«Salvamos este país con amor o lo hundimos con odio»
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«Salvamos este país con amor o lo hundimos con odio»

El destacado crítico de Cine camagüeyano Armando Pérez Padrón.

El destacado crítico de Cine camagüeyano Armando Pérez Padrón.
Foto: Jorge Enrique Jerez Belisario

La voz de Armando Pérez Padrón —Armandito para los suyos— no titubea. Su rostro está encendido por la pasión de quien ama todo lo que hace. El presidente de la Uneac en Camagüey, crítico de cine de oficio, nacido en 1956, este hijo de campesinos vivió apenas sus dos primeros años en la Cuba anterior a 1959, por lo que su memoria y su obra son hijas de la Revolución. Y de Fidel, sobre todo. Su diálogo con Granma fue un torrente de recuerdos, críticas y certezas. No hay medias tintas en sus palabras.

El intelectual camagüeyano sitúa el origen de todo en aquel junio de 1961, cuando Fidel, entonces Primer Ministro del Gobierno Revolucionario, en medio de la tensión posterior a Playa Girón y del giro hacia el socialismo, decidió reunirse tres días seguidos con la vanguardia artística e intelectual. «A mi juicio, el gran problema de Palabras a los intelectuales ha sido que tanto los de allá como algunos de acá lo interpretaron como mejor les vino en ganas, y lastimosamente utilizándolo para beneficio desde la visión de cada uno. Más allá de la profundidad de ese encuentro».

Para  Pérez Padrón, la grandeza del gesto de Fidel no admite discusión. «Yo suelo siempre pensar, imagínense ustedes la Cuba del año 61, y que en medio de eso el Líder de la Revolución en un momento tan trascendental, que se había roto con la tutela de los Estados Unidos, Cuba se había acercado al socialismo, Fidel prioriza reunirse tres días seguidos con lo que era en aquellos tiempos la vanguardia artística e intelectual del país».

«Eso da a mi juicio la medida de la visión que tenía Fidel –insiste–. No era posible llevar a vías de hecho ningún proceso transformador desde el punto de vista social sin tener en cuenta el pensamiento intelectual». Y ahí encuentra un puente directo con el Apóstol: «Porque Martí dijo, ¿qué es Cuba para mí? La isla natural, la isla intelectual, orgullo de ser cubano. ¿Por qué la isla intelectual? Porque no existe Cuba sin un pensamiento. Y esa visión la tuvo Fidel».

 La historia una y otra vez tratan de reducirla a una fórmula: dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada. Pero él se niega a aceptar esa simplificación. «Fidel habla de inclusión. Incluso aquellos que no sean desde el punto de vista de la terminología revolucionaria en función de la ideología socialista. Aquellos que no sean revolucionarios y no hagan cosas deliberadamente en contra de la Revolución, pueden y deben estar dentro del proceso que pretendemos hacer. Y en eso insiste una y otra vez.

«Incluso cuando uno de los intelectuales importantes de aquella época, Virgilio Piñera, le dice que él tiene miedo, Fidel responde: ¿cómo creen que la Revolución va a coartar la libertad creativa si la Revolución ha traído tantas libertades?».

Fue de aquel diálogo fundacional de donde nació la Uneac. «Hay una cosa curiosa. Cuando Fidel habla allí el día 30, habla de que se está gestando crear una organización, pero no habla de un término. Después, cuando hace el discurso el día de la fundación, el 22 de agosto, él aplaude que los artistas y los intelectuales decidan el nombre. El nombre de Unión lo aplaude. Parece una bobería, pero es una definición. Usted dice Unión, y por eso hay quien se equivoca y pone Unión Nacional, no, es Unión de Escritores y Artistas de Cuba, porque es una sola cosa. Existen muchas organizaciones de creadores en el mundo, pero como la nuestra, con las características de la nuestra, ninguna».

Y enumera esas características con orgullo: «La posibilidad de que nos escuchen determinados dirigentes más o menos, pero las tribunas que hemos tenido, incluso temas álgidos en Cuba que otros sectores no se atrevían a tocar, y en el Congreso de la Uneac salieron. Problemas económicos, problemas de racismo, problemas de discriminación de la mujer, elementos que para algunos eran temas tabú, salieron en los Congresos de la Unión».

Armandito defiende con agudeza la condición de intelectual de Fidel. No como un halago vacío, sino como un hecho tangible. «Fidel era un intelectual, y junto con el fusil en la Sierra cargaba mochilas de libros. Exactamente, y lo que en algún momento llaman la prisión fecunda, su celda en el Presidio Modelo, estaba llena de libros. Ese tiempo que estuvo allí fue de formación. Algo también muy martiano, porque en medio de todo Martí desembarcó por Playita con el fusil, el machete, las cananas, el revólver, la ropa y los libros».

Esa pasión libresca —y cinéfila, añade— se tradujo en hechos concretos. «El ICAIC se crea primero que muchos de los ministerios —recuerda—. No existía más ningún tipo de elemento organizativo dentro de la naciente Revolución. Los primeros dineros del ICAIC salen del INRA y del Ejército Rebelde, con que compran los primeros equipos en los Estados Unidos, que todavía no se había roto relaciones».

«En el año 61, cuando se le ocurre a Héctor García Mesa el experimento del camioncito de 16 milímetros en las orillas de La Habana, tiene un éxito extraordinario. Él se lo dice a Alfredo Guevara, Alfredo se lo dice a Fidel, ¿y qué cree que dice Fidel? Si en este país más del 60 % de los cubanos viven en el campo, la mayoría no han visto cine. Alfredo, vamos a captar 40 jóvenes de las antiguas seis provincias para que aprendan a manejar un camión, a proyectar películas, y a presentar una película. Y surge el proyecto de los cines móviles».

Aunque es un apasionado defensor de la obra cultural de la Revolución, Armandito no es un hombre de discurso complaciente. Reconoce los errores con honestidad. «El Congreso de Educación y Cultura del 71 —admite—, es verdad que allí se cometieron grandes errores, que el propio Fidel reconoce en determinados momentos.

 «Yo no hago apologías de Fidel ni de nadie. Hay realidades. Era un hombre como cualquier otro, con defectos y virtudes. Quien más decisiones tomó durante años en Cuba, hasta por un problema estadístico, tenía que ser quien más erraba. Y en el campo de la cultura se cometieron errores. Es verdad, no todo fue color de rosa. Esa etapa de los 70 fue bastante errática en el tema de la cultura. Pero por lo menos, como dice el refrán, rectificar es de sabio. Y eso después se fue rectificando. Incluso algunas de las víctimas de esa etapa después han sido premios nacionales.

«En lo personal y en lo que está más cerca de mí, a mí nunca me han prohibido que escriba nada, nunca me han cuestionado nada de lo que he hecho. Pero el aliento creador, la visión esa de la importancia del universo artístico, aun en la crisis económica que tengamos, no se ve igual.

«Nosotros vamos a una reunión, es verdad que ningún dirigente de la Revolución, salvo muy raras excepciones, en un planteamiento nos lleva a la contraria, pero del dicho al hecho va mucho. Yo, por ejemplo, tengo obsesión con el problema del Parque Agramonte, que lo están destruyendo, y que es el lugar más sagrado de nuestra provincia, y uno de los más sagrados de la patria. Yo no lo escribo en las redes, yo se lo he dicho a las principales autoridades, y no pasa nada, ¿cómo es posible?

«Si nosotros no somos capaces de que respeten y veneren a Agramonte, no vamos a ser capaces dentro de unos años, o ya, de que respeten y veneren a Fidel. Fidel respetó, veneró a todo eso, a todo ese panteón».

Armandito Pérez Padrón no se rinde. Su esperanza está en la obra cotidiana, en la siembra de valores. «Yo creo que la labor fundamental que tenemos nosotros hoy es con la obra de cada cual —afirma—. Porque ya no nos queda otra. Con apoyo, sin apoyo, con reconocimiento, sin reconocimiento de las estructuras de poder. El reconocimiento que más nutre a un artista es el del pueblo. El aplauso del pueblo es el que más lo nutre a uno. Cuando yo escribo un artículo, un libro, y tú me hablas del bien o de lo malo, si me dices que te sirvió para algo, eso es lo que vale».

El destacado crítico de Cine camagüeyano, fundador del Taller de la Crítica Cinematográfica de Camagüey, tiene algo muy claro y lo enfatiza:   «Los cubanos o salvamos este país con amor o lo hundimos con odio. Hay muchas circunstancias propiciando el odio, la división. Más allá de que pensemos diferente. Usted puede pensar de otra manera diferente a la mía, eso no conlleva que nos odiemos. Usted puede profesar una religión y yo ser ateo y podemos darnos un abrazo todos los días. Usted puede ser comunista y yo no, y darnos un abrazo todos los días. Siempre y cuando no nos agredamos unos a otros».

Y recurre a una máxima de Alfredo Guevara que lleva tatuada en el alma: «A mí no me preocupa siquiera que ustedes sean socialistas. A mí me preocupa que quieran ser cubanos. Y ser cubano es sentirlo». Después, cita a Fidel en el Periodo Especial: «Lo primero que hay que salvar es la cultura», y prosigue: «claro, si no hay cultura no hay nación, que es el eje. Si usted pierde los valores identitarios de una nación, no existe la nación».

«La mejor manera de recordar a Fidel es con el hacer de cada uno —dice Armandito—. Con el actuar de cada uno. Como mismo es recordar a Martí. No es repetir frases huecas, frases vacías, que a lo mejor incluso las descontextualizamos y ya dice otra cosa».

Evoca a Martí como un asidero personal: «Cuando peor me siento, leo a Martí. Tú lees. Sí, yo leo a Martí una y otra vez. Y leo a Martí y pienso en la azarosa vida de Martí, en la ingratitud que rodeó a Martí por tantos lados, y cómo nunca perdió la fe, la alegría, ni la manera de hacer y de mostrar lo bello que era ser cubano. Por eso repito: Los cubanos salvamos este país con amor o lo hundimos con odio».

Armandito sabe que la cultura no es un lujo, es un baluarte. Y que el legado de Fidel no se defiende con estatuas, sino con el acto cotidiano de crear y enseñar. Ese es su combate. Esa es su Revolución.

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