Hegemonía y poder: lenguaje de política exterior
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Hegemonía y poder: lenguaje de política exterior

En el discurso ante la 81.ª Asamblea General, Donald Trump presentó a su país como una potencia dispuesta a utilizar todos los recursos para proteger sus intereses


La tribuna de Naciones Unidas volvió a convertirse, este 22 de septiembre, en escenario para una de las principales constantes de la política exterior de Donald Trump: la defensa del poder estadounidense, instrumento para imponer condiciones, resolver conflictos y proteger los intereses que Washington define estratégicos.

Durante su intervención, el presidente estadounidense pasó revista a los principales asuntos de su agenda internacional, aunque comenzó mirando hacia dentro. Habló de empleos, crecimiento económico, inmigración y criminalidad antes de trasladar su discurso a los conflictos que marcan la agenda mundial.

Irán: entre la amenaza y la negociación

Trump defendió ante la comunidad internacional la decisión de Estados Unidos de iniciar la guerra contra Teherán y justificó los ataques realizados durante los últimos meses como una respuesta necesaria ante la amenaza nuclear persa.

La cadena CNN había situado al país mesoriental como el principal asunto de la intervención presidencial. La guerra se acercaba a los siete meses sin señales claras de salida, mientras aumentaban las posibilidades de una nueva escalada militar. Precisamente en ese contexto, Trump planteó una disyuntiva contundente: alcanzar un acuerdo con Irán o “aniquilar” a la República Islámica.

Empero, el mensaje no fue únicamente sobre confrontación. Al mismo tiempo, sostuvo que existe una posibilidad de negociación y afirmó que espera que Teherán acepte un acuerdo después de las elecciones legislativas estadounidenses del próximo 3 de noviembre.

La combinación de amenaza y negociación constituye una de las claves de su discurso. La diplomacia no desaparece: aparece acompañada por la presión militar y económica. Trump se presenta dispuesto a negociar,  mas desde una posición en la que Estados Unidos conserva la capacidad de hacer escalar el conflicto.

El problema trasciende a Irán. La guerra ha alterado los mercados energéticos y mantiene bajo presión a aliados estadounidenses en la zona. Medios de prensa han señalado que la afirmación de Trump sobre la disponibilidad ilimitada de armamento estadounidense contrasta con advertencias de expertos y aliados acerca del desgaste de determinados arsenales.

De esta manera, la guerra que Trump presentó como una demostración de fuerza también expone los límites materiales de esa capacidad.

La mira en el hemisferio occidental

Venezuela es otro ejemplo de lo que el mandatario considera una nueva política estadounidense. Trump calificó las actuaciones de su administración como una victoria y advirtió de que EE.UU. no permitirá, incluso con el recurso de las armas, que amenazas contra sus intereses encuentren un punto de apoyo en el hemisferio occidental.

El lenguaje utilizado respecto a Cuba siguió la misma lógica. La calificó de “Estado fallido” y aseguró que el “comunismo nunca llegará a Estados Unidos”, entanto afirmó que “la libertad” llegará a Cuba. Durante la funesta intervención, los miembros de la delegación de Cuba abandonaron la sala, en claro rechazo a sus afirmaciones.

Miembros de la delegación cubana en la ONU abandonaron la sala, en claro rechazo a las afirmaciones de Trump sobre Cuba. /prensa-latina.cu

Desde la red social X, el canciller Bruno Rodríguez Parrilla respondió rechazando que Cuba sea “un Estado fallido” e insistió en que la nación es “plenamente independiente y soberana”. Además, caracterizó al bloqueo de “acto de genocidio y castigo colectivo”, y reafirmó: “Cuba es un país de paz y merece la paz”.

Este informe de Donald Trump formó parte de un discurso en el que su administración vincula seguridad, narcotráfico, gobiernos considerados adversarios y defensa de los intereses estadounidenses en el continente.

México fue incorporado a ese mismo relato. Trump presentó al país como un epicentro de la violencia asociada con los cárteles y defendió una política de máxima presión contra estas organizaciones. El argumento de la lucha contra las drogas adquiere así una dimensión que rebasa el problema criminal. Para el mandatario, los cárteles forman parte de una amenaza a la seguridad nacional y pueden ser tratados con herramientas similares a las utilizadas contra organizaciones terroristas. El hemisferio occidental aparece espacio prioritario de su política exterior.

Groenlandia: geografía y estrategia ártica

El presidente estadounidense llegó a la Asamblea General después de participar en la firma de un acuerdo con Dinamarca y Groenlandia destinado a reforzar la presencia militar de este país en el Ártico y el Atlántico Norte. La administración sostiene que se trata de una cuestión de seguridad frente a potenciales adversarios.

El episodio adquiere especial significado después de las reiteradas declaraciones de Trump sobre la importancia estratégica de Groenlandia y su interés inicial en adquirir el territorio.

Ucrania: la negociación entre las alternativas

En su discurso volvió a asegurar que conseguirá poner fin al conflicto entre Rusia y Ucrania. Dijo que trabajaba estrechamente con los dirigentes de uno y otro país, y pronosticó que el acuerdo llegará más rápido de lo que muchos creen.

El planteamiento contrasta con la posición adoptada frente a Irán. Al tiempo que en el conflicto del Oriente Medio reivindicó una intervención militar que Estados Unidos ya está ejecutando, en Ucrania se presentó como negociador. La diferencia muestra que la política exterior del mandatario no puede reducirse exclusivamente al empleo de la fuerza. La negociación continúa siendo una herramienta, si bien su discurso la sitúa dentro de una concepción de las relaciones internacionales centrada en la capacidad de Estados Unidos de imponer o modificar las condiciones del escenario global.

Superinteligencia y competencia tecnológica

La inteligencia artificial abrió otro frente en la intervención. Propuso sustituir oficialmente la denominación “inteligencia artificial” por “superinteligencia”, al considerar que la palabra “artificial” transmite una idea equivocada sobre las capacidades de esta tecnología.

Afirmó que Estados Unidos aventaja ampliamente a China y rechazó regulaciones que, a su juicio, puedan frenar el desarrollo tecnológico. China no aparece aquí de adversario militar, más bien como competidor en un terreno distinto: la tecnología, la economía y la capacidad de definir las reglas de una transformación que puede modificar la distribución mundial del poder.

Este énfasis en la “superinteligencia” y la competencia tecnológica forman parte de la misma lógica que sustenta el resto de su discurso: la idea de que Estados Unidos debe mantener la supremacía en todos los frentes –militar, económico, tecnológico– y así asegurar su posición hegemónica en el siglo XXI.

Cerca de 130 jefes de Estado y de gobierno asisten a la Semana de Alto Nivel del 81.ª período de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas. /news.un.org

Críticas a las organizaciones internacionales

Sin embargo, quizá la mayor paradoja de la jornada estuvo en la relación de Trump con la propia Naciones Unidas. Utilizó la principal tribuna del multilateralismo para cuestionar a las organizaciones internacionales, criticar lo que calificó de agenda globalista y defender una reducción de la burocracia y del gasto de la ONU.

También atacó al Tribunal Penal Internacional y pidió a los países miembros abandonar esa institución. Estados Unidos, sostuvo, no permitirá que sus militares sean sometidos a lo que tachó de procesos contra estadounidenses.

Trump acudió a Naciones Unidas para defender una concepción de las relaciones internacionales en la que la hegemonía estadounidense ocupa un lugar central y en la que las instituciones internacionales no deben establecer límites que Washington considere incompatibles con sus intereses. Por eso, más que preguntarse cuánto espacio dedicó a cada uno de los temas, conviene observar qué concepción del orden internacional emerge de su conjunto. La respuesta está en la propia fórmula escogida por el mandatario: actuar mientras otros hablan.

En esa visión, Estados Unidos se presenta como una potencia que puede recurrir a la fuerza militar, las sanciones, la presión económica, la negociación, la superioridad tecnológica o la amenaza, según las circunstancias y los intereses que considere en juego.

La ONU permanece de escenario de esa política, pero no necesariamente como su límite. Esa puede ser la cuestión de fondo que deja el discurso ante la 81.ª Asamblea General: no solamente qué conflictos pretende resolver Washington, sino qué lugar reserva a los demás Estados y a las instituciones internacionales dentro del orden mundial que su administración busca defender.

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