Cuba como pivote en las elecciones de medio término
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Cuba como pivote en las elecciones de medio término

En noviembre, como suele suceder en el término medio de la presidencia de la nación, el pueblo norteamericano será convocado a las urnas a fin de renovar los 435 escaños de la Cámara de Representantes, así como más de una treintena de los cien que componen al Senado de Estados Unidos. Mientras, 34 de los 50 estados elegirán a sus gobernadores para un mandato de cuatro años.

Para las venideras elecciones intermedias, diversas encuestas sitúan al Partido Demócrata como favorito, teniendo la posibilidad de revertir la negativa correlación de fuerzas dentro de ambas cámaras del poder legislativo, que los demócratas han debido de enfrentar desde 2024.  Tales pronósticos se sostienen por los descendentes índices de popularidad de la actual administración presidencial.

Empantanados en una guerra suicida que ha terminado por afectar los ingresos de las familias estadounidenses, y con una imagen tan desgastada por las imprudentes cruzadas arancelarias del presidente o las aterradoras escenas de las cacerías migratorias de ICE; son pocas las posibilidades de maniobra para el bando republicano. Frente a tan complejo escenario electoral, al partido y al trumpismo les urgiría una victoria política que permita restañar la fracturada popularidad, y esta, teniendo en cuenta los recientes acontecimientos, difícilmente provenga de un éxito militar en el Golfo Pérsico y, mucho menos, de un inmediato control sobre la situación financiera del país.

En este contexto, Cuba pudiera presentarse como la carta de triunfo que intente revertir parte del descrédito de un gabinete cuya agenda —salvo contadas excepciones— ha estado plagada de tropiezos.

Siendo un objetivo prioritario de la Casa Blanca en el hemisferio y, en particular, del secretario de Estado, Marco Rubio, la isla caribeña se presenta como un comodín al que echar mano en la complicada partida que juegan los republicanos frente al avance demócrata. No en vano la política de asfixia económica que Washington impulsa desde el inicio de la Revolución cubana como castigo colectivo sobre la población se ha venido intensificando en los últimos meses, al punto de ser nulo el margen de maniobra del Gobierno cubano para sortear el régimen punitivo de sanciones. Tampoco será casual que en los próximos meses nuevos castigos sean introducidos.

El bloqueo petrolero impuesto desde el 29 de enero, el acoso político contra la exportación de servicios médicos y las sanciones contra las principales empresas y sectores económicos del país han provocado una situación peligrosamente cercana a una crisis humanitaria y un riesgo inminente de colapso económico.

Con ello, la Casa Blanca persigue forzar la caída del Estado cubano, bien mediante una salida negociada, bien a través de un levantamiento popular; presentándose como la única administración capaz de derrotar al último bastión del comunismo en América Latina.

Algo a considerar, igualmente, es la posibilidad latente de algún tipo de acción militar contra el archipiélago. Si bien Estados Unidos afronta una guerra desgastante en Irán y un frente abierto a solo noventa millas de las fronteras nacionales no resulta conveniente, esta opción no puede descartarse del todo.

Aun cuando ningún presidente en la historia reciente se ha mostrado favorable a emprender una incursión de este tipo contra Cuba, las capacidades políticas de Marco Rubio y su capacidad para influir e incluso determinar la proyección del mandatario no debe subestimarse, como tampoco el poder del lobby cubanoamericano; para los que la ventana de la intervención cerraría con una derrota en noviembre.

El ataque militar directo es una opción más dentro del mazo que Estados Unidos mantiene para ejecutar contra La Habana. La campaña mediática que desde el país norteño se ha desarrollado en los últimos meses, así como las presiones diplomáticas, son muestra fehaciente de ello. El Departamento de Estado ha venido generando una retórica sobre Cuba en la que la isla y su gobierno representan ya no solo una amenaza para los intereses geopolíticos o la seguridad nacional de Estados Unidos, sino también para el mundo.

Declarada como eje del mal y responsable de desestabilizar social y políticamente al país mediante una red de organizaciones terroristas de izquierda; se diseña la excusa perfecta para intentar revitalizar el clima retórico de la guerra fría, en el que la batalla contra el comunismo sirvieron de vehículo para la consecución de los intereses del conservadurismo norteamericano, tanto dentro como fuera de las fronteras nacionales.

Pero la narrativa, asimismo, pudiera estar dirigida no solo a moldear un estado de opinión favorable a una intervención, sino también a crear una retórica macartista que afecte a los grupos progresistas dentro del ala demócrata o vinculados a esta, que suponen una fuerza pujante y amenazante de cara al futuro.

En este sentido, como antaño, Cuba sería el sambenito a endilgar a cada político medianamente progresista para el trumpismo, como Zohran Mamdani y Alexandria Ocasio-Cortez, a fin de limitar las posibilidades de estos a una escala regional (Ocasio-Cortez se baraja como una opción presidenciable de cara a 2028), aunque también el justificante que dote de legitimidad las políticas autoritarias de la Casa Blanca contra movimientos civiles dentro de Estados Unidos, y sus políticas injerencistas en América Latina.

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