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Merlin Molina Mederos*
Envuelta en la serenidad del campo, apenas cinco kilómetros carretera adentro, lejos del bullicio urbano, el Consejo Popular de Las Charcas libra una batalla diaria por la soberanía. Frente a la compleja coyuntura económica y logística actual, esta pequeña población del municipio de Abreus, en Cienfuegos, ha encontrado en la autonomía alimentaria su mejor trinchera.
Gracias a la fertilidad de sus tierras ricas y al ímpetu inquebrantable de sus campesinos, el poblado no solo garantiza el alimento para sus propios hogares y la comunidad, sino que logra abastecer con sus productos al municipio de Abreus.
En Las Charcas, la soberanía alimentaria dejó de ser un discurso para convertirse en un estilo de vida. La localidad enfrenta la actual situación con la herramienta más noble que conoce: la tierra. Aquí se come lo que se cultiva, bajo un esquema de encadenamiento local que demuestra la eficacia del trabajo directo.
La lechería de la zona no depende de complejas redes de distribución externas, sino del esfuerzo de los ganaderos locales. El pueblo se surte con el sudor de los agricultores de la propia comarca. En un entorno donde cada grano cuenta, Las Charcas ha articulado un sistema cerrado donde la solidaridad y la productividad van de la mano.

El rendimiento de la tierra es fruto del cálculo, la experiencia y un amor por el surco. Elvis Mederos Valero, uno de los agricultores fundamentales de la zona, refleja al Periódico 5 de Septiembre el sentir de quienes trabajan sin descanso para cumplir con su gente: “Yo tengo nueve hectáreas, de las cuales me contratan cinco, que equivalen a 24 cordeles. En tiempos difíciles, cuando no hay abono, aseguro entregar 20 quintales por hectárea; pero cuando contamos con fertilizantes, la producción se eleva a 30 quintales. Para apoyar al municipio en esta etapa, entregué 80 quintales de granos, porque tenemos muy claro que cada territorio debe ser capaz de abastecer a su propia comunidad. Mientras la tierra responda y las manos no falten, de aquí no saldrá un plato vacío”.
Como Elvis, otros productores de la zona aportan al municipio arroz, frijoles, maíz y viandas, garantizando que los mercados locales mantengan la oferta de granos y demás alimentos esenciales para la dieta diaria.
Producir alimentos en la actualidad no es tarea sencilla. Los campesinos y ganaderos de Las Charcas se enfrentan diariamente a la escasez de insumos, las inclemencias del clima y severas limitaciones de combustible. A esto se suma el impacto de la contingencia energética que atraviesa el país, afectando los sistemas de bombeo de agua y la maquinaria agrícola. Sin embargo, la postura del campesinado local es tajante: “Los problemas electroenergéticos nos complican el camino, pero no nos frenan”. Con alternativas manuales, ajustes en los horarios de riego y un trabajo físico multiplicador, la actividad en los campos de Las Charcas no se detiene ni a oscuras.
En el sector ganadero, la constancia se mide en litros y en el rostro de los niños que reciben su alimento cada mañana. Arisbel Molina Valero es una pieza clave en este engranaje de soberanía local. Cada madrugada, sin importar el clima, inicia su rutina para cumplir con el encargo social de la comunidad. “Acopio diariamente entre 80 y 90 litros de leche fresca, destinados prioritariamente a los niños, las embarazadas y los ancianos de la comunidad de Las Charcas. Estoy profundamente orgulloso de saber que el fruto de mis vacas va directamente a la mesa de quienes más lo necesitan en mi propio pueblo. Producir para la gente de uno es la satisfacción más grande que puede tener un ganadero”, expresa el ganadero visiblemente emocionado.
El caso de Las Charcas evidencia la urgencia de profundizar en el autoabastecimiento territorial. Hacer conciencia sobre la importancia de la producción local no solo genera un impacto directo en la economía familiar al reducir costos de transporte e intermediación, sino que consolida la resiliencia social. Cuando un pueblo pequeño logra sostenerse a sí mismo, reduce la dependencia de cadenas externas de distribución, fortalece la identidad comunitaria y promueve un modelo de desarrollo sostenible donde cada hectárea cultivada se traduce en tranquilidad para sus pobladores.
Desde la gestión comunitaria, el trabajo se enfoca en concientizar e involucrar a cada habitante en este esfuerzo colectivo. Adrián Rivadulla, delegado del Consejo Popular de Las Charcas, enfatiza la estrategia geopolítica y social que se aplica en la demarcación: “La necesidad de cultivar hoy es vital. Estamos tomando todas las medidas organizativas para que no quede una sola parcela ociosa en nuestro consejo popular. La clave del éxito no radica solo en las grandes fincas, sino en la suma de los pequeños esfuerzos: es fundamental que cada ciudadano siembre su pedacito. Si cada patio, cada parcela y cada finca produce, la soberanía alimentaria deja de ser una meta y se convierte en una realidad cotidiana”.
El camino recorrido por Las Charcas demuestra que el avance hacia la autonomía alimentaria es posible cuando se combinan la voluntad colectiva, el trabajo de la tierra y la conciencia social. La experiencia de esta pequeña localidad rural demuestra que la respuesta a las grandes necesidades de un municipio puede encontrarse en la producción a pequeña escala, el reparto equitativo y la solidaridad entre vecinos.
Surgida de la urgencia, la estrategia de autoabastecimiento de Las Charcas se consolida como una lección de sostenibilidad: la tierra bien trabajada siempre responde, y la voluntad humana es capaz de superar la escasez material.
Al recorrer los caminos de Las Charcas surge una interrogante inevitable: ¿Es tan necesaria la producción de alimentos desde la base local? La respuesta está a la vista. A menudo invisibilizados en la geografía nacional, los pequeños poblados rurales son el verdadero pulmón que sostiene a las ciudades y a sus propios moradores.
Si tenemos un pedazo de tierra, por pequeño que sea, ¿por qué no sembrarlo? Absolutamente todo lo que necesitamos para perpetuar la vida —el sustento, la fuerza, la salud— proviene del suelo que pisamos. La lección de Las Charcas es clara: trabajar el campo no es solo un oficio del pasado, sino la herramienta más moderna de supervivencia y dignidad. Estos son, en definitiva, los pequeños pero firmes pasos del hombre hacia la verdadera autonomía alimentaria y el desarrollo integral de la sociedad.
*Estudiante de Periodismo.
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