¿Raciocinio en picada?
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¿Raciocinio en picada?

A medida que avanza la tecnología y las máquinas son capaces de emular y en muchos casos sustituir más y más las competencias humanas, nos preguntamos si la comodidad de hacer cuentas en calculadoras, consultar una agenda y no memorizar números como antes, y tantas operaciones que simplificamos con solo apretar botones o pedírselo a algún asistente virtual, no estará incapacitando o atrofiando las habilidades humanas que durante tanto tiempo nos diferenció a unos de otros, nos hizo pensar, analizar y ser capaces de tanto.

Muchas son las teorías, pero la verdad es que no está demostrado que la tecnología provoque que el cerebro de nuestra especie se encoja por el no uso ni que la inteligencia esté en peligro de desaparecer por aquello de que lo que no se utiliza se tulle, como ocurre con los miembros luxados después de un accidente.

Aunque muchas son las evidencias de la idiotez humana que nos rodea y que relacionamos con depositar absolutamente todo en la técnica, la comunidad científica refiere que no es posible tal hipótesis. No obstante, muchos nos preguntamos hasta qué punto será saludable para el intelecto esa dependencia tecnológica, y si confiarle a ella todos los procesos no eliminará nuestro deseo de estimular el pensamiento y fortalecerá la teoría simplista del no esfuerzo.

No sé, cada vez encuentro alrededor más estupidez que perspicacia, gente torpe que no es capaz de elaborar ideas completas, que no poseen la curiosidad por el conocimiento ni entienden lo elemental, como si estuviéramos rodeados de zombis irreflexivos que repiten sin razonamiento alguno, no dotados con la suficiencia más elemental del ser humano, y que por tanto creemos más cercano al Sahelanthropus por su similitud de ser bípedos, pero parsimoniosos de pensamiento, digamos.

Vivimos en un mundo acelerado y en ese camino de obtener todo rápido y preciso nos pasa factura la tecnología que optimiza cada proceso, nos ofrece respuestas en segundos. Pero no está bien delegar en ella absolutamente cada aspecto de la vida porque la comodidad es un vicio y los retos son los que nos hacen avanzar.

En un momento puntual, de apuro, está bien apoyarse en la técnica y también en grandes operaciones porque negar totalmente el desarrollo tampoco es sensato, pero a nadie le hace daño ejercitar la memoria con cálculo elemental, recordar al menos los principales números de teléfono además de información variada que nos enriquece culturalmente. Otro asunto es apoyarnos en ella para cada necesidad. Orientarnos en un mapa, está bien, buscar información, está bien, pero no deberíamos renunciar a la investigación y a la consulta de fuentes, ni depositar en buscadores y asistentes inteligentes cada tarea como la redacción de un trabajo para la escuela o la multiplicación simple de 665 por cien.

El razonamiento real nunca podrá ser sustituido por herramientas externas, al contrario, esto solo provoca que se vea reducida la necesidad de ejercitar determinadas habilidades. Y podremos repetir lo datos obtenidos, pero de nada vale si solo es recitado de memoria.

 

¿La tecnología nos vuelve tontos, nos convierte en individuos comunes que solo apretamos botones? Depende de cómo se emplee y qué capacidades dejamos de practicar hasta olvidarlas. Lo que sí parece obvio es el creciente deterioro del desempeño en matemática elemental, por ejemplo, en niños y adolescentes porque es más fácil utilizar la calculadora para hacer, incluso, una operación sencilla que forzar la mente a hacerlo. Eso me parece alarmante.

Muchos consideramos que el exceso de tecnología limita el esfuerzo mental y el pensamiento crítico, tan importante en la vida para ser personas capaces. ¿Irá en picada el raciocinio mientras —y parece una paradoja— construimos máquinas cada vez más inteligentes? ¿Será cuestión solo de comodidad y cuando nos quiten los aparatos podremos seguir «andando» como siempre o serán cada vez menos quienes razonen? ¿Debería la comunidad científica investigar si comenzamos a perder la necesidad de pensar o si solo está dormida, acomodada?

Es inquietante si creemos que como especie estamos ante el riesgo de la dependencia tecnológica que parece debilitar algunas aptitudes intelectuales que durante siglos de evolución conquistamos y consideramos esencialmente humanas.

Ya sé que es exagerada la apreciación de que estamos asistiendo a la desaparición de la inteligencia de nuestra especie —quiero creer— pero se acumulan señales de que se modifica la manera en que utilizamos nuestro cerebro, con el menor empeño.

La ciencia tendrá la última palabra, pero, mientras tanto, preocupa analizar el entorno y encontrar tanta necedad. Ojalá solo sea una percepción distorsionada por el ambiente que nos circunda, porque la inteligencia, ese tan debatido aspecto que puede ser heredado y moldeado, es lo que nos diferencia de los demás homínidos, pero también es una expresión social.

No es un asunto menor. Lo que alarma sobre la comodidad de descansar en la tecnología hasta lo mínimo que pudiéramos hacer nosotros mismos es que el cerebro, de la misma forma que se «educa» y no permanece idéntico porque la experiencia, el aprendizaje y la práctica lo estimulan y ese esfuerzo lo «fortalece», creemos que en sentido contrario también puede dejar en el camino parte de su función, no olvidarla, sino, quedarse como en inercia con esa pereza que le otorga el delegar, y abandonarse, no querer recuperar la maravillosa posibilidad de dudar, de buscar y de resolver problemas elementales.

Que la ciencia responda si esta conjetura tiene sentido porque vemos que la inteligencia artificial es capaz de orientar, calcular, traducir, corregir, redactar, explicar, y más, en apenas segundos. O sea, podemos pedirle que piense por nosotros y nosotros creerle absolutamente todo. Es extraordinario porque esa eficiencia reduce de manera contundente el impulso innato de resolver que tenemos incorporado y que alentaba el desarrollo intelectual.

 

La verdad es que ya es casi imposible detener el desarrollo tecnológico y evitar su uso, que tampoco es la idea sino lograr un equilibrio que no sacrifique nuestro pensar y la oportunidad de razonar. Afortunadamente este es un fenómeno que inquieta a muchos. La psicología cognitiva estudia en qué medida la utilización de recursos externos reduce las demandas de nuestra memoria y de otros procesos mentales.

Expertos señalan que el uso de tales estrategias puede mejorar el rendimiento inmediato, que la herramienta tecnológica puede hacernos más eficientes sin hacernos más capaces, sino dependientes de ese repositorio de conocimiento que tampoco es perfecto porque puede tener sus lagunas de información con errores y poca profundidad.

¿Qué pasará si se deja de ejercitar una capacidad cognitiva? No, no es una pregunta tremendista porque no significa lo mismo utilizar una herramienta que convertirla en sustituto permanente del pensamiento. Y la tecnología no es el enemigo, sino la dependencia irreflexiva porque el problema nunca será saber menos, es la diferencia entre ser ignorante y perder la capacidad de poder formar criterio propio.

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