Los demonios de Cuba: la profecía de Dostoyevski – CiberCuba
Portada

Los demonios de Cuba: la profecía de Dostoyevski – CiberCuba

Los demonios de Cuba: la profecía de Dostoyevski

Fidel y Raúl Castro, en el VI Congreso del PCC de 2011. © Ismael Francisco / Cubadebate
Fidel y Raúl Castro, en el VI Congreso del PCC de 2011. Foto © Ismael Francisco / Cubadebate

Cuando Fiódor Dostoyevski publicó «Los demonios» —también traducida como «Los endemoniados»— entre 1871 y 1872, faltaban aproximadamente 45 años para que los bolcheviques tomaran el poder en Rusia. Lenin era apenas un niño y Stalin no había nacido. Sin embargo, en aquellas páginas aparece, con extraordinaria anticipación, buena parte de la anatomía moral del totalitarismo que marcaría el siglo XX.

La novela nació en parte bajo la impresión causada por el caso real del revolucionario Serguéi Necháyev, cuyo círculo clandestino asesinó a uno de sus propios miembros. Dostoyevski convirtió aquel episodio en algo mucho mayor: una exploración del fanatismo político, la manipulación, la destrucción de los valores y la utilización del ser humano como simple material para construir una sociedad futura.

Por eso Los demonios puede leerse hoy desde Cuba con inquietante familiaridad. Piotr Verjovenski es probablemente la figura políticamente más aterradora de la novela. Manipula, conspira, fabrica enemigos, compromete a unos con otros y entiende que el miedo puede unir a una organización mejor que cualquier principio moral. No necesita que todos crean: necesita que todos estén comprometidos, vigilados y tengan miedo de abandonar el grupo.

Aquí aparece inmediatamente el paralelismo con el sistema creado por el castrocomunismo. No se trata de afirmar que Fidel Castro sea simplemente Stavrogin, que Raúl Castro sea Verjovenski o que cada personaje ruso tenga una réplica cubana. La comparación sería demasiado elemental. Fidel reúne rasgos de varios de ellos: el magnetismo de Stavrogin, la capacidad manipuladora de Verjovenski y, sobre todo, la pretensión de situar una idea histórica por encima del individuo. Raúl encarnó durante décadas otra dimensión indispensable del sistema: disciplina, estructura militar, vigilancia y continuidad.

Ernesto Guevara representó, a su vez, la dimensión romántica del revolucionario dispuesto a justificar la violencia en nombre de una humanidad futura. Y posteriormente surgió algo todavía más característico de los regímenes longevos: el funcionario. Ahí aparece Miguel Díaz-Canel, ya no como fundador épico de una revolución, sino como administrador de una estructura heredada.

Dostoyevski comprendió algo decisivo: el totalitarismo no comienza necesariamente con cárceles y pelotones de fusilamiento. Comienza cuando una idea promete ser tan perfecta que cualquier crimen cometido para realizarla puede terminar justificándose.

El personaje de Shigaliov lleva esa lógica hasta sus últimas consecuencias. Su proyecto pretende reorganizar completamente la sociedad y termina desembocando, paradójicamente, en una inmensa concentración del poder. Dostoyevski estaba atacando precisamente la pretensión de sacrificar la libertad real del hombre en nombre de una supuesta felicidad colectiva futura.

Cuba recorrió su propia versión de ese camino. Prometieron justicia e impusieron un régimen de partido único. Prometieron emancipación y llenaron al pueblo de cadenas. Prometieron igualdad y surgió una élite gobernante privilegiada. Prometieron entregar el poder al pueblo y el Estado terminó controlandolo todo. 

En 2026, Freedom House continúa clasificando a Cuba como un país “No Libre”, con 9 puntos sobre 100, y señala la prohibición efectiva del pluralismo político, las restricciones a los medios independientes y la represión de la disidencia. Prisoners Defenders contabilizaba al cierre de junio 1.306 prisioneros políticos y de conciencia. Y, sin embargo, quizá el misterio más inquietante no sea que exista el lobo.
El misterio es que todavía exista el rebaño.

Durante décadas el régimen cubano construyó mecanismos de obediencia extraordinariamente poderosos: miedo a perder el trabajo, miedo a la prisión, miedo al vecino que informa, miedo al expediente escolar de los hijos, miedo a decir públicamente lo que se comenta dentro del hogar. Pero algo está cambiando. Cubanos que durante años callaron protestan. Otros denuncian, graban al policía que antes nadie se atrevía a grabar, escriben en las redes aquello que durante décadas solo se susurraba. Cada ciudadano que vence el miedo abandona psicológicamente el rebaño antes incluso de enfrentarse políticamente al sistema.

Lo verdaderamente desconcertante es que algunos continúen dentro del rebaño incluso después de escapar físicamente de Cuba. Viven en Miami, Madrid, o cualquier otra sociedad democrática. Pueden criticar, organizar manifestaciones, fundar publicaciones, votar, viajar, enriquecerse, etc.  Disfrutan precisamente de aquellas libertades que el sistema cubano niega o restringe, pero algunos siguen defendiendo al régimen del que escaparon.

Es una de las grandes paradojas psicológicas de la servidumbre: la puerta de la jaula puede abrirse y, sin embargo, la jaula permanecer durante años dentro de la mente. Ahí reside quizá la actualidad más profunda de «Los demonios». Dostoyevski comprendió que los demonios políticos no viven solamente en los palacios gubernamentales. También pueden instalarse en las conciencias en forma de miedo que paraliza, fanatismo que lleva a cometer crímenes, mentiras repetidas hasta convertirse en costumbres, obediencia convertida en virtud y en la inercia que lleva al abismo.

Cuba necesita transformar mucho más que sus instituciones. Necesita expulsar esos demonios. Ningún lobo puede dominar eternamente a un rebaño cuando las víctimas descubren que nunca estuvieron destinadas a ser ovejas que marchan sumisas y gritan consignas a favor de quien las devora.

Estamos en un momento especialmente favorable para exorcizar demonios dentro y fuera de Cuba.

COMENTAR

Vídeos relacionados:

Archivado en:

Artículo de opinión: Las declaraciones y opiniones expresadas en este artículo son de exclusiva responsabilidad de su autor y no representan necesariamente el punto de vista de CiberCuba.

José Daniel Ferrer García

José Daniel Ferrer García

José Daniel Ferrer García (Palma Soriano, 1970). Coordinador de UNPACU y presidente del Partido del Pueblo.






¿Tienes algo que reportar?
Escribe a CiberCuba:

[email protected]

+1 786 3965 689


Este artículo ha sido generado o editado con la ayuda de inteligencia artificial. Ha sido revisado por un editor antes de su publicación.



Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *