónimo de carácter, y la decencia de bobería, quizá necesitemos recuperar otra idea de fortaleza para dejar de asombrarnos con la amabilidad.

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