La decisión estaba tomada: habría boda. Llevaban suficiente tiempo viviendo juntos, conocían los lados placenteros y las flaquezas de cada uno, esperaban amarse –y soportarse– en las buenas y en las malas por el resto de sus días.
Comenzaron las deliberaciones: ¿la ceremonia se haría en un palacio de los matrimonios o en una notaría? Fernando y Mirta (los nombres son supuestos, la historia es real) descartaron la primera opción por costosa, implicaba trajes, mayor cantidad de invitados, fiestas, fanfarria. Los modestos servicios notariales se avenían mejor con las posibilidades de los contrayentes. Además, ambos eran divorciados, ya habían disfrutado su momento de gloria bajo el foco de fotógrafos profesionales y los puñados de arroz. Asimismo, la elección de cuál notaría se rigió por criterios prácticos:
–La de la calle 23, frente al Coppelia, es demasiado concurrida, tendríamos que hacer cola –comentó él.
–Tienes razón, necesitamos un lugar pequeño y tranquilo –aprobó la futura desposada.
¡Oh, aquella época en que al solicitar la celebración de un enlace matrimonial los novios recibían un paquete de ofertas! Este incluía el alquiler de un auto y del vestuario, la adquisición de cervezas, cake, panes; la reservación en un hotel confortable; la compra de artículos para el hogar, en la tienda Fin de Siglo. Todo a precios asequibles; la familia y los amigos ayudaban si era preciso. Se dice y no se cree, pensaron al unísono. No tuvieron que expresarlo mediante palabras. Se entendieron con la mirada.
Ella habló por los dos:
–Ocupémonos de lo esencial. Vamos con los testigos, firmamos, compramos…
El hombre aguantó la respiración.
–Solo un cake. El chiquito. Cuesta 1500 pesos –suplicó Mirta.
Nada más 1500, la tercera parte del salario mensual. ¡Qué remedio! Bienvenido el sacrificio.
Pocas jornadas después fueron a la notaría. Según lo previsto, solo una persona aguardaba allí. La recepcionista los atendió con prontitud y amabilidad. E igual de rápido los recibió el notario, afable a pesar del calor en el minúsculo y claustrofóbico cubículo (al parecer sin ventanas) donde milagrosamente cabían dos mesas y las dos butacas destinadas a los clientes.
Entregaron los datos requeridos y acordaron realizar el casamiento el miércoles siguiente, a las 10:00 de la mañana. Faltaba una indicación del funcionario:
–Este es mi teléfono. Pueden llamarme el lunes. Ese día ya la Unión Eléctrica habrá dado a conocer la programación semanal de los apagones. Si se va la corriente no es posible efectuar la ceremonia, pues no podría imprimirse el documento correspondiente. A veces –sonrió tranquilizador–, aunque esté previsto, no la quitan.
Asintieron. Ya en la acera, a pesar de sus 40 años optaron por comportarse como adolescentes: la mala suerte era asunto de otros, a ellos no les iba a tocar.
Dedicaron el sábado a escoger y dejar lista la ropa apropiada; también a encargar el añorado cake. Probaron, sin éxito, cerca de su domicilio.
–Vengan el martes por la tarde –les dijeron finalmente en una dulcería situada a algunas cuadras.
Luego la pareja llamó a los hermanos de la novia para invitarlos y porque estos tenían un vecino, dueño de un automóvil, quien les cobraría menos de lo habitual. Alegría, felicitaciones; por supuesto, ellos se encargarían de hablar con el chofer.
Llegó el lunes. Mientras buscaba en Internet el plan de cortes eléctricos, Mirta sentía latir su corazón de modo similar a cuando décadas atrás revisara en el mural del preuniversitario las carreras de nivel superior otorgadas. Apareció la información. El bloque tres caería en apagón el miércoles de marras, a partir de las 10:00 a.m. Prosiguió la pesquisa: ¿cuáles zonas pertenecían a ese bloque? Se detuvo en el nombre del municipio y cruzó los dedos. Continuó leyendo: Desde… hasta… Desde… hasta… En el penúltimo de los cuadrantes se hallaba la notaría. De inmediato telefoneó al abogado.
–Sí, lo siento. Las opciones son cambiar la fecha –ofreció el joven, alentador– o arriesgarse a venir…
–¿Y si adelantamos la hora?
–Eso no es posible porque…
–Tal vez usted pudiera –lo interrumpió– imprimir el acta antes.
–No sin mostrarla primero a los contrayentes, por si existe algún error.
–O sea –no iba a rendirse– si la revisamos hoy, por ejemplo…
–De acuerdo, los espero al mediodía.
Ella hizo la segunda llamada de la jornada. Fernando le respondió: andaba en medio de una reunión, debía acabar alrededor de las 12:00.
A las 2:00 p.m. el documento estuvo listo. Salvo que ocurriera un cataclismo, se efectuaría el matrimonio. Cayendo la tarde, sonó el móvil de Mirta.
–Hay un problema –era su cuñada–, el taxista tiene otra carrera el miércoles.
Por su mente cruzó la idea de olvidarse del transporte e ir a pie –ni soñar con atrapar temprano un almendrón o una guagua en el sitio donde residía–; mas, ¡andar casi cuatro kilómetros en pleno verano!, llegarían agotados, sudorosos.
Consultó el saldo de su tarjeta de cobro. Los grandes contratiempos precisan de soluciones atrevidas. Le pidió a un colega del trabajo el contacto de una agencia de taxis, eficiente, pero cara. En cinco minutos la dificultad desapareció. Fernando aceptó el hecho consumado; dejó claro, no obstante, que no afrontarían ningún otro gasto.
El martes, cuando cesó la corriente a las 11:00 am, la mujer sintió alivio. A las 4:00 pm ya la habrían reconectado y el cake se conservaría fresco dentro del refrigerador hogareño.
En cuanto se hizo la luz, partió en dirección a la dulcería. No vio a la muchacha del fin de semana, tampoco cake alguno.
–Desde el domingo no los traen –explicó el dependiente.
Como una flecha salió hacia Ayesterán. Le quedaba un poco lejos; sin embargo, allí disímiles establecimientos venden dulces. Al fin halló lo deseado: un apetitoso redondel cubierto por crema de vainilla y chocolate, cuyo diámetro no excedía el de un plato estándar. Bailaba dentro de la caja. Con sumo cuidado, cual si transportara el objeto más valioso y frágil del mundo, la compradora regresó al hogar.
Tras cocinar, comer y recordarles a los testigos e invitados el lugar y la hora, la pareja se sentó frente al televisor. Entonces volvió a irse la electricidad. Unánime, la exclamación de asombro se escuchó en todo el vecindario. Nadie lo esperaba. Al filo de la medianoche persistía la oscuridad. De prolongarse la ausencia de corriente, el refrigerador se descongelaría y las gotas tal vez cayeran en el nivel inferior. En vano Fernando intentó tranquilizar a su media naranja, quien aguardó despierta el retorno del fluido eléctrico, pasada la una de la madrugada.
Amaneció el miércoles. El auto los trasladó a la hora exacta, los convidados arribaron puntuales. En breve verían si, contrario a lo anunciado, el cuadrante x del bloque tres permanecía indemne. Tras escasos minutos, la notaría quedó a oscuras.
Media hora después la recepcionista los condujo hasta el abogado. Por lo general, las instituciones de ese tipo cuentan con una oficina amplia, idónea para las bodas. No era el caso. Se detuvieron ante el mismo cubículo sin ventilación ni espacio. Entraron los contrayentes, la comitiva (los testigos, el hijo del novio, los parientes de la novia) aguardó en el pasillo, junto a la puerta.
Estoico, alumbrándose con su celular, el funcionario leyó el acta matrimonial y diversos artículos contenidos en el Código de las Familias. Fernando también encendió la linterna de su móvil.
Escena romántica, e insólita, aquella; la atmósfera recordaba pasajes e ilustraciones de novelas decimonónicas en las que los personajes enarbolaban palmatorias con velas encendidas. La mesa visible, el entorno en penumbras, los rostros difuminándose o perfilándose, según se alejaban de las fuentes de luz o se acercaban a estas; los focos orientando las manos de los firmantes sobre el acta y el libro notarial.
Flash mediante, hermanos y cuñada tiraron fotos y filmaron un video. Testimonio singular, merecedor de atesorarse en la memoria. El notario, cordial, felicitó a los recién casados.
Los esposos y su séquito bajaron las escaleras. Delante del edificio hubo una sesión de fotografías. Fernando y Mirta se veían eufóricos. Hicieron chistes. Posaron junto a amigos y familiares. Cual si hubieran protagonizado la boda del siglo.
Su felicidad era genuina. Como lo es, recalco, este relato, pese a que parezca una tragicomedia italiana de los años 60 o una telenovela. La realidad, afirmó un hombre sabio –¿o sería una mujer?–, siempre supera a la ficción.
La entrada Matrimonio a la cubana se publicó primero en Revista Bohemia.
