Las redes sociales (RRSS) nacieron con la promesa de acercar a las personas, democratizar la comunicación y ampliar el intercambio. Durante un tiempo parecieron cumplir esa misión, nos sedujeron, nos dejó boquiabiertos cada hallazgo y poco a poco se convirtieron en imprescindibles.
Pero, lo cierto es que las RRSS no están pensadas en nosotros, los usuarios. Aunque nos juren eso y en apariencia hagan todo para juntarnos en una inmensa red, en realidad es un negocio. Que son atractivas, sí; que allí intentan que tengamos otra vida, también. No obstante, ya muchos actores de la sociedad tienen abiertos los ojos porque resulta difícil ignorar un fenómeno que preocupa a estudiosos de varias áreas como psicología, sociología y la comunicación: la disputa es uno de los principales motores de la interacción digital.
Llama la atención que en RRSS se vive en disputa. Las personas en pugna unas con otras, cualquiera emite criterios o levanta una calumnia o invita a amonestar, y gran cantidad de semejantes le siguen la rima. En resumen, hasta una publicación de una receta de cocina se puede convertir en un campo de batalla. Es como si la gente tuviera deseo de polémica y buscara en sus RRSS cómo canalizar sin pensar en que todo tiene consecuencias.
Una hipótesis con mucha fuerza es que el algoritmo premia el conflicto. Ya vemos que lo visibiliza y por eso y otro grupo de elementos se han ganado el calificativo de «espacio tóxico». Los más positivos creerán que es injusto porque valoran tener mayor acceso a la información, apoyan el surgimiento de microcomunidades y porque, incluso, desde las RRSS se han logrado buenos resultados en, por ejemplo, causas sociales que antes no encontraban eco.
Es cierto que todo en la vida tiene matices y por supuesto no queremos asegurar que las RRSS son malvadas. Claro que no, eso sería inconsecuente. Queremos referirnos solo al aspecto del predominio del enfrentamiento y a lo que consideramos un manejo inadecuado de algoritmo y censores que, en definitiva, pone en evidencia una realidad incómoda que tiene que ver con cómo la atención humana responde con mayor intensidad ante indignación, miedo o confrontación. Mientras, quedan en segundo plano sentimientos de nobleza y bondad como si nuestra naturaleza fuera realmente, carente de ello.
Si analizamos cualquier post de celebridad, político, influencer, empresa o medio encontraremos un ecosistema donde, con frecuencia, la agresividad obtiene mayor recompensa que la reflexión. Eso sí es injusto.
En psicología existe un concepto conocido como sesgo de negatividad que se refiere a cómo el cerebro humano procesa con mayor rapidez los estímulos de amenaza que los neutros, positivos o de placer. Según expertos esto tiene un antecedente histórico y evolutivo y se debe a que durante miles de años, detectar el peligro aumentó las posibilidades de supervivencia.
Y por supuesto los algoritmos de las plataformas digitales no inventaron este mecanismo, simplemente aprendieron a explotarlo.
Por eso, cuando una publicación genera gran cantidad de respuestas airadas, largas discusiones o enfrentamientos, el sistema interpreta que ese contenido mantiene a las personas conectadas durante más tiempo. Sí es responsabilidad del algoritmo mostrarlas a más usuarios, no distingue si el intercambio enriquece o degrada la conversación, solo registra la interacción. De ese modo el conflicto resulta rentable.
Imagen tomada de https://muyinteresante.okdiario.com
En este contexto de confrontación es donde abunda una figura que últimamente ganó notoriedad, el troll, hater, odiador, como sea que se le nombre. Su objetivo no consiste en debatir con argumentos sino en provocar alterar emocionalmente al otro, incitar reacciones impulsivas y romper cualquier posibilidad de diálogo con raciocinio. Lo paradójico es que, al responder con ira o participar en la confrontación, muchas personas terminan por fortalecer precisamente aquello que desean combatir.
Es un círculo vicioso que resulta muy difícil de romper porque cuanto más ruido genera un contenido, mayor visibilidad recibirá, y mientras más visible sea y más personas intervengan y más usuarios participen desde la indignación, más aprende el algoritmo que ese es el tipo de conversación capaz de mantener cautiva a la audiencia.
Todo esto ocurre en silencio, claro, sin apenas darnos cuenta. Por eso en menos de nada la arquitectura tecnológica influye en la conducta cotidiana y sus consecuencias trascienden el mundo digital, nos afecta psicológicamente.
Estar expuestos de manera constante a hostilidades, aunque sea a través de una pantalla, favorece la fatiga emocional, incrementa la ansiedad y reduce la disposición a escuchar puntos de vista diferentes. Poco a poco, el desacuerdo deja de entenderse como oportunidad para pensar y se convierte en amenaza personal.
Otra repercusión es que puede modificar la forma en que construimos nuestra identidad. De las personas más atadas a las RRSS, muchas sienten que deben opinar de inmediato sobre cualquier asunto, responder cada provocación o demostrar siempre su razón. Ignorar con silencio, expresar duda o ser prudente parecen perder valor ante la celeridad y la contundencia.
No obstante, aunque el ruido sea más fuerte, sabemos —esperamos— que las relaciones sociales de calidad, desde las más sencillas hasta a nivel de sociedad, no progresan gracias a ese contexto de discordia sino con un mínimo de inteligencia y entendimiento.
Cada usuario es libre de participar como estime en el contexto digital porque aquí nadie dará clase de respeto y comportamiento, pero otro asunto es hacerlo sin provocaciones deliberadas, apegados a información verificada y con educación. Reconocer la legitimidad del desacuerdo es un acto que parece pequeño, pero tiene un impacto colectivo superior y es profundamente humano.
Las RRSS no determinan quiénes somos, aunque allí las personas se desdoblan como no lo hacen off line y también funciona el efecto manada. Debemos ser conscientes de que el algoritmo predomina las interacciones negativas, pero podemos pasar de ellas cuando nos demos cuenta y decidir qué realmente merece nuestra atención para que no nos afecte emocionalmente ni nos haga procrastinar.
La tecnología cambió la forma en que nos comunicamos y el desafío será impedir que transforme, también, la calidad de nuestra convivencia. Tengamos en cuenta que una sociedad que pierde la capacidad de dialogar no solo empobrece sus conversaciones sino que erosiona uno de los rasgos más valiosos de la condición humana: la posibilidad de comprender al otro incluso cuando piensa diferente. Seamos capaces de identificar una lógica diseñada para maximizar el tiempo de permanencia, no para fortalecer el tejido social.

