La segunda vuelta de las elecciones en Perú se empantana: Keiko Fujimori aventaja por milésimas a Roberto Sánchez mientras la calle exige respetar el voto rural
Las elecciones peruanas han entrado en una fase de máxima tensión política tras el cierre del procesamiento de las actas al ciento por ciento por la Oficina Nacional de Procesos Electorales.
Lo que parecía una ventaja inicial para el candidato del progresismo, Roberto Sánchez, terminó por revertirse en el último tramo del recuento, dejando a la derechista Keiko Fujimori arriba por una diferencia mínima de apenas cuatro mil 209 votos.
En un país acostumbrado a dirimir sus presidencias por milésimas, el resultado final queda ahora condicionado a la resolución de más de mil 500 actas observadas que se encuentran bajo la lupa de los jurados electorales.
La respuesta del bloque de Juntos por el Perú ante este escenario fue intentar la nulidad de dos mil 400 mesas de sufragio donde la derecha obtuvo sus mayores caudillos de votos, especialmente en los centros de votación del extranjero en Estados Unidos, donde Fujimori acaparó más del 76 por ciento de los apoyos.
Sin embargo, la estrategia legal del progresismo se topó con el muro burocrático del Jurado Electoral Especial, que rechazó los recursos debido al impago de las astronómicas tasas electorales exigidas por la norma, que obligaban a desembolsar casi un millón de dólares para procesar las quejas.
Ante este bloqueo institucional, Sánchez tuvo que apelar a una campaña de colecta pública para intentar mantener viva la defensa de las actas en los despachos judiciales. A la par de este revés, la confrontación se trasladó con fuerza al asfalto de la capital.
Este fin de semana, una multitudinaria manifestación nacional copó las calles de Lima exigiendo el respeto al sufragio de las regiones del interior y de la sierra sur, bastiones históricos de la izquierda que denuncian un intento de asfixiar la voluntad popular.
La movilización concluyó sin disturbios mayores, pero dejó claras las líneas de reclamo político al enfocar sus consignas no solo contra la heredera del fujimorismo, sino contra las encuestadoras tradicionales y el propio embajador de Estados Unidos, Bernie Navarro, a quien diversos sectores señalan por una abierta injerencia en el proceso.
Cerrar este análisis con conclusiones definitivas sería pecar de ingenuos cuando las urnas andinas permanecen tibias y el escrutinio real sigue bajo fuego.
La brusca alteración en la tendencia, que terminó por arrebatarle el liderazgo a Sánchez tras casi una semana de ventaja sostenida, no necesitó de pruebas para encender la habitual histeria de la derecha transnacional.
Bastó un margen milimétrico para que el afinado coro del establishment corporativo —con el magnate Elon Musk repitiendo su conocido libreto de intromisión digital— saliera a agitar el fantasma del fraude.
Es la constatación de una regla no escrita en el tablero peruano y en la cual el poder real nunca permitirá la consolidación de un proyecto progresista. Y, si este lograra sortear el cerco actual para alzarse con la victoria, el guion del asedio institucional ya está redactado y correría, de seguro, la misma suerte de asfixia y destitución que sufrió el anterior presidente, aún encarcelado, Pedro Castillo.
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