Tiempo de lectura aprox: 1 minutos, 53 segundos
No hay frase más manoseada por el pensamiento hegemónico que la palabra “paz”. Suelen vaciarla de contenido para convertirla en sinónimo de sumisión, en el pretexto perfecto para aceptar el orden injusto de un mundo gobernado por el capital y el imperio. Por eso, cuando recuperamos la sentencia del invicto Comandante en Jefe, Fidel Castro Ruz —“Luchar por la paz es el deber más sagrado de todos los seres humanos, cualesquiera que sean sus religiones o país de nacimiento, el color de su piel, su edad adulta o su juventud”—, debemos hacerlo desde la trinchera revolucionaria, despojándola de cualquier interpretación ingenua o neutralista.
Porque para Fidel, la paz jamás fue un concepto pasivo. Era, ante todo, una lucha activa contra las causas estructurales que engendran la guerra: el despojo imperialista, la explotación neoliberal y la criminal indiferencia de las potencias de la OTAN. No se puede hablar de paz mientras el bloqueo genocida contra Cuba se recrudece, mientras el pueblo palestino es arrasado ante la complicidad de Occidente, o mientras Washington y sus aliados avivan el fuego de los conflictos para saquear recursos naturales. La paz que nos convoca el Comandante es la que nace de la soberanía, la independencia y la dignidad de los pueblos del Sur Global.
Lea también:
Fidel Castro: la impronta que aún guía el rumbo del Sur
En esta coyuntura de 2026, su llamado a la unidad trasciende el mero deseo ecuménico. Fidel nos alertaba, con su lucidez infinita, que solo la unidad de los diferentes puede hacer frente al enemigo común. Cuando menciona que el deber sagrado cruza religiones, países, colores de piel y edades, está trazando el mapa de la alianza de los humildes; la que hoy debemos articular entre los movimientos populares de América Latina, los BRICS, y todas las fuerzas progresistas del orbe. No se trata de borrar nuestras identidades, sino de ponerlas al servicio de una hermandad clasista y antiimperialista que el imperio teme profundamente.

Y qué decir de la juventud, a la que Fidel dedicó su obra más preciada. En un mundo atrapado por las redes sociales y el individualismo líquido, las nuevas generaciones tienen en sus manos la antorcha de la Continuidad. Fidel no les pidió que fueran espectadores de la historia, sino protagonistas. Ser joven hoy, desde la óptica fidelista, es asumir el compromiso de no normalizar las guerras mediáticas, de desenmascarar las fake news que justifican las invasiones y de alzar la voz en las calles y en las universidades contra el militarismo. Ellos son la fuerza telúrica que debe impedir que el oscurantismo y el fascismo se adueñen del porvenir.
Fiel a la estela del Comandante, asumo estas palabras como mi compromiso irrenunciable. Mi oficio no es la falsa objetividad, sino la búsqueda de la verdad al servicio del pueblo. Por eso, hoy más que nunca, mi pluma se une a la voz de Fidel para decir: la paz es una conquista que construimos desde la unidad y la rebeldía. Que ningún comunicador progresista se deje arrastrar por los cantos de sirena del apaciguamiento; la paz verdadera pasa por derrotar al imperio, no por cohabitar con su barbarie.
Mientras exista una sola injusticia en cualquier rincón del planeta, el deber sagrado estará vigente. Fidel no murió, se multiplicó en cada pueblo que se niega a arrodillarse. ¡Unidad, lucha y paz! Esa es la consigna que nos legó el Comandante en Jefe, y no descansaremos hasta que la humanidad entera, diversa y unida, la haga realidad.
Visitas: 0


