El aumento de los robos callejeros se ha convertido en una experiencia compartida por demasiadas familias cubanas. Cadenas, relojes, teléfonos; el método es casi siempre el mismo: un tirón, un forcejeo y la huida. La víctima se queda con el desconcierto de quien no termina de asimilar lo ocurrido y, en muchas ocasiones, cuando posteriormente relata el suceso, escucha el comentario: “Bueno, la cosa está difícil”.
Esa frase es la puerta por la que se cuela la justificación. Está difícil, sí, quién va a negarlo; pero hay un salto enorme de ahí a convertir la necesidad en una coartada moral para el delito. El argumento es conocido: el que roba lo hace porque no tiene otra salida, el hambre lo empuja, la necesidad lo obliga y, entonces, el ladrón deja de ser ladrón para convertirse en víctima.
Conviene detenerse en ese razonamiento. Los portadores de dicho discurso despojan totalmente al delincuente de su capacidad de decidir. Lo presentan como un animal que responde a estímulos, como si entre la carencia y el delito no existiera ningún espacio para cualquier otra alternativa. Muchos convierten a la víctima real en una especie de ser privilegiado, que debería sentirse culpable por poseer algo que otro no.
Mientras tanto, en la misma cuadra, en el mismo edificio, en el mismo barrio, viven personas que tienen las mismas carencias y no roban. Personas que se levantan de madrugada para ir al campo, mujeres que cosen hasta tarde, hombres que cargan bultos, que venden de puerta en puerta, que hacen lo que sea para llevar dinero a su hogar. Gente que pasa trabajo todos los días y que, sin embargo, no le ha puesto la mano encima a nadie. Ellos son la prueba de que el hambre no empuja a robar, el hambre empuja a buscar comida, a trabajar, a inventar, a rebuscarse. La decisión de arrebatarle a otro lo que se ganó con esfuerzo viene del facilismo.

Y es que el delincuente callejero en muchas ocasiones no roba para comer, esto conviene decirlo con toda claridad. El que arrebata un celular, una cadena o un reloj no está buscando aliviar el hambre, quiere dinero rápido, elige la vía más corta para obtener un beneficio sin importarle el daño que causa.
Pero hay más. Cuando la víctima se resiste e intenta conservar lo que es suyo, el atraco inicial se convierte en violencia abierta. Vemos mujeres arrastradas por el suelo por defender su cartera, hombres golpeados por no soltar un teléfono, ancianos empujados contra el pavimento. En los casos más brutales, la resistencia se paga con una puñalada.
No se trata de pedir penas desproporcionadas ni de llenar las prisiones, sino de algo tan básico como restablecer la responsabilidad individual. Punto. La educación tiene aquí un peso ineludible: enseñar desde la familia y desde la escuela que lo ajeno se respeta; que el trabajo, por duro que sea, es la única vía sostenible; que la dignidad no se cambia por un bien material.
La necesidad no se resuelve robando, se resuelve trabajando. (Por Yohanka Rodríguez Rodríguez/Edición web: Miguel Márquez Díaz)
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