El pasado fin de semana viajé de Matanzas a Pinar del Río. Ya dentro de la provincia, una escena se repitió dos veces a lo largo del camino: grupos de personas en moto permanecían a un lado de la Autopista, esperaban. No parecían viajeros descansando, estaban allí por las carreras. Es fácil advertirlo cuando uno se encuentra con estas concentraciones: algunos observan atentamente la carretera, otros mantienen el celular preparado para grabar. Solo falta que alguien dé la señal.
Lo que vi no constituye un hecho aislado. Las carreras de motos se han convertido en una práctica cada vez más peligrosa en Cuba, especialmente entre los jóvenes. No se realizan en circuitos acondicionados ni en espacios cerrados, ocurren en calles y carreteras abiertas al tránsito, donde en cualquier momento puede aparecer un vehículo, un ciclista o un peatón. No hay condiciones de seguridad, jueces ni una ambulancia a la espera de cualquier emergencia. Hay motores, velocidad, gritos y, demasiadas veces, una vida que termina abruptamente.
Los ejemplos resultan dolorosos. Hace poco leí en internet sobre un joven de Santa Clara, el cual perdió la vida por participar en una de estas carreras, y sus amigos lo despidieron escoltando el ataúd en motocicletas. En Santiago de Cuba murió un padre joven en un accidente. En Manzanillo, dos muchachos se estrellaron contra un poste eléctrico; quienes se encontraban cerca aseguraron que competían contra otra moto, eso sin mencionar los casos de mi propio Pinar del Río que, en el último mes, ya he oído hablar de dos.
Y no se trata únicamente de sucesos aislados. Los accidentes de tránsito cobran vidas, y una parte importante de ellos involucra a motocicletas y peatones. La velocidad, las distracciones durante la conducción y el irrespeto al derecho de vía se encuentran entre las causas que aparecen con mayor frecuencia detrás de estos hechos. Las cifras oficiales vuelven a recordarlo cada vez que se publican y, lo más preocupante, es que el problema persiste.
Es sabido que en Pinar del Río fueron detectados grupos que utilizaban desde una antigua pista de aviación hasta tramos de Autopista y calles de diferentes repartos para organizar estas competencias.
Pero, ¿por qué ocurre esto? Una de las razones parece evidente: hoy existen muchas más motos en circulación que años atrás. Ante las crecientes dificultades para desplazarse por las ciudades, las motocicletas eléctricas o de combustión se convirtieron para numerosas familias en una alternativa de transporte cotidiano.
El resultado está a la vista: calles llenas de motos y muchas conducidas por jóvenes con poca experiencia o sin licencia y, por ende, una limitada percepción de los riesgos. A ello agreguemos dos factores que agravan todavía más el escenario: el aumento de conductores novatos y el deterioro de numerosas vías. Esa combinación se convierte, en segundos, en una tragedia.
Pero existe algo todavía más preocupante y es la insuficiente percepción del peligro. Se corre a plena luz del día como si se tratara de un juego. Conozco de repartos como el Raúl Sánchez que funge como punto de reunión y entrenamiento para algunos de estos jóvenes. Allí se encuentran, practican y posteriormente salen a las calles como si competir a altas velocidades formara parte de la normalidad. Lo hacen muchas veces sin protección, sin casco o, en el mejor de los casos, con cascos que no ofrecen las condiciones necesarias.
La comunidad tampoco puede quedar al margen de esta reflexión. Hay personas que observan, graban, aplauden y después comparten los videos en las redes sociales. Esa complicidad, aunque algunos la consideren inofensiva, estimula la práctica, porque quien corre, también encuentra motivación en un público que espera, celebra y convierte la carrera en espectáculo.
En tanto, la posibilidad de ser observado, comentado o admirado puede pesar más que la conciencia sobre las consecuencias de una caída, un choque o una decisión equivocada.
Las autoridades realizan operativos, pero evidentemente no son suficientes, no debe enfrentarse el problema solamente mediante activos policiales, pues lo que realmente está en juego es el valor que concedemos a la vida.
La muerte de un joven no puede reducirse a una cifra dentro de las estadísticas de accidentalidad. Detrás queda una madre que no volverá a ver entrar a su hijo por la puerta de la casa, un padre que posiblemente no encuentre palabras para explicar la pérdida, hermanos que crecerán con una ausencia permanente y amigos que tendrán que convivir con el recuerdo de quien ya no está, todos quedarán marcados para siempre por unos pocos segundos de velocidad.
Pero también queda la pregunta de cuánto pudo evitarse, por eso, la pretensión de este comentario es, ante todo, un llamado a la conciencia, a los jóvenes para que piensen en las consecuencias antes de acelerar; a los padres, para que conozcan qué hacen sus hijos; a la comunidad, para que deje de convertir estas carreras en espectáculo y pase de aplaudirlas a advertir sobre sus riesgos, y a todos, para que entendamos que ninguna competencia, ningún video, ningún “me gusta” y ninguna fama momentánea valen más que una vida.
La velocidad, por sí sola, no explica el problema, aquí, lo verdaderamente preocupante, es que algunos jóvenes pagan con su vida esas ganas de correr.

