La prensa amarillista en la primera guerra imperialista del mundo
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La prensa amarillista en la primera guerra imperialista del mundo

Los magnates de la prensa estadounidense, con el objetivo de aumentar sus ganancias, azuzaron con noticias fabricadas el sentimiento antiespañol de su pueblo y así aupar la voracidad del naciente imperialismo


A finales de la década de 1890, mientras la guerra cubano-española se inclinaba a favor de los mambises, en Cuba españoles y españolistas culpaban a Washington del avituallamiento de los insurrectos al permitir las expediciones desde ese país. Además, acusaban a la prensa estadunidense del linchamiento moral al que sometían a España.

En medio de este clima de hostilidad, los partidarios de la corona ibérica y sus aliados, los fanáticos voluntarios, organizaron actos vandálicos contra los periódicos simpatizantes de los insurgentes y los intereses norteamericanos.

En los campos de batalla la lucha era fortísima, pues mueren miles de personas, aunque buena parte víctimas de la malaria y de otras enfermedades tropicales.

Los mambises recurren a la tea incendiaria y la dinamita y la guerra alcanza una ferocidad sin límites. En la parte hispánica se practica con frecuencia el exterminio de prisioneros. Cánovas del Castillo, presidente del gobierno en Madrid, envía a Cuba al general Valeriano Weyler con instrucciones de aplastar a los rebeldes.

Weyler conocía Cuba por haber participado en la Guerra de los Diez Años, incluso perdió a su joven hermano Fernando en la reconquista de Bayamo. Su experiencia en las guerras carlistas y en Filipinas, y su fama de militar combativo e implacable, lo hace temible.

Evangelina Cossío, patriota cubana, utilizada por la prensa estadounidense de la época como ejemplo de la barbarie española en Cuba. / Archivo de Verde Olivo

La muerte en combate de Antonio Maceo, lugarteniente general del Ejército Libertador el 7 de diciembre de 1896, le favorece. Weyler decide dejar a los mambises sin apoyo popular confinando en campos de reconcentración a miles de campesinos y sus familias. Esta medida provoca incontables muertes por desnutrición y enfermedades infecciosas producidas por el hacinamiento en los campamentos.

En Estados Unidos sube la temperatura belicista y el episodio más sonado de los periódicos sensacionalistas norteamericanos había sido el de Evangelina Cossío, patriota cubana supuestamente vejada y ultrajada en la cárcel por guardias españoles: unos intrépidos reporteros del New York Journal la rescataron de la cárcel. Suceso inédito en el mundo.

La primera información de ese diario sobre el caso se publicó el 27 de agosto de 1897 y la ilustró con dos fotografías, una tomada antes de su encarcelamiento y otra  realizada ocho meses después, en la que se mostraba el deterioro de Evangelina como consecuencia del “horroroso cautiverio”.

Pero este sonado episodio fue apagándose. La prensa amarillista, aliada del complejo militar, debía incrementar más la sensibilidad de la opinión pública norteamericana. Entonces comenzó a recoger fotos y noticias espeluznantes sobre los reconcentrados, suministradas por emigrantes cubanos en Estados Unidos.

Con bastante frecuencia, reporteros norteamericanos visitaban los campamentos repletos de personas famélicas y enfermas, incluyendo niños; algunos políticos participaron en esas giras mezcladas de solidaridad, compasión y también propaganda efectista.

Pongamos un ejemplo estremecedor. El senador estadounidense Thurmon acompañado de su esposa fue a La Habana y visitó a los reconcentrados. Fue tal la impresión causada en la esposa del legislador, que -al regresar- sufrió un ataque al corazón y murió. Como era lógico, los discursos de Thurmon a su regreso conmovieron a la opinión pública.

El presidente William McKinley aprobó en 1898 la intervención norteamericana en la guerra de liberación nacional. / Archivo de BOHEMIA

Esas trágicas escenas, respaldadas por muchos rotativos, fueron parte de la exitosa campaña presidencial del republicano William McKinley en 1897, quien acusó a los demócratas en el poder de no haber hecho lo correcto para terminar con los abusos de los españoles.

A mediados de 1897, los contendientes en el archipiélago estaban bastante extenuados, no se sabía quién pudiera adjudicarse la victoria. Por su parte, el gobierno estadunidense realizaba una presión constante sobre España, tratando de mediar en el conflicto y ofreciéndose a comprar Cuba, lo cual fue tomado como un insulto por el gobierno español.

El 8 de agosto de ese año sucede algo muy importante en España: el anarquista italiano Michele Angiolillo, asesina a Cánovas del Castillo, personaje dispuesto a defender “hasta la última peseta” la colonia caribeña de su país.

En octubre de 1897 había gran preocupación y desmoralización entre los españoles en Cuba por los acontecimientos acaecidos en la península. El Partido Liberal en España forma un nuevo gobierno, retomando el cargo de presidente del Consejo de Ministros de España Práxades Mateo Sagasta el 4 de octubre de ese año. Este se da cuenta de que su país se está precipitando a una guerra con Estados Unidos y quiere evitarlo.

Sagasta decide cambiar de estrategia y busca un acercamiento con los rebeldes cubanos: les ofrece una amplia autonomía. Además, presionado por los norteamericanos, procede a la sustitución del brutal general Valeriano Weyler y nombra Capitán General de Cuba al general Ramón Blanco y Erenas –por segunda vez–, quien tenía experiencia en la pacificación de Filipinas.

El 14 de noviembre, Blanco derogó los bandos que establecían la criminal reconcentración dictada por Weyler y autorizó el regreso de la población afectada a sus lugares de origen. También liberó a muchos presos políticos y militares cubanos encarcelados, entre ellos al padre de Evangelina Cossío, quien se encontraba en muy mal estado de salud en el hospital de la prisión de Aldecoa, La Habana.

Sin embargo, este cambio de rumbo llegaba demasiado tarde. Desde junio de 1897 Estados Unidos intensifica su ofensiva diplomática con el objetivo de que España asumiera una posición definitiva con Cuba, pero el régimen penínsular rechazaba continuamente las ofertas de compra de Washington, bajo el supuesto de que la autonomía funcionaría.

William Randolf Hearst, magnate de la prensa amarillista estadounidense a finales de 1890 y principios del siglo XX. / aptenerife.org

Con la llegada del general Blanco, las fuerzas insurrectas toman un respiro y vuelven a guerrear, a pesar de la pérdida de sus principales líderes.

La Casa Blanca, viendo la posibilidad de que el ejército libertador lograra derrocar al español y con ello perder el posible control del archipiélago, se decide a preparar la intervención militar.

En diciembre de 1897 aumentó la inestabilidad en Cuba y sobre todo en La Habana. El cónsul estadunidense en La Habana, Fitburgh Lee, manifestaba constantemente en sus comunicaciones una exagerada preocupación por la seguridad de los ciudadanos de su país en Cuba. Llegó a pedir al gobierno de Estados Unidos el envío de un barco de guerra a Cayo Hueso, listo para intervenir en caso de un desborde de la violencia.

Randolf Hearst, magnate de la prensa yanqui y lobo en acecho en su empeño de manipular a la opinión pública, encargó a agentes suyos el robo, en la oficina habanera de correo, de una carta dirigida a un amigo escrita por Enrique Dupuy de Lome, embajador de España en Washington. En la misiva el diplomático cataloga de político de muy bajo nivel y carente de agallas al presidente McKinley.

Este contenido fue echar más leña al fuego de los halcones, con el subsecretario de Marina Theodore Roosevelt a la cabeza, quienes exigían una declaración de guerra.

La carta fue fotocopiada y publicada íntegramente en los días 9 y 10 de febrero de 1898 en diferentes periódicos. The New York Journal calificaba el episodio como “El peor insulto hacia los Estados Unidos en toda su historia”.

La inestabilidad política de España la hacía una presa fácil para los Estados Unidos, que -ávido de poder- quería desplazarla de sus colonias. En concreto, pugnaba por hacerse de Cuba, la Llave del Golfo, por cuya adquisición suspiraron varios presidentes norteamericanos sin éxito hasta esa fecha.

El secretario naval estadounidense, John Long, envió sorpresivamente a La Habana el acorazado Maine. Llegó el 25 de enero de 1898 en una “visita amistosa”, pero la verdadera razón era intimidar a los españoles exhibiendo su poderío militar y “proteger” los intereses de los ciudadanos norteamericanos. El pretexto del “visitante” fue la ocurrencia de algunas revueltas en la capital cubana y la inseguridad en el resto del país.

Tres semanas después de la llegada del Maine, el martes 15 de febrero a las 21:40 horas, La Habana fue sacudida por dos fuertes explosiones, procedentes del buque. De su dotación de 354 hombres, perdieron la vida 264 marinos y 2 oficiales, otros 59 marinos resultaron heridos.

Sin esperar por una investigación, los principales diarios estadounidenses desataron una violenta campaña sobre los hechos con las mentiras más monstruosas culpando a España. The New York Journal de Hearst y el New York World de Pulitzer dieron cobertura al suceso exagerando y distorsionando la realidad con informaciones inexistentes.

Durante semanas, después del suceso, el Journal dedicaba unas ochos páginas diarias de noticias, editoriales e imágenes de la explosión cubiertos por numerosos reporteros y fotógrafos enviados a La Habana, insistiendo constantemente en que el barco había sido minado o impactado por un torpedo, opinión compartida por el World y el corresponsal especial de la revista Jornada de La Habana, George Eugene Bryson.

Hearst publicó con descaro inventadas historias; en una de ellas, un buzo había bajado a inspeccionar el casco hundido y encontró un hueco causado por un “torpedo”. Publicó una foto del referido hoyo, la cual resultó ser idéntica a otra del mismo diario dos años antes sobre un eclipse de Sol. El Journal reclamaba venganza y repetía sin cesar: “Remember the Maine! Hell with Spain” (¡Acuérdense del Maine! Al diablo España).

Esta mentira agitó la opinión pública estadounidense a tal punto que el pueblo de ese país demando el ataque inmediato contra las tropas españolas en Cuba. Sin embargo, contrariamente el cónsul Lee aconsejó a su gobierno, sin éxito alguno, evitar el camino de la guerra.

Frederick Remington, dibujante del Journal en La Habana, escribió en marzo a su jefe desde La Habana: “Aquí no hay ninguna guerra. Pido se me haga regresar”. Hearst le telegrafió: “Quédese allí. Suminístrenos dibujos, yo le suministraré la guerra”.

Dos días después del hundimiento, las autoridades españolas propusieron una comisión mixta de investigación –los norteamericanos rechazaron la propuesta. El grupo –sin los norteños– llegó a la conclusión de que la explosión había sido interna, difiriendo totalmente de los investigadores del gobierno de Estados Unidos, encabezados por el capitán William T. Sampson.

Tres días antes de que estos concluyesen su trabajo, Philip R. Alger, un respetado experto en armamento naval, había declarado al Washington Evening Star que la causa más probable de la tragedia había sido el fuego en un depósito de carbón, el cual pudo provocar la explosión.

Lo cierto es lo siguiente: Sampson después de entregar el informe de la comisión, fue nombrado jefe de la escuadra del Atlántico Norte, el más alto cargo de mando en la marina norteamericana en esa época, y unos días después se le designó Contralmirante en funciones, pasando por encima de más de una docena de oficiales en el escalafón.

En 1911, bajo la presidencia de W.H. Taft, el Maine fue reflotado. A nivel oficial, se reafirmó la teoría de la causa externa, explicación replicada por los medios de información. Sin embargo, los restos del casco fueron hundidos en una fosa profunda de 800 metros a cuatro millas de La Habana para evitar más análisis.

En 1998, cuando se celebró el centenario del hundimiento del buque, se hicieron algunos intentos para que Estados Unidos rectificara su visión de la historia y solicitaron disculpas por la falsa acusación al entonces presidente Bill Clinton. Solo se consiguió el retiro de la inscripción condenatoria a España del cementerio de Arlington (Washington), adonde fueron trasladados los fallecidos del Maine. La prensa local acalló el hecho.

Comienza la guerra

El 11 de abril de 1898, el presidente McKinley se presentó en el Congreso para pedir una declaración de guerra contra España, los motivos de tal intervención se basaban en que con esa acción pondrían fin a las barbaridades, el derramamiento de sangre, la inanición y las horribles miserias existentes en Cuba.

El anteproyecto de resolución conjunta presentado en la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado exigía la renuncia de España de su soberanía sobre Cuba y autorizaba al presidente estadounidense a emplear la fuerza para cumplir los fines planteados. El 19 de abril, el Congreso de Estados Unidos adopta otra resolución conjunta: “el pueblo de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente”.

El día 21 de abril, McKinley solicitó formalmente al Congreso la declaración de la guerra, la cual fue aprobada cuatro días más tarde. Claude Julien, autor de El Imperio Americano (1968) consideraba que el caso de Evangelina Cossío había influido en la decisión del presidente de aceptar finalmente la Enmienda Teller, que expresaba que los Estados Unidos no tenían deseos ni intención de ejercer soberanía, jurisdicción o dominio sobre Cuba, excepto su pacificación.

El mismo 25 de abril de 1898, en que los Estados Unidos declara la guerra a España, tiene lugar el primer combate de la primera guerra imperialista: una confrontación en la bahía de Cárdenas, Matanzas.

A lo largo de todo el conflicto, los combates navales llevados a cabo por pequeñas unidades españolas contra fuerzas norteamericanas superiores en armamento, número y tonelaje se produjeron con unos resultados favorables, en su inmensa mayoría, para las armas españolas. La prensa norteña de amarillista pasó a ser amarillenta y apenas hizo comentarios al respecto.

Hubo batallas en las que los españoles pelearon con más valentía que recursos y los mambises, muy especialmente las tropas del general Calixto García, auxiliaron eficazmente a los soldados norteamericanos, ayuda no bien agradecida.

La “objetiva” prensa estadounidense del momento se inclinó por restar participación a los mambises. Incluso, años después, se produjo el bochornoso filme Santiago sobre el supuesto rol principal desempeñado por los rangers en el cerco y asalto a esa ciudad. En la cinta,protagonizada por el actor Alan Ladd, nuestros heroicos combatientes eran apenas caricaturas de fondo respecto al “accionar” bélico de las tropas norteamericanas.

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Fuentes consultadas

Julien, Claude. El Imperio americano. La Habana, Ed. Ciencias Políticas, 1968; Diccionario Enciclopédico de Historia Militar de Cuba (1510-1898). La Habana, Casa Editorial Verde Olivo, 2014; Rodríguez García, Rolando. Cuba: las máscaras y las sombras. Tomo I. La Habana, Ed. Ciencias Sociales, 2007;Torres-Cuevas, Eduardo y Loyola Vega, Oscar. Historia de Cuba. Formación y liberación de la nación. La Habana, Pueblo y Educación, 2001.

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