Fidel Castro y la música que sigue sonando en Cuba
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Fidel Castro y la música que sigue sonando en Cuba

En el año del centenario del nacimiento de Fidel Castro, la cultura cubana vuelve a mirarse en uno de sus espejos más sensibles: la música. Más que un homenaje protocolar, la evocación de su figura en el ámbito artístico revela una política cultural que apostó por llevar el arte a todas partes, desde las grandes salas hasta la comunidad más apartada, y por convertir la creación en un derecho del pueblo.

Hablar de Fidel y cultura en Cuba obliga a regresar a 1961 y a Palabras a los intelectuales, discurso que marcó la política cultural de la Revolución y dejó clara la centralidad del pueblo como sujeto de la vida espiritual de la nación. En ese contexto se fundaron instituciones y programas que todavía hoy sostienen buena parte del trabajo artístico del país, entre ellos las Escuelas Nacionales de Instructores de Arte, creadas por Fidel el 14 de abril de 1961. Esa decisión no fue un gesto aislado, sino parte de una visión que entendía el arte como herramienta de formación, inclusión y emancipación social.

Si hay un rasgo que une los distintos momentos de esta historia es la vocación comunitaria. Las Escuelas de Instructores de Arte nacieron para formar jóvenes capaces de enseñar arte en todos los rincones del país, y la Brigada José Martí continuó esa misión con especial énfasis en el trabajo cultural comunitario. Esa tradición sigue siendo visible en proyectos que acercan la música de concierto a los barrios y en el papel de las casas de cultura como espacios de participación popular.

La enseñanza artística, vista desde hoy, conserva una enorme vigencia porque no se limita a transmitir habilidades técnicas. Forma sensibilidad, despierta interés por el patrimonio y ayuda a crear ciudadanía cultural.

Desde entonces, la enseñanza artística se convirtió en una vía para democratizar el acceso a la creación. Los instructores de arte, formados en música, teatro, danza y artes plásticas, han sido decisivos en la expansión de una cultura comunitaria que llega a escuelas, casas de cultura y barrios en transformación. Esa impronta explica por qué, en cada homenaje a Fidel, no solo se recuerda al dirigente político, sino también al impulsor de un proyecto social donde el arte debía ser patrimonio de todos.

El homenaje remite a una concepción donde la belleza, la identidad y la educación artística forman parte de un mismo horizonte social a partir de una visión que apostó por llevar el arte a la gente y no al revés.

La música como territorio común

El Instituto Cubano de la Música, fundado el 11 de marzo de 1989, ha sido uno de los pilares de esa política al organizar, promover, auspiciar y proteger el movimiento musical cubano. Su labor se extiende desde la preservación del patrimonio sonoro hasta el impulso de eventos y agrupaciones que mantienen viva la tradición musical del país. En ese universo, las bandas de concierto ocupan un lugar especial: son parte de la memoria sonora de las ciudades cubanas y una expresión muy concreta de cultura pública, cercana, cotidiana.

Las bandas municipales y provinciales de concierto, con más de un siglo de historia en la isla, han acompañado celebraciones, actos cívicos y actividades comunitarias, convirtiéndose en una presencia familiar para varias generaciones. Su permanencia confirma que la música de concierto en Cuba no pertenece solo a los teatros, sino también a las plazas, parques y barrios, donde cumple una función educativa y social de primer orden. En esa lógica, homenajear a Fidel desde las bandas o desde la enseñanza artística equivale a reconocer una manera de entender la cultura como servicio público.

Mi foto con Fidel

Entre las iniciativas recientes que mejor sintetizan ese vínculo destaca la exposición itinerante Mi foto con Fidel, construida a partir de 22 imágenes conservadas en los archivos del Museo Nacional de la Música y de otras aportadas por artistas y colegas.

Esta muestra colectiva devuelve imágenes de Fidel junto a músicos y personalidades de la cultura cubana, en escenas de cercanía que hablan tanto de afecto como de reconocimiento mutuo. No se trata solo de retratos: son documentos de una relación histórica entre el proyecto político cubano y sus creadores más visibles.

La exposición fue concebida primero como homenaje al cumpleaños 95 del Comandante en Jefe pero en el año de su centenario adquiere un significado nuevo, porque permite leer su figura desde la permanencia de una ética cultural.

El propio Museo Nacional de la Música resaltó que esas fotografías expresan el compromiso del líder revolucionario con la cultura cubana y con quienes la han sostenido desde el escenario, la investigación, la dirección artística o la enseñanza. 

En ese sentido, Mi foto con Fidel no solo mira al pasado: también recuerda que la cultura cubana se ha construido en diálogo permanente entre instituciones, artistas y comunidad.

Un legado que permanece

El centenario de Fidel Castro encuentra en la cultura uno de sus escenarios más fértiles. La música, en particular, ofrece una vía poderosa para medir la profundidad de su legado, porque en ella confluyen instituciones, memoria afectiva, formación artística y vida comunitaria.

Desde Palabras a los intelectuales hasta la creación de las Escuelas de Instructores de Arte, desde el Instituto Cubano de la Música hasta las bandas de concierto, se advierte una misma intención: hacer de la cultura un derecho y una fuerza de cohesión social.

En tiempos de aniversarios, la memoria suele volverse ceremonia; sin embargo, este homenaje recuerda algo más duradero: que la huella de Fidel en la cultura cubana se escucha todavía en las aulas, en los barrios, en los archivos musicales y en el sonido de una banda que toca en la plaza. Esa es, quizá, la mejor forma de celebrarlo: reconocer que su centenario no solo pertenece a la historia, sino también al presente vivo de la nación.

Foto: Fidel visto por Cosme Proenza. Tomada de Pinterest

Tomado de RCH Maya Quiroga

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