Hay soledades que hacen ruido y otras que se parecen demasiado al silencio, diría el poeta. También popularmente se afirma que una persona puede vivir rodeada de semejantes y, sin embargo, sentirse solo, no tener con quién compartir sus pensamientos, sus temores o aquello que le importa. Y las causas son variables, por eso la soledad no deseada, la que no elegimos —porque también es una opción— no es simplemente estar aislados de los demás, es la distancia entre los vínculos que tenemos y los que necesitamos.
Es una paradoja que en tiempos de hiperconexión digital la soledad se convierta en un gran desafío social y psicológico de nuestro tiempo, pero ese ya es tema para otro artículo.
La psicología estudiosa del comportamiento humano distingue entre aislamiento social y soledad. El primero describe una situación objetiva relacionada con tener pocos nexos o interacciones, por diversos motivos; mientras que la segunda que nos preocupa se refiere a una experiencia subjetiva y dolorosa para la mayoría. No es lo mismo estar solo que sentir soledad.
Estadísticas hay muchas porque es un tema que importa a la comunidad científica. Algunas investigaciones indican que una de cada cinco personas dice sentirse sola y gran número de ellas experimenta verdadera soledad crónica, sobre todo en edades ya maduras cuando empiezan a incidir los golpes duros de la vida.
Otros advierten que la desconexión social no es solo una experiencia emocional, está relacionada con peores resultados de salud física y mental.
Al respecto se toman iniciativas. Hay de todo, pero nos llama la atención que frente a esta realidad surjan clubes de lectura en otras latitudes. Es una habilidad útil, necesaria, una actividad que se hace en solitario, pero con inmenso potencial porque nos adentra en distintos universos, y, además, puede estimular el debate y en ese intercambio, justamente, se impulsa romper la inercia de la soledad y convertirse en motivación. Nada mal, deberíamos copiarla.
Imagen tomada de https://weezevent.com
Es tan sano como enriquecedor. Un lugar para leer puede ser un perfecto espacio de encuentros porque no se trata únicamente de reunirse para hablar de libros, sino de tener un motivo para conversar, escuchar, discrepar, recordar y descubrir lo que siente e interpretan los demás.
El acto de leer un libro por placer tiene fuertes poderes. Es verdad que posee el silencio y leer a solas no necesariamente significa estar aislado porque la lectura puede convertirse en una conversación diferida con quien vivió hace siglos, por ejemplo. Leer nos echa a volar la imaginación en un amplio sentido, muy particular para cada cual; nos permite identificarnos con personajes, historias y sentimientos.
Existen indicios de que leer ficción puede favorecer procesos de cognición social como la empatía y la comprensión de otras realidades, aunque sus efectos dependen del contexto y de las características de cada lector.
Sobre esto, estudios que vinculan bienestar y lectura señalan como extremadamente positiva esa capacidad de quien lee para sentirse conectado con figuras, relatos y escritores porque leer significa entrar temporalmente en la conciencia de otro, una dicha que se incrementa cuando comentan sus experiencias de interpretación porque es tan interesante leer como compartirlo.
No son nuevos los programas de lectura colectiva, sino comunes tanto en niños, pero sobre todo en adultos. Es una propuesta orientada al bienestar y a la salud, al tiempo que enriquece el nivel cultural porque siempre es tiempo para saber más y conocer tantos mundos como escritores existan porque por fortuna hay para todos los gustos.
Ya sea leer en voz alta, o en calma y conversar después sobre literatura puede transformar una actividad aparentemente individual en una experiencia relacional. No llega a curar la soledad total —o puede que sí si se mantiene el vínculo— tampoco sustituye la atención psicológica cuando es prescrita, pero, sin dudas es una opción, una puerta que podemos abrir hacia lo interno y hacia otras personas reales.
Leer para aprender, para escapar, para descubrir; nada como descifrar en alguna página escrita por alguien a quien nunca conoceremos que otra persona ya encontró las palabras exactas para definir aquello que nosotros mismos no sabíamos cómo nombrar. Abrir un libro puede ser un gesto mucho más social de lo que parece.
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