Fuegos y estertores, estertores y fuegos
La Jiribilla Portada

Fuegos y estertores, estertores y fuegos

La prueba de que “un libro es una jerarquía de momentos” [1] podemos encontrarla si leemos atentamente el cuaderno Un transeúnte cualquiera, [2] de la autoría de Domingo Alfonso, y publicado en el 2008 por su autor junto a una antología de toda su obra poética anterior. Mi acercamiento obedece a una razón preclara: estudiar sus nuevos libros en sus singulares esencias, ya despegados de esa costumbre que tenía el autor de integrarlos a esa ola de humanismo, erótica y cotidianidad en que se constituye su obra. Aquí aparecen con bastante frecuencia poemas que son recuentos de su vida, entrelazando puntos sobresalientes de ella, ya sean protagonizados por el dolor o por el amor:

“Informe personal” [3]

Estoy manando sangre:
En mis sienes, tela de araña
Mis padres y vecinos asustados
Entonces no había visto
          El crucifijo de madera negro
         Sobre el vientre de Lezama Lima –
         Voy subiendo la escalinata
         Del Alma Máter (1954):
         Sólo después, menos de siete años
         debo conocer
         A una joven llamada Marta Nélida
         Allí, en la playa:
         los botes de pesca halados con soga
         Las jóvenes desnudas entran y salen del agua
         (es la costa del Golfo de Guinea)
        
Mucho antes, en esta ciudad
         Se fue abriendo mi mejor flor a este mundo
         Libros y poemas me pueden enriquecer
         Dan luz al universo que habito
         (Una sierpe cruza ante mi vista
         Otra mayor, negrísima, hace erizar mi piel)
        
Saliendo a toda prisa de mi escuela
         Un niño, con once años –
         Atropellado por un camión, mi cabeza
         A solo un pie de la rueda trasera:
         Ahora después, un anciano
         Agradezco los dones que Dios
         Derramó sobre mi vida humilde.

(p. 235–236)

“En este libro predominan los recuentos poéticos, instantes de toda una vida trasmutados en momentos que impregnan objetos, donde la memoria, a manera de chispazos, retiene los sucesos sutiles, inverosímiles y trascendentes”.

Es el recuento de su vida a saltos elevando sucesos tremendos o significativos, atravesando instantes de su vida como en un sueño entre fuegos y estertores, y estertores y fuegos, donde siempre subraya que es un hombre común, como en sus otros libros y como designa su poética. Son casi siempre recuentos de vida en arcos que palpan a la muerte, evocaciones bordeadas por su halo:

“Nombrar las cosas”

Cuando dices la palabra álamo
no puedo pensar en una fiera con pelaje negro
abriendo las fauces de esta noche sin luces
La palabra padre, en inglés father, en francés pére
Al escuchar decirnos: te amo
se abren las llaves del territorio de los ángeles
Detrás aparecen niños, pelotas y flores,
un techo debajo del cual nuestra madre rebana el pan,
una mesa y en su centro la jarra de vino:
Llama roja calentando la habitación.

Al término del camino las
lágrimas de la muerte.

(p. 284)

En este libro predominan los recuentos poéticos, instantes de toda una vida trasmutados en momentos que impregnan objetos, donde la memoria, a manera de chispazos, retiene los sucesos sutiles, inverosímiles y trascendentes:

“Autobiografía en veintidós renglones”

Alguien machaca mastuerzo sobre las suelas de mis
caminos
¿Será el ángel figura de mujer ofreciéndome tutela?
No puedo verter ámbar en vuestra copa de vino
verde
El cuerpo amarillo de tía, inmóvil, minutos antes de morir
La poca luz de lejanas bombillas iluminando desiertos
andenes
Cárcel cuyos barrotes tenían diez dedos aferrados, llenos
de angustia
Kioscos donde crueles payasos asomaban sus caras
pintadas
Caderas de la muchacha del pantalón a rayas: Princesa
de verdad
Muslos calientes, medias tibias y este bloomer
quemándome los dedos
¿Quién puede contestar preguntas cuyas respuestas nadie
conoce?
Excusados ahítos de excremento, papeles sucios, paredes
húmedas sin azulejos
Intento hablar y no me pueden oír, Señora: ¿Murió esta
vida?
Dos manos mueven mi verga bajo una mesa, mientras
tomo cerveza
Seres en el oficio de tejer con palabras enredaderas que son
imágenes
Humilde piedra agujereada, blanca y triste, cuando tu niñez
Chispas de candela hacia el atardecer, en torno al viejo
soldador
El alma llena de sangre del hombre despedazado
por el ómnibus inglés
Aquel jovencito negro rodeado de libros, leyendo páginas
de Nietzsche
Los árboles, los ríos y las colinas danzan huyendo del tren
Arcos: ¿recuerdas el último verso escrito por Shakespeare?
La anciana de cabellera ceniza, entre nieblas,
en la madrugada
Soy yo trazando estos renglones, pero pienso en la muerte.

(p. 262)

En el cuaderno aparece un retrato del poeta a través del tiempo. Imágenes: Tomadas de Pixabay

O su paso por lugares de renombre en el mundo. Aquí, ateniéndose a uno de los exergos del libro: Un passant parmi d’ autres de Jacques Réda, nombra al mismo jerarquizando su condición de ser un transeúnte más que mira la existencia y da sus claves sobre ella. [4] En el cuaderno puede aparecer el amor con un detalle lírico o romántico, o un retrato del poeta a través del tiempo, lo que se constituye en parte del recuento, resumen o balance reciente de su vida, donde ofrece una visión del poeta que es, su idea del escritor vapuleado por la existencia en el drama de no ser reconocido en su justo valor:

“Varios pateaban mi corazón
Quizás sin yo siquiera saberlo.”
[…]
“Sin dinero ni poder; acaso con algún amigo
No es mucha el agua para vivir todavía

Artista he sido, intérprete de mi propia existencia.”
“Viejo” (p. 238).
“¿Qué decir del ruido de los aplausos?
¿Las coronas de laurel en vida?”
“Un transeúnte cualquiera” (p. 242).

Los valores de tal oficio también son reconocidos: “Libros y poemas me pueden enriquecer / Dan luz al universo que habito.” “Informe personal” (p. 235). Y puede encontrarse hasta un poema de poética donde además de constituirse en recuento de una vida, busca la belleza, lo imposible, acaso la poesía, adoptando un tono de alegoría o leyenda. Véase el poema “Niña con alcuza azul” (p. 274).

“Las experiencias de la niñez han sido claves en materia de poesía. Lograr alcanzarlo y tocarlo equivale a meter la mano al nido y percatarse de que algo comienza a romper el cascarón dentro de su cabeza.” [5] Así lo vivencia Domingo en su poema “Matadero”, lleno de evocaciones y visiones de hechos que calcinaron su impresión de niño, donde confunde el miedo y el asombro. Consúltese el poema “Matadero” (p. 241).

El erotismo es una temática central en la poética de este autor.

En todos los recuentos de vida que predominan en este libro el poeta reconoce una vez más que halla placer en los sucesos pequeños de la vida, y que son para todos, donde parte de escuetos retratos como en el poema “Viejo”.[6] El retrato es la modalidad que Domingo cultiva con acierto desde sus primeros libros, en los que puede referir las particularidades de un bombillo [7] o de un vaso de cristal, como en este libro. Algunos pueden tener referencias sexuales o eróticas, temática que también es central en la poética del autor: el amor y el placer sexual como centro y eclosión del universo. Léanse los poemas “Hombre inclinado” (p. 246), “La muchacha que juega al billar” (p. 247) o “El mayor homenaje”, donde lo cotidiano y hasta circunstancial es visto como trascendente en una estampa de sexo, porque el sexo y el amor son para el poeta eclosión y suma de todos los placeres:

El mayor homenaje
que recibieron las nalgas de Matilde Ramírez
fue el de ser penetradas
una tarde del año 1973
(Sus blancas carnes brutalmente abiertas
Por unas manos oscuras)
Estrecha habitación, humo de cigarro;
(también de atmósfera opresiva:
El fuego infernal típico de agosto
En esta isla endemoniada)
Y para colmo
las propias manos de Matilde
haciendo su labor:
Dirigir la verga caliente
hacia un rosado y estrecho agujero
(Con lágrimas de placer).
(p. 254)

Estos poemas son recuentos poéticos de vida que palpan a la muerte, son retratos eróticos o cuadros que destacan más que nada el decursar del tiempo sobre una existencia donde los objetos, al decir de López Colomé sobre Heaney, las personas, los sitios que aparecen encarnan maravilla, inscritos en su propia aniquilación, y su idea de la poesía se afirma en los hechos, alumbrados estos por las propias vivencias en reclusión. [8]


Referencias:

[1] Cesare Pavese. El oficio de vivir. El oficio de poeta. Editorial Bruguera, Barcelona, 1979, p. 13.

[2] Domingo Alfonso. El libro principal y Un transeúnte cualquiera. Ediciones Unión, La Habana, 2008.

[3] Los poemas se citan de Vida y muerte, Antología de la poesía de Domingo Alfonso, Ediciones Unión, La Habana, 2017.

[4] El poema de Dylan Thomas que también escoge como exergo refleja su amor a la poesía y su apego a la vida común:

En mi oficio o arte sombrío

Ejercido en la noche quieta

Cuando solo la luna se enfurece

Y los amantes yacen en el lecho.

[…]

Trabajo a la luz del canto

No por ambición ni por el pan

[….]

Sino por la paga común

De su corazón más secreto.

[5] Pura López Colomé. “A la altura de sí mismo” en Seamus Heaney. Obra reunida, Trilce Ediciones, México, 2015, p. 9.

[6] Véase el poema “Un transeúnte cualquiera”, p. 242.

[7] Véase su antologable “Poema pop 1967”.

[8] Aurelio Major. “Sobre la poesía de Basil Bunting.” Basil Bunting. Briggflatts y otros poemas, Editorial Lumen, Barcelona, 2004, p. 12.

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