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“Según me contaba mi abuela, cuando sus dueños estaban aquí, que no era siempre, esto se convertía en una fiesta. La gente de todo el batey venía a esperarlos y se paraban frente a la casona a escuchar música y verlos de lejos”, comentaba a este reportero L. Negrín, una señora de la localidad que, amablemente, aceptó acompañarlo por el recinto. A pesar del desgaste, evidente por todos lados, cualquiera que la visite hoy día percibe retazos de la opulencia de aquellos jardines que engalanaron desde 1910 en adelante, a la casa-vivienda del central azucarero Andreíta, rebautizado luego de 1960 como Mal Tiempo.
Exponente notorio de la arquitectura ecléctica dentro de las siete casonas representativas de la etapa republicana en este ámbito de la provincia de Cienfuegos, la amplia edificación de dos niveles fue construida con muros de ladrillos y cubierta horizontal, más un portal perimetral de sencillas pero hermosas molduras en frisos, techumbre interior de maderas preciosas, herrería en las barandas y luminarias en ambos extremos.
“Aquí había una bella glorieta y al lado una pérgola donde se enroscaban las plantas más diversas, y mira, todavía quedan algunas palmas reales de aquellos años. Era como la zona para el descanso, tomar el té o donde jugaran los niños”, afirmó luego la mujer en su rol de guía. A propósito, cinco años antes de levantado el inmueble, según narran en Ingenios, trapiches y centrales de Cienfuegos (2011) los autores Zoila L. Becali y Orlando S. Arias, nacería allí Eutimio Falla Bonet el 11 de marzo de 1905, heredero del acaudalado Laureano Falla Gutiérrez, quien junto a Nicolás Castaño Capetillo, comprara el ingenio Andreíta a los sucesores de otro gran magnate del siglo XIX, Lino Montalvo Rodríguez, desde que fuera transformado en central a partir de 1884.
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Borrosas memorias estiman haber visto alguna vez a Falla Bonet entre juegos y carreras de muchachito inquieto por aquellas jardineras y faroles, subiendo las escalerillas de una mansión que sus propietarios solo habitaban en ciertas temporadas. El jovenzuelo, como otros tantos de su estirpe, seguiría los pasos del padre ostentando el cargo de vicepresidente en compañías azucareras de Camagüey hasta el año 1955.
La ausencia de una rigurosa restauración posterior a los cambios económico-sociales de 1959 -más bien adiciones carentes de la más elemental estética, rompiendo con la valiosa imagen arquitectónica del local-,llevaron al caserón del “Andreíta” a correr la misma suerte que su homólogo, “el palacio arrabalero” en el batey Marta Abreu, otrora San Francisco, también construido en la comarca de Cruces en los albores del siglo XX. “Ojalá no lo perdamos totalmente y para siempre”, añadió con tristeza Negrín, mientras miraba el segundo nivel, invadido por plantas, raíces y cornisas desvencijadas.







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