Hace 38 años, un 23 de agosto de 1988, un cubano volvía a pisar tierra libre después de diez años, siete meses y un día de cautiverio en las mazmorras somalíes. Se llamaba Orlando Cardoso Villavicencio, y su historia es una de las páginas más conmovedoras del internacionalismo cubano.
Un joven con el deber en la sangre
Nacido en Camagüey el 31 de agosto de 1957, Orlando creció en condiciones humildes, pero la Revolución le abrió las puertas de la educación militar. Su mayor anhelo era ingresar en la Escuela Militar Camilo Cienfuegos, y aunque la burocracia intentó desviarlo hacia la carrera de maestro, su persistencia lo llevó a convertirse en cadete. Años después diría que ese fue el día más importante de su vida.
Con apenas 20 años de edad, siendo teniente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, cumplía su segunda misión internacionalista en Etiopía cuando, el 22 de enero de 1978, una emboscada en las cercanías de Harar lo dejó como el único sobreviviente de su grupo. Herido y capturado, comenzaba su calvario.
El infierno de Lanta Burr
Conducido a la prisión de Lanta Burr, en Afgoi, Somalia, Orlando fue sometido a la más brutal incomunicación y a condiciones de vida infrahumanas. Apenas tres metros separaban su celda de los espeluznantes gritos de otros prisioneros torturados, lo que le provocaba taquicardia, palpitaciones, falta de aire y depresión. El jabón se convirtió en un recuerdo; la luz del sol, en una ausencia permanente.
Pero Cardoso Villavicencio no se rindió. Para retar a la soledad, apeló a mecanismos psicológicos para protegerse y a las más insospechadas iniciativas. Con palillos a modo de lápices y el té que le servían como tinta, escribía imaginarias historias. Esa fuerza interior, alimentada por la certeza de que Fidel y el Estado cubano no lo abandonarían, le permitió resistir más de una década de brutal aislamiento.
El regreso a la luz
El 23 de agosto de 1988, Orlando Cardoso Villavicencio vio la luz de la libertad. Fue recibido personalmente por el Comandante en Jefe Fidel Castro, y poco después se le otorgó el título de Héroe de la República de Cuba, la máxima condecoración que puede recibir un ciudadano cubano.
Años más tarde, Orlando escribió el libro «Reto a la soledad», un testimonio deslumbrante sobre la condición humana y la resistencia del espíritu . En sus páginas resume la fuerza de voluntad, disciplina y dignidad de un joven que, en las circunstancias más adversas, jamás claudicó.
Hoy, el Primer Coronel Orlando Cardoso Villavicencio sigue siendo un ejemplo vivo de que la esperanza y la fe en la patria son más fuertes que cualquier muro. Su nombre se inscribe junto al de otros cubanos que, como José Martí, Fidel Castro y los entrañables amigos Nelson Mandela y Hugo Chávez, cumplieron injusto presidio sin doblegarse.


