El Sorín menos Sorín
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El Sorín menos Sorín

Imagen de El gato desaparece. Tomada de La Nación.

Imagen de El gato desaparece.
Foto: La Nación

No es la dama de la película de Hitchcock de 1938, sino un felino casero lo desaparecido por el argentino Carlos Sorín en el que constituye el exponente cinematográfico de su filmografía que, al menos quien escribe, no esperaba proviniese algún día del realizador de La película del rey, Historias mínimas, Bombón el perro, El camino de San Diego y La ventana.

El gran Sorín de los relatos de filigranas, entrañables juanes sin tierra del vientre de la Patagonia, actores no profesionales, canes, ancianos, ultrafanáticos maradonianos quienes viajan cientos de kilómetros con un pedazo de árbol que les recuerda al astro futbolístico, el Sorín catedrático de la «invisibilidad» se nos descuelga en El gato desaparece con un ejercicio fílmico de género; además, en escenario tan lejano para él como el de la burguesía.

Es este un thriller sicológico de suspenso en toda regla; muy cuidado en sus departamentos técnicos, si bien no exento de manquedades narrativas; de hecho, lógicas en cualquier advenedizo en las tierras de un trompo tan bailado.

No mencionaba de gratis al estratega inglés del suspenso al comienzo de la reseña. Resulta justo un mcguffin –acorde con el autor de Vértigo, un simple recurso o más bien pretexto meramente funcional al desarrollo del relato– lo empleado por el hoy día octogenario cineasta para poner en ignición la maquinaria de una trama cuya presunta polea dramática podría ser el minino del título.

Aunque nada que ver; nunca habrá gatito más mcguffiniano que el del bromista Carlos.

Mi admirado director latinoamericano se adentró en las socorridas y al día de hoy hiperexplotadas tierras del suspense. Debe reconocerse: camina bien durante un lapso del metraje; parece que va a coger el punto del climático género (sobre todo, merced a la conjunción de logradas atmósferas, aumento tensional y las composiciones de unos Luis Luque y Beatriz Spelzini quienes vuelcan su talento en los dos personajes centrales construidos icebergianamente según el entendido hemingwayano), pero su filme a la larga quebranta la esperanza.

Y lo hace al regalar, en parte del nudo y cierre, muchísimo menos de lo prometido y –nunca mejor dicho– dar un gato por liebre que, duele decirlo hablando de Sorín, pero innegablemente sabe a poco.

Realizadores argentinos como el finado Fabián Bielinsky, junto a Marcelo Piñeyro y Juan José Campanella, supieron o saben deslizarse con solvencia, e incluso notable habilidad, dentro de los parámetros de un cine de género industrial cuyo espejo de referencia originario ha de buscarse, por supuesto, bien al norte del Río de La Plata.

Y Sorín parece –de hecho, en cierto modo lo logra– que aprehenderá bien los recursos de la variante fílmica en la cual se encamina. Sin embargo, su película (la cual Apuntes de Cine rememora en el aniversario 15 de su estreno) no pasa de simple muñón del puñetazo fílmico que pudo ser, también en cuanto a su conexión del tema de la locura y el séptimo arte en tanto uno de sus subtextos.

El largometraje no supera la categoría arriba citada porque, más allá de que estemos frente a una pieza de cámara, de construcción, de guion y personajes, ello no la exime de la languidez del material dramático utilizado –si se repara en la riqueza potencial de lo posible a manejar aquí, si soslayamos la pueril premisa–; ni tampoco de la exigua densidad narrativa que da lugar a la resignificación del relato luego del twist o vuelta de timón final.

A tal altura, entonces, a uno no le queda más remedio que preguntarse: ¿y esto era todo? Pero, además, olvidándonos del obvio juego de trampas/evasión de elementos consustancial al género, Sorín comete el flagrante error de sustraer una información clave que propenda a la mejor cristalización de dicha clausura.

Queda de sedimento, pues, un suspenso bastante ligero para los mejores estándares. Aunque, pese a todo, vale la pena verlo.

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