Rita Longa fue una de las figuras más extraordinarias de la plástica cubana. No solo dominó con maestría el espacio tridimensional, sino que consiguió algo aún más profundo: modelar la memoria, los mitos y la identidad de un pueblo, convirtiendo sus monumentos públicos en un diálogo permanente con quienes los contemplan.
A propósito de un nuevo aniversario de su natalicio, la sección Bohemia Vieja invita a los lectores a reencontrarse con la vida y la obra de esta célebre escultora. El reportaje original, escrito por Azucena Plasencia e ilustrado con fotografías de Enrique Castro y Roberto Fernández, publicado en la edición número 53 de nuestra revista, el 30 de diciembre de 1977, abre una ventana íntima e invaluable al universo creativo de la artista.
Más que una pieza de crítica de arte, el texto constituye un testimonio vivo. En él, la propia Rita Longa —cigarrillo en mano, desde su emblemático taller colonial del Vedado— revela los secretos de su oficio y reflexiona sobre el peso de la responsabilidad que implica crear para la posteridad. Al recorrer estas páginas y detenernos en las imágenes de sus obras, redescubrimos a una creadora capaz de fundir el pasado aborigen, los mitos de la naturaleza y el heroísmo de su tiempo en una poderosa identidad visual.
Rita Longa demuestra que la escultura no pertenece únicamente al silencio de los museos: habita las calles, dialoga con el agua, se integra al paisaje y encuentra sentido en el pueblo que la inspira. Ese es, quizás, el mayor legado de su obra: mientras sus formas continúen habitando la geografía cubana, su conversación con el espectador jamás llegará a su fin.
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