Tiempo de lectura aprox: 2 minutos, 14 segundos
“Y no olvidemos que la música vernácula es una de las más vigorosas afirmaciones de una nación (…)”, expresaba el señor Fernando Ortiz en uno de sus trabajos sobre ese tipo de manifestación artística. Así también lo creía René Batista Moreno (Camajuaní, 1941 – 2010), quien dejó publicadas 32 obras literarias “con una incuestionable fuerza folclórica”, al decir de su hijo Alejandro, en muchas de las cuales puso de relieve la importancia del arte no académico en su más variado espectro, nacido al calor de campesinos y la gente humilde de su terruño.
No por gusto sus contemporáneos, entre ellos el colega y amigo Samuel Feijóo, le consideraban el mejor “guajirólogo” de la región y de la cultura nacional. Cultivador igualmente de la poesía (Componiendo un paisaje, 1972, Premio Uneac Julián del Casal), dejó constancia literaria de su particular gusto y visión: todo aquello que oía lo recreaba en su imaginación, resaltando las memorias familiares de su madre, su abuelo… y de gente variopinta del barrio.
Ese palo tiene jutía, lanzado en 2002 por la Editorial Capiro, pertenece al acervo aludido por Ortiz en el inicio, heredero a su vez de otro libro titulado Músicos populares camajuanenses (1989), de Ediciones Museo Hermanos Vidal Caro. En sus páginas, el poeta-investigador recopila “los milagros que andan perdidos para la historia de nuestra música (…) de hombres sencillos y de instrumentos silvestres, sino también el mundo sonoro de otra época en una zona de incalculables y casi desconocidas riquezas musicales”.
Para René Batista, en las voces que conforman Ese palo tiene jutía -título derivado justamente de un canto popular-, habita un humanismo que para él resultaba vital. Casi todos los interlocutores, nacidos entre finales del siglo XIX e inicios del XX, expresan con soltura sus incipientes y originales pasos. Casi todo empírico o como pasatiempo sano; el placer de confeccionar y aprender a tocar una guitarra hecha de yagua o cómo sacarle sonido al más insólito objeto cotidiano ante la falta de instrumentos “oficiales” en las áreas rurales. No obstante, como declara José Rodríguez Rodríguez alias Cheo Pandilla en una de esas páginas: “(…) más importante que la voz y el instrumento es la alegría, la alegría de querer a la gente y de saber que la gente nos quiere”.
Documentados entre las décadas del 70 y 80, los testimoniantes revelan sus lugares de procedencia, y van narrando en primera persona parte del contexto económico-social en los albores de la Cuba republicana, y cómo ello repercutió en el desempeño y la fama adquirida entre la gente que asistía a verlos en fiestas campesinas, rodeos, serenatas en plazas recreativas y parques. Bailadores, cantantes, compositores y declamadores desfilan aquí, mientras ejecutan a la vez marímbulas, maracas, bongóes, bandurrias, tingotalangos, pitos y hasta sacándole notas agudas a las hojas de una planta o a un serrucho de carpintero.
Quedan así registrados el sabor local de pueblitos como La Quinta, San Antonio de las Vueltas, Báez, Yaguajay, Arroyo Blanco y los barrios de Santa Fé o La Luz; testigos también de figuras y acontecimientos históricos de índole nacional.
Antepuesto al testimonio gráfico que cierra el libro, René Batista M. ubica un epígrafe titulado “El ayer musical”, de una fuerza reveladora. Allí reúne a otros tres personajes pintorescos, entre ellos su octogenario padre Ricardo Batista, de prodigiosa memoria, quien va repasando en el acápite interesantes dicharachos, un rico anecdotario y composiciones singulares, interpretadas en los clásicos festivales de la décima, dejando igual constancia de sus habilidades innatas para ejecutar diversos y coloridos bailes de la época.
Ademas del presente texto, el “guajirólogo” publicó de semejante tipología Fieras broncas entre Chivos y Sapos, La fiesta del tocororo, compilaciones poéticas e investigaciones como Yo he visto un cangrejo arando o Los bueyes del tiempo ocre. Por otro lado, sobre su vida y obra descuella El doctor Manigua, escrito a dos manos entre Edelmis Anoceto y Alejandro Batista (hijo), el cual estaremos reseñando próximamente por su notoriedad para la cultura en la región central de Cuba.
Visitas: 0

