En 2020, Cuba Sí fue aliado del proyecto Videos Cuba Hoy en la producción de una serie de entrevistas al intelectual cubano Abel Prieto. En esos diálogos, el también presidente de Casa de las Américas expuso, entre otros temas, sus valoraciones sobre los desafíos de la guerra cultural en el mundo contemporáneo. Por la vigencia de sus reflexiones en torno a la ofensiva de la ultraderecha, retomamos ahora sus análisis sobre el rol de la cultura en la defensa de la emancipación.
La guerra cultural hoy sigue siendo una realidad. En aquella serie de entrevistas Abel Prieto advertía que en la actualidad todavía se da la paradoja de que sectores humildes votan por candidatos que representan a sus enemigos de clase. Esa paradoja no es un accidente. Es, en buena medida, el resultado de una maquinaria mediática que logra invertir la conciencia de los más explotados. De esa manera se produce el ascenso al poder de las élites de derecha —como ha ocurrido en los últimos meses en varios países de América Latina y el Caribe— que poco o nada hacen por favorecer los intereses de las grandes mayorías.
Prieto insistía en que no se trata solo de propaganda electoral durante los periodos de campaña. La guerra cultural toca la manera en que cada individuo se relaciona consigo mismo, con su entorno y con su destino. Prometer mejoras materiales inmediatas puede engañar, pero lo decisivo, lo más perjudicial es cómo se construye una visión del mundo que a largo plazo naturaliza la desigualdad y legitima la dominación.
En los últimos años, reflexionaba el intelectual cubano, se ha visto la rearticulación de un neofascismo “tremendamente racista, tremendamente intolerante”. Basta observar el ascenso de partidos “abiertamente neonazis que están en el Parlamento Europeo y tienen fuerza en los parlamentos nacionales” o el impacto de sujetos como Donald Trump en Estados Unidos, Jair Bolsonaro en Brasil o Javier Milei en Argentina para comprender que la batalla cultural no es algo accesorio, sino un frente decisivo. Es ahí, en el terreno de lo cultural, donde se normalizan discursos de odio y se legitiman proyectos autoritarios.
Otro aspecto clave es la disputa por la memoria. “Están dando una batalla por la memoria”, subrayaba Abel Prieto. La tergiversación histórica —como el intento de minimizar el papel de la Unión Soviética en la derrota del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial— es parte de esa guerra cultural. Así, la industria cultural asociada al imperialismo ha impuesto la idea de que el Día D, el desembarco de las fuerzas aliadas occidentales por Normandía, fue el momento decisivo para la victoria contra el fascismo, ocultando el sacrificio de aproximadamente 27 millones de soviéticos, esos militares y civiles que murieron en los frentes de combate, como prisioneros de los nazis, durante los bombardeos, por las hambrunas o por enfermedades durante la conflagración.
En ese sentido, el presidente de Casa de las Américas denunciaba en 2020 que la humanidad ha sido sometida a una “gran estafa” en torno a la memoria. Esa estafa no solo borra héroes y mártires de la izquierda, sino que distorsiona la huella de quienes lucharon por la emancipación. La derecha ha construido un aparato cultural poderoso, y “y no hemos creado el antídoto frente a esa maquinaria cultural”.
De ahí la necesidad de una cultura emancipadora. José Martí lo resumió en una frase: “Ser culto es el único modo de ser libre”. Abel Prieto recordó a Fidel Castro cuando este reafirmó la idea del apóstol de la independencia cubana: “Sin cultura no hay libertad posible”. Porque, para este ensayista antillano, la cultura no es solo el entretenimiento ni el ornamento, sino que debe “ser orgánicamente parte de la espina dorsal de cualquier debate serio sobre el futuro del mundo”. Sin ella, las conquistas materiales que se obtienen durante los procesos progresistas pueden evaporarse bajo el influjo de la propaganda burguesa.
#EXCLUSIVA💥✍️🗣️ | Abel Prieto sobre el Foro de Sao Paulo: Los retos de la guerra cultural (I)
En el año del aniversario 30 del Foro, el intelectual y político cubano, y Presidente de Casa de las Américas, reflexiona sobre algunos de sus desafíos.
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— CubaSí (@PortalCubaSi) September 15, 2020
Quien fuera en dos ocasiones ministro de Cultura exponía que en la Mayor de las Antillas la batalla cultural tuvo un rostro claro: el Comandante en Jefe. Abel Prieto recordaba cómo, en apenas unos meses tras el triunfo de la Revolución, Fidel logró, “haciendo cosas concretas, que la gente viera que era posible la igualdad social, la democracia real participativa, luchar contra los monopolios, contra el latifundismo, repartir la tierra”, en un país marcado por el anticomunismo importado de Estados Unidos. “Y de pronto, cuando Fidel convoca a la gente a luchar en vísperas de la invasión a Playa Girón, los convoca por el socialismo”.
Para @AbelPrieto11, lo cultural va más allá de lo coyuntural político:
“Lo que lograron Fidel, Raúl, la Generación del Centenario, las fuerzas revolucionarias que derrocaron al batistato, fue precisamente ir sembrando otra cultura”. pic.twitter.com/zlA5M4CfQj
— Ariel Pazos Ortiz (@ariel__pazos) August 11, 2026
En la perspectiva de Abel Prieto, lo cultural va más allá de lo coyuntural político. Él lo identifica en la propia praxis revolucionaria cubana: “Lo que lograron Fidel, Raúl, la Generación del Centenario, las fuerzas revolucionarias que derrocaron al batistato, fue precisamente ir sembrando otra cultura”.
Treinta años después de la victoria del Ejército Rebelde, cuando se derrumbó el llamado socialismo real en Europa del Este y se desintegró la Unión Soviética, Cuba quedó sola en un mundo donde parecía que el mercado sería “el gran monarca”. En ese contexto, la movilización cultural fue decisiva para sostener la resistencia. La cultura se convirtió en fuerza de cohesión contra la demagogia neoliberal que asociaba mercado con libertad.
En el escenario actual, donde la manipulación mediática se ha convertido en un instrumento de poder global, constituye una tarea urgente asumir la cultura como un espacio de resistencia, capaz de generar conciencia crítica y de impedir que el sentido común sea colonizado por los discursos de la dominación. La disputa simbólica y de sentidos, la defensa de la memoria y la construcción de una cultura emancipadora son imprescindibles para garantizar que los pueblos no terminen votando contra sí mismos, atrapados en la lógica de sus enemigos de clase. La batalla cultural, como advirtió Abel Prieto, es consustancial a cualquier proyecto que aspire a un futuro de justicia y dignidad.

