Rueda muchas veces en la Isla de la Juventud un camión rojo inmenso, imponente, y esa sensación de lo grande se te hace más presente cuando ves que de la cabina sale un joven delgado con menos edad en el rostro de la que realmente tiene.

Y es que resulta que Reynaldo Cuéllar Tamayo anda en ese carro desde muy pequeño. Su padre, el propietario desde hace 30 años, le sentaba en sus piernas y le daba el control del timón mientras accionaba las velocidades y claro ese espacio, tiempo, lugar lo atrapó.
Cuando conversas con Reynaldo te impresiona, pero no ya por su cara de niño, sino por la profundidad con la que expresa cuan responsable es en su oficio de chófer, la sensatez que le acompaña porque como bien dice debe cuidarse él y cuidar a los demás, estar atento a la posible imprudencia de otro conductor o de un peatón.

Ah y el rostro se le ilumina cuando habla acerca del orgullo que siente su papá cuando lo ve sobre el camión, timón en mano, conduciendo con seguridad el gran camión rojo y su vida.


