El arte de la propaganda
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El arte de la propaganda

El 20 de julio de 2026, el Departamento de Estado publicó un informe de ¡100 páginas! titulado “Cuba: The Capital of 21st Century Communism” en el que acusa a nuestro país de ser «la capital de la subversión del siglo XXI». Si no fuera porque detrás de esta cortina de humo se esconde la intención de preparar una agresión militar contra un pueblo que lleva más de seis décadas resistiendo, el documento merecería el calificativo que le ha dado la Cancillería cubana: «un mediocre panfleto de propaganda» .

Porque el informe, firmado por el secretario de Estado Marco Rubio —heredero político de la mafia batistiana que encontró refugio en Miami—, acusa a Cuba de haber «infiltrado las más altas esferas del gobierno de Estados Unidos», de «reclutar y formar generaciones de activistas» y de respaldar un «terrorismo de izquierda» sin precedentes. Y lo hace sin presentar una sola prueba verificable: ni nombres de agentes, ni interceptaciones, ni documentos desclasificados.

Para empezar, el texto carece de soporte probatorio. Se construye sobre una narrativa ideológica que recicla tropos de la Guerra Fría y, omite de manera sistemática, el contexto de agresión asimétrica que Washington ha mantenido contra Cuba durante más de seis décadas. No cita causas judiciales abiertas, no identifica a agentes cubanos con nombre y apellido, no presenta interceptaciones de comunicaciones, ni documentos de inteligencia desclasificados que permitan contrastar sus afirmaciones.

Pero lo más grotesco es que esta acusación de «subversión» la formula precisamente el gobierno que, según reconoce el propio texto de la Cancillería cubana, destina «decenas de millones de dólares de su presupuesto federal para subvertir el orden interno en Cuba, provocar hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno cubano”. Es la misma administración que mantiene un bloqueo económico que la propia ONU ha calificado como violación del derecho internacional en 33 votaciones consecutivas.

El documento del Departamento de Estado omite deliberadamente que Estados Unidos ha sido, durante más de seis décadas, el principal agresor contra Cuba. Y no lo digo yo, la lista es extensa y documentada, ya que desde 1960, el propio presidente Eisenhower aprobó el «Programa de Acción Encubierta contra el Régimen de Castro», que incluía la creación de una organización de exiliados en coordinación con la CIA .

Ellos, por su parte, nunca podrán olvidar la victoria del pueblo cubano tras la invasión de Playa Girón. 1 400 mercenarios entrenados por la CIA, con el objetivo de derrocar al gobierno revolucionario, mordieron el polvo en las arenas del sur matancero. No obstante, su empecinamiento conllevó décadas de sabotajes, como admitió el alto oficial de la CIA Richard Helms, «teníamos fuerzas de tarea que atacaban Cuba constantemente. Intentábamos volar plantas eléctricas, arruinar molinos de azúcar».

En 1976 se produjo el derribo del avión de Cubana de Aviación, con 73 muertos, orquestado por agentes de la CIA que luego encontraron refugio en Miami. Se introdujo la epidemia de dengue hemorrágico en 1981, que causó 158 fallecidos, entre ellos 101 niños; en la década de 1990, financiaron atentados contra el sector del turismo, y fueron contabilizados más de 600 intentos de asesinato contra el Comandante en Jefe Fidel Castro.

El saldo total: 3 478 cubanos muertos y 2 099 mutilados como resultado de actos de terrorismo y agresión organizados desde Estados Unidos.

Pero el informe no es un ejercicio académico. Es un eslabón más en una cadena de acciones que buscan preparar el terreno para una intervención militar. El propio Trump lo ha dejado claro, y en sus últimas declaraciones afirma que «Cuba ha ‘colapsado’ y la ‘manejaremos’ tan pronto como termine la guerra en Irán”. El congresista Carlos A. Giménez (R-Fla.) tuiteó que «¡Cuba es la próxima!».

Como señala el comunicado de la Cancillería cubana, el informe busca «mediante la construcción de leyendas acusatorias, fabricar consenso para una eventual agresión militar». No es una teoría conspirativa, es la misma lógica aplicada antes de la invasión de Irak en 2003, con las armas de destrucción masiva que nunca aparecieron.

El presidente Miguel Díaz-Canel también destacó que el informe es un «pretexto» para justificar agresiones, y recordó que «si un país ha espiado y agredido a otro a niveles obscenos, ha sido EE.UU. contra Cuba». Y añadió una verdad incómoda para Washington: «Cuba jamás ha obrado para dañar al pueblo estadounidense, ni se ha propuesto afectar la seguridad nacional de EE.UU».

Uno de los aspectos más reveladores del informe es su intento de acuñar un nuevo concepto: el «terrorismo de izquierda”. Bajo esta etiqueta, el Departamento de Estado incluye a organizaciones como los Socialistas Democráticos de América, al activista Hasan Piker, al fundador del Sindicato Laboral de Amazon Chris Smalls, a la activista Isra Hirsi —hija de la congresista Ilhan Omar—, de origen palestino, al alcalde de Nueva York Zohran Mamdani y a la periodista Amy Goodman.

Es decir, le sirve el sayo a cualquier persona que critique la política de Estados Unidos hacia Cuba o participe en movimientos de solidaridad. Según este nuevo designio, pueden ser automáticamente tildados de «frente» o «compañero de viaje» de una supuesta «campaña de subversión» cubana. Como denuncia un análisis publicado en el periódico Granma: «toda oposición a la política exterior de EE. UU. hacia Cuba es presentada como ilegítima per se”. Este es el regreso del macartismo: la caza de brujas del siglo XXI.

Cuba no es una amenaza para Estados Unidos. Nuestro país es un país pequeño, bloqueado durante más de seis décadas, que ha sido víctima de una guerra económica, biológica y terrorista sin precedentes en la historia moderna. La verdadera amenaza no es la que Washington fabrica en sus informes de propaganda, sino la que ejerce el imperio contra un pueblo que se niega a doblegarse.

Como ha declarado el Partido Comunista de Cuba, «el neomacartismo y el fascismo se apoderan de la política que el Departamento de Estado de EE.UU. dirige hacia Cuba”. Y como bien ha señalado el canciller Bruno Rodríguez, «la solidaridad con quienes luchan a favor de la justicia y contra la opresión y el crimen no es una amenaza”.

La única amenaza real aquí es la de un imperio en decadencia que, incapaz de aceptar que un pequeño pueblo puede resistir su poderío, recurre a la mentira y la fabricación de consenso para justificar la guerra. El mundo lo sabe. La ONU lo sabe. Incluso muchos estadounidenses lo saben. Y Cuba, como siempre, seguirá en pie, defendiendo su soberanía y su dignidad, mientras los panfletos de la propaganda imperial se acumulan en el basurero de la historia.

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