
Foto: Eduardo Mojicas
No es posible hablar de la flauta cubana sin que, no solo al pensamiento, sino también al corazón, llegue el nombre de Eduardo Richard Egües Martínez –Richard Egües, para todos– acompañado de aquella melodía con cuño propio, que vive en la historia de nuestra música, y que tantas veces nos hizo preguntarnos cómo era posible hacerla brotar del instrumento con el que hizo una dupla indisoluble.
(…) los orishas oscilaban tranquilos alrededor / de los dedos / los dedos de la mano derecha disminuían el ritmo / lentamente / el esperado trae su flauta / todos pedíamos su presencia alrededor de la mesa / caoba / el oro del hogar se derrumbó sobre sus hombros / misteriosamente / maravilloso estar entre nosotros Richard, con esa flauta sola.
Desde la lírica de una muy joven Nancy Morejón, así era visto el singular músico, nacido en Cruces, el 26 de octubre de 1923. Los versos, como sabrá el lector, cierran el célebre poema Richard trajo su flauta, que contemplaba el poemario Richard trajo su flauta y otros argumentos, el cual recibía, hace ya 60 años, una mención en el Concurso de Poesía de la Uneac, de 1966.
Junto a la leyenda que era ya Egües, nacían también unos versos que desde entonces lo acompañan y recurren con frecuencia a quienes lo evocan por algún motivo. Muchos autores con ese propósito, juegan con el sugestivo título, y combinan esos dos sustantivos que, unidos, constituyen en sí un «concepto» que apunta hacia el goce y la belleza.
Al cumplirse 101 años del natalicio de Egües, la propia Nancy escribió en estas páginas que a propósito del ya pasado centenario, «el azar concurrente y la buena memoria de sus admiradores en la Isla, el continente y el mundo entero» habían hecho posible volver «sobre sus huellas y sus indiscutibles clásicos, como lo es el universalmente conocido chachachá El bodeguero».
Del antológico tema decía que, «viejo tesoro del imaginario popular de los cubanos en el siglo xx, esa pieza marcó un hito en la preferencia y (…) en nuestra memoria colectiva».
Concluía Nancy su evocación, fuera de la exactitud de aniversarios cerrados –cuando se cumplían «sus primeros cien años… y uno más»–, asegurando que estábamos todos juntos «para silbar aquellos compases inolvidables y, de paso, pagarle a Richard la inmensa deuda de estar entre nosotros».
Este 1ro. de septiembre se cumplieron 20 años de su fallecimiento. Autor de chachachás tales como El trago, La cantina y El bombón cha, entre muchos otros, su talento lo catapultó hacia los sitiales de nuestro patrimonio musical.
Junto al también maestro Rafael Lay, la Orquesta Aragón conquistó su propio sello, alcanzado, en gran medida, por sus improvisaciones en la flauta, capaces de imantar admirablemente a su público.
De él ha dicho el flautista y compositor José Loyola: «Fue el maestro de la flauta charanguera y del estilo de orquestación que caracteriza a este tipo de agrupación. Mi padre, Efraín, ocupó antes que él la plaza en la orquesta, al igual que Rolando Lozano. Richard asimiló ese legado y lo proyectó con una inteligencia musical indiscutible».
A 20 años de su deceso, se le recuerda como aquel músico que supo arrancar a su inseparable instrumento la creatividad propia de un genio.

