En la historia de Cuba hay hombres que no empuñaron un machete ni montaron a caballo en la manigua, pero cuya batalla fue igualmente decisiva para la formación de una nación. José Agustín Caballero y Rodríguez de la Barrera fue uno de ellos. Sacerdote, filósofo y educador, dedicó su vida a una guerra silenciosa pero profunda: la guerra contra la ignorancia y el atraso mental que mantenía a la Isla sumida en la oscuridad colonial.
Vio la luz el 28 de agosto de 1762 en La Habana, en medio de la ocupación inglesa de la ciudad. Aquel acontecimiento, que estremeció al imperio español, dejó una huella imborrable en el plano de las ideas y marcó el destino del niño que llegaba al mundo. Sus padres fueron Bruno José Vicente Caballero y del Barco y María Manuela Rodríguez Escudero y de la Barrera, y desde muy temprano mostró una especial vocación por la carrera eclesiástica.
A los doce años ingresó en el Seminario de San Carlos, institución que sería el escenario de toda su vida futura. Allí cursó Filosofía, se graduó de Bachiller en Artes y, en 1785, de Licenciado y Doctor en Teología. Ese mismo año dio inicio a sus labores como profesor de Filosofía del Seminario, comenzando así una carrera que lo convertiría en el primer reformador educacional de Cuba.
Caballero vivió en una época de transición, cuando los vientos de la Ilustración comenzaban a soplar desde Europa y América. Integró el grupo de colaboradores del gobierno de don Luis de Las Casas y, a través de su actividad como profesor del Seminario, como colaborador del Papel Periódico de La Habana y de la Real Sociedad Patriótica de Amigos del País, trabajó ininterrumpidamente por la satisfacción de los nuevos reclamos socioeconómicos y culturales de los criollos.
Su gran batalla fue contra la escolástica, el sistema filosófico medieval que mantenía anquilosada la enseñanza en la colonia. Frente a ella, propuso la introducción de la filosofía moderna y un pensamiento racional y antidogmático. En 1794 asumió como director del Seminario de San Carlos y en 1796 como secretario sustituto, consolidando su papel como la figura más importante de la reforma filosófica en la Isla.
Su obra cumbre en este sentido fue la «Filosofía Electiva», un texto que aún hoy es considerado fundamental. El apellido «electiva» no era casual: significaba la posibilidad de elegir, de pensar por sí mismo, de romper con la tradición impuesta y construir un camino propio. En sus escritos reflejó la preocupación por el atraso del país en materia de educación, ciencia e ilustración, y abogó por la reforma y la libertad de la enseñanza.
Pero Caballero no fue solo un intelectual de salón, su compromiso con la realidad de su tiempo lo llevó a ser conocido como el «padre de los pobres», por su entrega a los más necesitados y también fue un patriota, de esos que entienden que la verdadera independencia comienza en la mente de los hombres.
Para él, la educación era el medio de formar hombres capaces y activos que pudieran construir una nación libre. Por eso es considerado el primer exponente destacado del pensamiento educativo cubano y uno de los más importantes representantes de la Ilustración Reformista criolla. Su modelo de descentralización política para la Isla y su articulación de una plutocracia insular revelan a un hombre que pensaba en el futuro de Cuba más allá del dominio colonial.
Fue, además, el maestro de Félix Varela, otro gigante del pensamiento cubano, y el tío y precursor de José de la Luz y Caballero. A través de ellos, su influencia se extendió a las generaciones que darían forma a la nación cubana.
José Agustín Caballero falleció en La Habana el 6 de abril de 1835, dejando una obra que, paradójicamente, ha sido menos estudiada de lo que merece, sin embargo, su legado es inmenso, pues introdujo en Cuba las corrientes filosóficas asociadas a la modernidad, quien sentó las bases de un pensamiento racional y antidogmático, quien comprendió que la educación era la clave para la formación de una patria.

